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A destrabar el rupestre Sobre Andrés Brück y La marca de la gorra por Tres años dentro de su cascarón fueron suficientes para que las figuras larvarias que Andrés Brück dibuja alcanzaran finalmente el avanzado estadio que exhiben hoy; no de mariposas, claro, pero al menos de robustos gorgojos. Afirmemos entonces que la primera etapa discurrió exitosamente y en el año 2010 pudimos encontrarlas exhibidas en la galería Alberto Sendrós bajo el demagógico título de La marca de la gorra, y lo cierto es que se ven como si las ilustraciones del Libro de las maravillas del mundo hubieran sido extirpadas de su soporte original por un torpe pero muy entusiasta cirujano y sometidas a un largo baño de jugo condensado de nueve siglos de enrosque sobre dónde existe y qué es lo bello, lo fantástico, lo extraño y lo curioso; siglos de pendulares mudanzas sobre qué nos está prohibido, a qué le tenemos asco, qué respetamos y qué nos genera devoción. Después de tanto tiempo, son pocas las zonas del valle que todavía quedan por explorar y los apasionados expedicionarios de tiempos pasados parecen ir menguando en cantidad o en ambición, perdiéndose o simplemente dejando de existir.
El rupestre privado Brück recupera una franja de la transmisión original y primitiva de la fantasía olvidada, que se origina desde esos últimos lugares anegados: sitios que obviamente acabarán siendo los más reveladores. Situaciones de una cotidianidad estrafalaria y paisajes con rastros de civilización primaria, a la vez que una representación bastante irrespetuosa del desorden natural de las cosas -asunto que merece el mayor de los respetos-, intensifican la pulsión exploradora en el que mira y el conjunto consigue que en algún punto el resultado final de los trabajos interpele a todo aquel que se haya sentido alguna vez frustrado o incapaz o celebratorio o burlón, y es esta solicitación que la obra emite sobre nuestros propios ánimos la que le permite al artista hacer sintonía. Como en una especie de Pictionary barroco de nuestras presunciones y secretos, sus construcciones dejan al aire la fe que las anima para que el que se las cruce se haga cargo de ellas como mejor pueda. Explotando de manera muy resuelta y poco menos que virtuosa sus propias limitaciones técnicas, Brück nos presenta distintas viñetas que se divierten intentando reproducir los mecanismos de nuestra vacilación. Obviamente este reflejo caricaturizado, tan límpido, puede provocar desprecio en el espectador más arisco; el visitante mejor predispuesto, sin embargo, seguramente sienta simpatía por el panorama que desde el puente tenemos de las vías alegres por las que marchan alegorizadas las cosas cuando sobreviene la vergüenza, la duda y el temor a la mano negra del poder. Al exponer tiernamente los titubeos de su corazón, de su sexito, de sus impresiones de base, Andrés define la naturaleza vital de su obra. Su singular acercamiento a la tragedia es una de las hendiduras que nos permite asomarnos para ver cómo el alambrado que lo separa de algunos de sus colegas que también están concentrados en tratar de reproducir una sensación del azar del erotismo y la miseria se hace más alto. Brück astutamente le escapa al empeño que otros artistas jóvenes ponen en seguir usando la misma linterna oxidada que se prestan entre sí: casi no recurre a la incorporación de los elementos visuales que conforman la paleta gráfica estrictamente contemporánea; no se apropia de logotipos corporativos, ni involucra a personajes de ficción que pudieron haber sido la semilla de un trauma durante nuestra infancia, no se mete con ninguno de los muñecos que habitan en la repisa de la cultura popular reciente. Brück se sirve principalmente de sus propias invenciones. Inventar es combinar de manera novedosa elementos que no tienen una relación definida entre sí, aunque luego del proceso convivan en absoluta dispersión. La invención es el resultado inexorable del pastiche de la inercia.
Andrés revuelve el stock de las representaciones arquetípicas (conservadas y repetidas de memoria -ya genética- por el hombre a través de la historia) de la anatomía, de la vegetalia, de la arquitectura; de la cosa y del espacio en general; de las idealizaciones del afecto y de la súplica; y así es como inventa. Con atrevimiento sacude el cajón de esas figuras que son parte del patrimonio de la humanidad desde que el primer trazo se grabó en el interior húmedo de una caverna por un hombre maravillado por lo distinto del otro animal. Quizá sus imágenes no dejen de funcionar jamás pues no tienen dimensión temporal, cargan simplemente con el carácter de perpetua conjuntivitis de lo humano.
El rupestre dislocado Tristemente en su muestra, el vínculo entre soporte e imagen es más bien de alineación precaria. Nos inspira una sensación de ritual celebrado a medias o de conjuro interrumpido, cuyo efecto no acaba de consumarse y termina por invocar accidentalmente a los más crueles inquilinos del submundo. En Brück el marco, el piso de madera hidrolaqueada y la prolija iluminación, son el hechicero amateur que olvida cómo seguía el conjuro en el clímax de la ceremonia. La gran acumulación de dibujos ve su peso reducido en el espacio de esterilidad ingrávida que supone la galería. Esta impresión nos lleva a preguntarnos si es el trabajo del artista lo que no está listo aún para ser expuesto o si, por el contrario, es la galería la que, demasiado ocupada cumpliendo su rol de agente en el proceso de definir lo comercializable, falla en proveerle esa zona liberada en la cual sus efectos e intenciones puedan despegar y desplegarse nítidamente, a toda perversión y astucia. Asumir lo primero sería acordar de algún modo que la evolución de todo proceso creativo tiene como fases finales la exhibición y el consumo. Aceptar lo segundo significaría replantearse una vez más qué caballito monta el artista en el carrousel de lo público, en la fundación y clausura de nuevos circuitos, efímeros o perdurables; en los múltiples caminos hacia el reconocimiento y la codiciada interferencia en la atención de los demás. Con esto no insinúo que para su siguiente paso Brück debería considerar iniciar una intervención clandestina en la Sala del caos de la Caverna del Gendarme, en Neuquén, ni pergeñar una expedición al turbio tramo de túnel conformado entre las estaciones Emilio Mitre y Varela de la línea E de subterráneos; pero es difícil negar que sus paisajes y los habitantes de sus paisajes, las mascotas de los habitantes y los fetiches que éstos adoran, los desastres y amenazas que a sus paisajes dan forma y los gusanos que por sus paisajes se arrastran, todos ellos pertenecen a otro orden que la proposición muestra y probablemente se encontrarían más a gusto paseando y lamentándose entre las páginas de gruesos volúmenes forrados de cuero falso, grimorios y bestiarios, diarios de viaje o nutridísimos compendios de zoología prófuga, cuadernos que ilustren de manera poco precisa los hábitos caprichosos de las plantas y las piedras. En este sentido Brück consiguió un acierto incontestable con la aparición reciente de su fanzine COCOMANCHE, presentado en la encarnación más reciente de la feria arteBA, en el stand de la galería Cobra. Siguiendo quizá los pasos de algunos miembros ilustres del salón de la justicia de la vanguardia flickera (Julian Laugier, Tom Hudson del colectivo nous vous, Alan Resnick), con los que comparte además cierta voluntad estética y de exhibición digital del camino de la obra, el pequeño tomo acerca al hombre lo que es del hombre y consigue una dinámica casi como de browsear una carpeta con imágenes del momento preciso en el que las alas delicadas y aceitosas de las cosas rozan y dejan su impresión indeleble en las paredes de nuestra mente. |
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