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Construir lo informe

Luego de cuatro años de trabajo el New Museum presenta un gran compilado de Urs Fischer, donde las nuevas producciones se mezclan junto a ciertas obras claves. Objetos disecados y volúmenes de diversos formatos, a modo de absurdos espectáculos capaces de exponer diferentes mecanismos de percepción.



Luego de cuatro años de trabajo el New Museum presenta un gran compilado de Urs Fischer, donde las nuevas producciones se mezclan junto a ciertas obras claves. Objetos disecados y volúmenes de diversos formatos, a modo de absurdos espectáculos capaces de exponer diferentes mecanismos de percepción.

Urs Fischer es un artista que escapa a las categorías del buen o mal gusto y sus trabajos ingresan en esa zona donde las clasificaciones no sólo resultan imposibles sino que especialmente aportan muy pocos elementos con los que definir su actividad. Desde hace décadas, palabras como “estilo” no se adhieren como adjetivos definitorios junto al nombre propio de un artista, y como apunta Graciela Speranza: (…)“la libertad del artista se ha vuelto ilimitada y el arte puede ser hoy lo que el artista decida”. Dentro de este terreno, donde las modificaciones y las variaciones resultan constantes, el nombre de Urs Fischer aparece en primera fila. Cada una de sus presentaciones podría ser vista como un reto, donde lo que se pone en juego es la capacidad de modificar sus movimientos en cada exposición, logrando con ello no sólo renovar la apuesta sino también alimentar cierta expectativa. Estas intervenciones no suelen trasmitir la etapa final de un proceso sino más bien un momento de detención que el artista ha decido exhibir aunque pueda parecer inacabado, como si el mapa de sentido lo terminara de componer el próximo episodio, el que aún no ha sido realizado. Urs Fischer trabaja dentro de un programa de formatos de lo más variados, a pesar de ello, muchos de sus trabajos se ubican dentro de lo que entendemos como “artes prácticas”. Es decir, se trata de un artista que construye una serie de dispositivos, cuyas premisas no hay que buscarlas tanto en el soporte o en el relato conceptual como sí en el universo de los objetos, o para ser más exactos, en lo que estos artefactos reconocibles, tanto por su procedencia como por su materialidad, están intentando narrar. Y lo hace indicando la importancia de generar su trabajo dentro del estudio/taller, dando volumen a una serie de reflexiones o bien trasladando el espacio taller a los propios ámbitos expositivos, llegando a decir: “me gusta la idea de pensar a un artista como alguien que trabaja”. Es frecuente ver dibujos, tallas o modelados escultóricos, en un intento por dirigir la atención hacia cierta practicas más tradicionales, llevadas adelante por pintores y escultores. Unas vinculaciones que lejos de aparecer bajo aspectos relacionados con sus técnicas o sus lenguajes, aparecen a través de las cualidades más materiales del trabajo y del hecho de ser piezas realizadas de un modo manual. Silicona, arcilla, cera, pan, espuma de poliestireno pero también espejos, polvo o frutas y verduras son la materia prima con la que el artista trae al mapa contemporáneo desnudos de corte clásico, paisajes y naturalezas muertas, que lejos de recomponer un linaje de habilidades manuales aparecen con la intención de explorar con vocación, pero también con ironía y sentido del humor “la naturaleza del arte”. Un tipo de actitud donde no hay tanto un proceso de prueba, error y supuestas mejoras sino un ejercicio de insistencia que le permite desmitificar todo proceso creativo, dejando de lado la buena factura, bajando al arte a una zona horizontal, en la que constantemente somos convocados como espectadores a cuestionar la genialidad artística, ya que, recordemos: los patrones de valoración han sido suspendidos. Ante la pregunta sobre las intenciones por demoler ciertos estatutos y por su interés hacia lo inesperado Fischer aclara: “lo que me maravilla del arte es que por motivos no siempre evidentes, a veces funciona. Realmente no me pregunto si los trabajos están acabados o no. Hay muchas maneras de terminar las cosas. Esto no me interesa en particular. Se trata en realidad de la cantidad de control que deseo aplicar a algo que es materia, el órgano material físico que hace su trabajo. Estoy interesado en encontrar diferentes maneras de ser un autor. No estoy hablando de delegar parte de la producción o de trabajar con otras personas sino en dejar a los materiales e imágenes asumir su propia vida. El trabajo tiene su propia realidad y quiero estar a su servicio”. Bajo intenciones de estas características Urs Fischer plantea un formato de exposición donde la decisiones responden a una serie de leyes materiales y a un tipo de realización “casera”, donde la vida cotidiana es repasada a través de su compleja banalidad. Pero sus situaciones escultóricas, en muchos casos, aparecen fraccionadas o compuestas por pedazos, membranas de plástico derretidas que se presentan como desechos de una gran estructura, fragmentos de cuerpos informes donde las partes no terminan de coincidir y sus posiciones en el espacio no responden a ninguna ley física o sillas que el artista utiliza como un objeto reincidente, para representar el cuerpo humano a través de volúmenes de peso escultórico. Estas sillas, cuya cualidades antropomórficas para Fischer son perfectas metáforas corporales, siempre aparecen modificadas y su uso suspendido. Deconstruídas hasta volverlas casi irreconocibles o bajo representaciones humorísticas donde aparecen manifestando cierta sexualidad. “Pienso mucho en lo qué sucede entre los elementos de una obra, no tanto en su composición. Para mi una silla no es nunca una simple pieza de mobiliario, es parte de una situación que genera un verdadero choque en el espacio”, dice el artista. El New Museum dedica, por primera vez, la totalidad de su espacio a un único protagonista, siendo a su vez la primera gran exposición concebida por un museo para el artista suizo en Nueva York, la ciudad donde vive y trabaja. Pero Fischer no se apropia del espacio de un modo retrospectivo sino que hace de él una zona donde la realidad ha sido saturada y donde la repetición de trabajos anteriores no tiene lugar. Laberintos que como gabinetes de espejos deforman nuestra percepción, pero no a base de modificar volúmenes sino a través de la precisión hiperrealista de cientos de imágenes cotidianas. El paisaje urbano aquí ha sido impreso en cientos de cajas de acero cromado, que nos devuelven nuestra propia imagen a la vez que las contemplamos. Pero también unas simples esculturas de arcilla, distintos volúmenes de masa apretados por la mano que ahora han sido dimensionadas y construidos en aluminio, contraponiendo la monumentalidad de su presencia con la simpleza de su movimiento. Unas grandes líneas tridimensionales o ramas inestables, que nos recuerdan a las grietas que se producen en los muros por un golpe o simplemente el paso del tiempo, atraviesan el espacio de un sala vacía. Así el mundo cotidiano es representado por el artista dentro de un universo reglado por los bienes de consumo, pero a diferencia de la experiencias idílicas y de extra bienestar que ofrece la vida urbana, aquí todo se reduce a unos meros objetos implantados en el interior de un espacio. En su trabajo no todo es ironía, también hay monumentales juegos de percepción. Muros enteros de salas de exposiciones desmontados, conectando una sala con otra a través de dos grandes huecos evocados por otros dos círculos idénticos, trazados por cirios de cera encendidos que giran lentamente como sucedió en la Bienal del Whitney New York (2006) o espacios distorsionados a través de simples juegos de realismo espacial, donde la teatralidad del recorrido permite modificar los espacios. Como sucedió en la Kunsthaus de Zurich, convertida en una gran instalación escultórica (“Kir Royal”), que funcionaba a modo de un gran escenario o laberinto. Los muros de todo el espacio, uno detrás de otro, habían sido perforados con la intención de mostrar de manera simultánea una sucesión de distintas escenas protagonizadas por objetos, pinturas o bustos, generando a su vez una poderosa ilusión óptica a través de una serie de pequeños espejos colocados de tal manera que el espacio resultaba infinito y extraño. En el 2007 el artista decidió levantar literalmente el suelo de la galería Sadie Coles en Londres, presentado un gran hueco en el centro de la sala (“Uh…”) que permitía ver cómo las vigas y el hormigón habían sido destruidos a través de una excavación que conectaba la sala principal con el sótano de la galería. Un vez allí era posible ver como una gran masa de escombros no solo caía suspendida del agujero sino que estos habían sido fundidos en aluminio, generando un efecto de fascinación y violencia arquitectónica inmediata. Apenas unos días después y como si de una conexión subterránea e imaginaria se tratara, Urs Fischer excavó un nuevo gran agujero para su exposición en la galería Gavin Brown de Nueva York y lo llamó “You”. Esta vez la totalidad de la superficie expositiva de la galería se encontraba varios metros por debajo del suelo, exhibiendo una zona hundida repleta de tierra y escombros. Ante la dudas que este tipo de trabajos suele generar, Fischer responde: “La gente parece temerle al arte. El arte siempre ha sido la palabra para aquello que no pueden ser racionalizado. Hay mucha gente tratando de explicar lo interesante que puede ser una pieza y eso es tan limitante. Es una locura reducir una obra a dos o tres frases. Creo que el arte es como la gente: no se puede reducir a un par de oraciones. Es mucho más complejo y más rico que eso”.

Este texto fue publicado en el Nº 87 de revista NEO2, http://www.neo2.es/magazine/ y http://www.neo2.es/blog/


Mariano Mayer

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