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La estepa psicológica de miles de jóvenes criados a la luz de historias fantásticas Una mirada a la ciencia ficción soviética: paisajes interiores, progreso y modernidad rusa. por La cortina En 1962, algunos meses después de que la Unión Soviética enviara el primer ser humano al espacio, James Ballard publicaba en la revista británica New Worlds un artículo titulado “¿Cuál es el camino al espacio interior?”. El texto, recopilado décadas más tarde en el libro A user’s guide for the millennium, abría por aquéllos años el primer foco de disidencia en el seno de la ciencia ficción mainstream: una línea de conducta férrea que se remontaba a los años postreros a la Gran Depresión cuando un joven John Woods Campbell jr. comenzaba a perfilarse como el líder absoluto de la Edad de Oro de la ciencia ficción anglosajona desde su puesto de editor de la revista Astounding Stories. Esas “historias apabullantes” de Campbell se estaban transformando, para el año en que Ballard escribe su artículo, en una peligrosa máquina de endogámicas repeticiones: la militancia sci-fi norteamericana, se sabe, encara sus revoluciones ante el temor de ver reducido su género a un mero entretenimiento adolescente y la vieja línea campbelliana de encuentros alienígenas y viajes temporales sustentados sobre el precepto de “rigurosidad científica” (las space operas) parecía condenada a convertirse en una mera reproducción de las demandas del público que veía al cowboy espacial Buck Rogers disparar armas láser en el cine. La posición adorniana de Ballard, en ese sentido, era contundente: había que abrir un nuevo camino a la ciencia ficción donde lo que predominara no fueran ya los viajes al espacio exterior sino la excéntrica y personal travesía por los paisajes interiores. Psicologicismo, algunos toques de surrealismo y una fuerte convicción de la nueva alianza entre ficción especulativa y ciencias biológicas -que se adelantaría varios años a la moda post-humanista de los circuitos académicos estadounidenses-, era el mensaje de vanguardia ballardeano: un quiebre radical a los mandamientos básicos de la Edad de Oro del género que tanto éxito había tenido durante los años de la Guerra Fría y que había formateado con firmeza irrevocable todo el piso de producción y recepción de ciencia ficción en Occidente, con resultados que hasta el día de hoy persisten como pequeñas células dormidas del género. Pero si la ciencia ficción estadounidense (o lo que es casi lo mismo, toda la ciencia ficción de Occidente) estuvo regulada durante décadas por esas coordenadas propias de una idea técnica del progreso capitalista y una mirada agazapada a una parte del globo, para dejar paso después a una fe en las ciencias biológicas como herramienta de preservación del género en el marco de la percepción de un mundo fragmentado, al otro lado de la Cortina de Hierro el género modelaba sus particulares bases de sustentación en el contexto de los cambios técnicos y discursivos propios de la nueva sociedad marxista. La ciencia ficción soviética, relegada hoy al olvido editorial en gran parte por la desaparición de esos viejos sellos especializados dirigidos por algún tenaz y solitario editor afiliado al PC, tuvo una rica y portentosa historia esquivada por un Occidente que nunca propició para sí una salida ordenada a la Guerra Fría y la sensación amenazante de un mundo bipolar que no fuera dentro de los límites del capricho vintage o la negociación en la mesa chica de las potencias. Si los estadounidenses y anglosajones en general tuvieron una ciencia ficción unida a la fe técnica de la modernidad y a una convivencia tensa con la Doctrina de Contención pre macartista (allí donde todos los héroes campbellianos parecían representar, según la lectura de Isaac Asimov, “la superioridad natural de los norteamericanos sobre el resto de la humanidad”), antes de volcarse a una nueva necesidad por explorar los paisajes de la mente humana, los soviéticos llevaron adelante lo propio asentados sobre esa novedosa y radical modernidad marxista que, sin alejarlos de un vigoroso pero colectivista rigor científico propugnado desde un Estado nuevo, los llevaría a construir una mirada propia sobre el género, adelantándose en casi dos décadas a esos viajes interiores reclamados por la Nueva Ola norteamericana. En ese sentido, todo lo que podríamos denominar analíticamente como la Edad de Oro de la ciencia ficción soviética se manejó en un terreno propio de cruces, búsquedas e interrelaciones estructurales que, en el caso de Occidente, sólo se dieron por vía progresiva, a la manera de “revoluciones científicas”: paradigmas estéticos acompañados de una lectura sensible a los contextos científicos y políticos del momento. Más de quince años antes del “manifiesto interior” de Ballard, ya había escritores y científicos en las laderas de los Montes Urales llevando adelante una dura mezcla de condicionales contrafácticos y viajes interiores propios del científico criado en la estepa que en menos de dos décadas pasó a controlar una usina en Chernobyl rentada por el Estado y que podría explicarse, en su diferencia, por ese particularísimo proceso modernizador de la nueva sociedad soviética: una transformación radical de los esquemas productivos donde el rigor científico se encaraba como herramienta de cambio y el “viaje interior” como la fe postulada de una transformación subjetiva en la que el individuo se lanzaba a abrazar y acompañar ese fragor colectivista y renovador de la nueva sociedad. El soviet en Marte Ballard referenciaba su temor en un acontecimiento: la carrera espacial que por aquel entonces libraban los Estados Unidos y la Unión Soviética. Su miedo a que el género se anquilosara estaba asentado en la imagen de un futuro cercano: el astronauta que pisa la luna y aparece saltando los cráteres en la televisión nacional. Para Ballard, décadas de historias sobre encuentros extraterrestres y condicionales contrafácticos que propugnaban un rigor científico como garantía de verosimilitud a la hora de narrar historias de un futuro “que seguramente va a ocurrir” acabarían por condenar al género a una identificación preconcebida, en la que el público, inmerso ahora en un mercado de recepciones diametralmente diferente al del fin de la Gran Depresión, asociaría ciencia ficción con viajes espaciales y esperaría en vano a que robots inteligentes y superautopistas aparecieran en el paisaje lunar de Neil Armstrong o en las próximas obras del género como el duelo o la pista culta se aguardan en un western o en un policial inglés. Sin embargo, lo que el pedido de Ballard por una vigorización de la ciencia ficción y un nuevo enfoque serio no alude es que unos meses antes un ruso llegaba por primera vez al espacio y la sociedad soviética en pleno lo celebraba como la consecuencia innegable de décadas de investigación y especulación. Porque si el mercado había propiciado la renovación total de la ciencia ficción norteamericana sobre el final de los años treinta, en tanto sus revistas no sólo habían actualizado los postulados del género sino que también modelaron un público fiel que se formó al calor de sus lecturas, lo mismo significó el Estado para la consumación de una ciencia ficción soviética. La Editorial Mir, formada sobre las bases del proyecto de una “Editorial de la literatura extranjera” fundada en 1946 por el Consejo de Comisarios del Pueblo de la URSS, fue el disparador definitorio para una socialización de los estudios técnicos y las obras de ficción científica: a la par que se editaban hacia adentro de las fronteras los principales libros del género se traducían a varios idiomas las producciones propias con el fin de dar a conocer a sus compatriotas los más recientes logros de la ciencia mundial mientras se mostraba al mundo la nueva apertura científica de la URSS. En ese sentido, no faltó demasiado para que las incipientes obras de ciencia ficción compartieran catálogo con libros de Lecciones Populares de Matemática en el marco de un plan editorial estatal y, a diferencia de lo que sucedía en los Estados Unidos, la ciencia y la ficción compartieran un camino que acabaría por convertir a los programas espaciales Sputnik y Vostok en la consecuencia de décadas de robóticos sueños leninistas. Muchos autores comenzaron a modelar entonces la llamada “Ciencia Ficción Soviética” cuyos orígenes habría que rastrear mucho antes de los programas espaciales dirigidos bajo la mano de Jrushchov e inclusive antes de que Stalin sentara las bases del proyecto editorial Mir. Por lo demás, no debería ser entendido como casual que la principal editorial estatal de ciencia, técnica y ficción científica soviética compartiera nombre con la que cuarenta años más tarde sería la primera estación espacial de investigación permanente de la historia, culminación del programa ruso iniciado décadas atrás. Lo que la editorial Mir venía a realizar era la unificación bajo la órbita estatal de toda la literatura científica producida en los límites de las nuevas Repúblicas Socialistas Soviéticas del mismo modo que los sucesivos experimentos englobados en el programa espacial ruso lo hacían con las investigaciones y proyectos técnico-científicos. Así comenzó todo un proceso de sovietización de la literatura científica rusa que recuperaría clásicos como La expedición a Marte de Alexis Tolstoi (sobrino del autor de Guerra y paz) al punto que en Hispanoamérica ese libro sería traducido, en una de sus tantas ediciones, como El soviet en Marte. En esa línea, lo que podríamos distinguir como la prehistoria de la ciencia ficción soviética, la que por ensayar una fecha se daría entre las postrimerías del régimen zarista y las primeras armas de la revolución bolchevique hasta su institucionalización mediante las “Ediciones en Lenguas Extranjeras”, rezuma por momentos los mismos preceptos de la ciencia ficción occidental clásica (la anterior a la edad dorada campbelliana y que rescataba todavía esa línea pre crítica de la obra de Verne que la terminaría cifrando en términos de “literatura juvenil”) con algunos toques de la incipiente y radical industrialización de una nación que abandonaba a la fuerza su sino campesino sin gozar de la clásica “primavera de posguerra” de los países occidentales. Ahí está tanto el mito del sobrino pródigo Alexis Nicolaevich Tolstoi que, como su tío, peleaba contra la sangre terrateniente y el amor aristocrático por la tierra que bullía en sus venas y abandonó Rusia tras la revolución para regresar años más tarde, arrepentido y nostálgico de su terruño, como así también el de Alexander Beliaev, el “Julio Verne ruso”, un estricto hombre de leyes y activo integrante de la sociedad rusa, que sentaría las bases de la ciencia ficción transcaucásica clásica -a la manera de Verne en occidente- pero abarcando también temas tales como la levitación o los poderes mentales que solían quedar fuera de la obra del autor de Treinta mil leguas de viaje submarino, por no considerarlos lo suficientemente científicas. Todos ellos iban a convertirse en la educación básica de las siguientes generaciones de lectores y autores de ciencia ficción rusa, autores que no sólo se formaban al calor de textos como 220 días en una nave sideral de Gueorgui Martinov, sino que también empezaban a contemplar en su paisaje y en su educación los avances técnicos sumados a la nueva formación política que tendría en el paleontólogo y escritor Ivan Efremov al representante más importante de la nueva ciencia ficción soviética. El soviet interior Cuando decimos adelantada, decimos que novelas como La nebulosa de Andrómeda (1957) o libros de relatos como Olgoi-Jorjoi (1944) abarcaban ya los deseos de modificación radical de la percepción y las temáticas que años más tarde propugnaría para Occidente el mismo Ballard. En esa línea, Ivan Efremov será el representante más contundente de esta literatura soviética, una literatura libre de las riendas de la llamada “Era de Campbell” pero regulada por una política estatal de difusión de obras y contenidos científicos que en su alcance replicaba el campo de recepción que en Occidente manejaban las revistas especializadas aunque diferente en sus principios como diferentes son las bases de sustentación o los cálculos de beneficio que para sí manejan el Mercado y el Estado. Lo que en Occidente comenzaba a delinearse bajo el trazo de la lógica de consumo y recepción, de aquel lado de la Cortina de Hierro se dibujaba según el diagrama de la articulación entre ciencia y sociedad y transformación subjetiva de los nuevos ciudadanos del soviet bajo la tutela estatal. En “La bahía de las corrientes irisadas”, un relato incluido en Olgoi-Jorjoi, Efremov escribe: Y Kondrásev, conforme con su impaciencia, pensaba en el empuje incontenible de la ciencia, que sigue extendiéndose más y más por las planicies sin límites de lo desconocido, cautivando cada vez a más y más personas... Efremov, nacido en 1907, fue sin duda el hijo dilecto de esos sueños de avanzada de autores como Martinov y, especialmente, de Vladimir Obruchev, geólogo bendecido con el título honorífico más alto de la Unión Soviética (“Héroe del Trabajo Socialista”) y que volcaría gran parte de sus investigaciones geológicas en el Transcaspio y a lo largo y ancho de Asia en su novela de 1924 Plutonia. Es justamente esa figura de viajero e investigador infatigable el que va a decorar todo el ideario técnico soviético -”el empuje incontenible de la ciencia”- que Efremov va a llevar hasta el paroxismo, convirtiéndose no sólo en un paleontólogo célebre sino también en el escritor de ciencia ficción más reconocido, incluso fuera de los límites de la URSS, con un rol estelar dentro del catálogo de la editorial Mir y con cientos de ediciones y traducciones a lo largo del globo. Una obra que permitiría vislumbrar con luz propia el trabajo de autores tan variados como Olga Larionova, el prevonnegutiano Ilya Varshavsky o los hermanos Arkadi y Boris Strugatsky así como renovar el género con enfoques innovadores que menos que limitarse a la imaginación tecnológica y los viajes espaciales se desenvolvía en el flujo de una bella prosa especulativa donde la ciencia cifraba un rol de contenedor oculto y maravilloso de lo desconocido, la llave que abría la convicción de que la investigación y el avance técnico sobre la naturaleza presagiaban esos paisajes interiores que varios años más tarde reformularían también de manera notable a la ciencia ficción occidental: las playas, bahías y desiertos misteriosos, las galerías de piedra donde resuena el sonido prodigioso del viento, el panorama indómito de la naturaleza modificando la percepción del individuo similares a los que James Ballard diseñaría en libros como El hombre imposible, 22 años más tarde. Y es que el nuevo individuo soviético había nacido en un ambiente inédito: probablemente cueste divorciar esa nueva percepción que la literatura soviética imprimió a la ciencia ficción de la tundra neuronal colonizada de esos jóvenes rusos (como Efremov) que habían visto modificar sus paisajes y se entregaban de lleno a una lógica novedosa de la ciencia unida inexorablemente a la capacidad transformadora de la sociedad. Estamos hablando de individuos formados en los claustros de las nuevas universidades soviéticas, muchos de ellos científicos o narradores de formación en ciencias exactas pero, lo que es más importante, criados en el vigor de una nación que en dos décadas había visto mutar sus fronteras, sus métodos de producción, su enseñanza, su tipo de gobierno y su paisaje, entre muchas otras variables. Esa máquina soviética que alimentó a Efremov es la que le permitió a la ciencia ficción que dominó sus tierras durante gran parte del siglo XX obtener esas características personales que, al tiempo que acompañaban aquella fe técnica en el progreso que teñía las imaginaciones de sus pares occidentales, convivían también con una transformación radical del ambiente, allí donde los nuevos caminos metafórica y literalmente abiertos impactaban sobre los paisajes interiores, sobre esas condiciones inexploradas del suelo terrestre que serían la obsesión de la ciencia ficción anglosajona a partir de la segunda mitad de la década del 60. La ciencia ficción soviética, en suma, no se presenta como otra cosa que como el descubrimiento de una nueva nación, y donde el reclamo de Ballard se lee como la consecuencia de un género degradado en el marco de una separación entre ciencia e individuo, en la Unión Soviética se vislumbra como una asociación indivisible, una conjunción programática donde los logros científicos y sus especulaciones (el futuro cifrado en el presente) impactan de lleno sobre los paisajes interiores de sus ciudadanos. Asociación que encuentra tal vez su conjunción más desembozada en el libro póstumo del cosmonauta-héroe Yuri Gagarin titulado Mi viaje por el espacio. Psicología del cosmonauta (Buenos Aires, Editorial Sílaba, 1968). En él, Gagarín, quien significativamente va al espacio y vuelve para describir las experiencias psicológicas del viajero, cierra su descripción en primera persona del viaje, el entrenamiento y los diferentes cálculos a tener en cuenta para emprender la travesía con una breve narración llamada “Relato de cómo viví en la cámara de aislamiento acústico”. Gagarín se sorprende por la manera en que ese entrenamiento consistente en la aislación total del entorno genera en los cosmonautas una sensibilidad creadora que, pese al aislamiento, los empuja a recordar y a pensar permanentemente en sus amigos y conocidos. Anota Gagarin: ’Se juzga de la persona -escribía Lenin-, no por lo que diga o piense de sí, sino por sus hechos.’ La actividad del hombre es el rasero principal para juzgar sobre sus pensamientos y posibilidades psicológicas. El carácter de la creación en la cámara de aislamiento acústico y la individualidad artística del objeto, estaban relacionadas con las peculiaridades de la personalidad del cosmonauta. Pero el hecho de que no pensaran en esos momentos en sí mismos, sino en otros, se explica por motivos sociales más profundos. En ello se manifiesta el colectivismo, rasgo típico de las personas educadas por el régimen soviético. Más allá del tenor voluntarista de estas anotaciones del oficial Gagarin, las particularidades de la ciencia ficción soviética que la llevan a equiparar los logros literarios de sus contemporáneos occidentales a la vez que anticipar sus futuras obsesiones, y hasta los escenarios de no pocos relatos ciberpunk de mediados de los 80, habría que buscarlas en esa transformación técnica y social de un régimen que introducía a la antigua Rusia zarista en una nueva modernidad y una fe en el progreso científico como capacidad regeneradora del paisaje. La tundra, la estepa psicológica de miles de jóvenes criados a la luz de esas historias fantásticas sobre viajes al espacio y que ahora convivían con una declamación técnico-científica que los llamaba a alistarse para transformar el futuro, abrir caminos, investigar la tierra y colonizar el cosmos es el escenario natural donde la ciencia ficción soviética nace, se desenvuelve y anticipa los paisajes interiores por explorar. Fe y transmutación individual que aparecen también en esos versos que un cosmonauta escribió durante su estadía en la cámara de aislamiento acústico: Y tú, amigo, trabaja, no esperes. Porque para que este sueño se haga realidad, no sólo hace falta soñar sino empujar con los hechos, pues en esa época viviremos. Más información sobre ciencia ficción soviética: http://kickme.to/cf-sovietica |
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