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En prosa o en verso, como artista, como gestora cultural, como fuere, Fernanda Laguna ha escrito una cantidad de textos de evidente eficacia. Clasicismo, literatura gay, pero sobre todo, fin del artesanado.
1. Readableness
En la playa veo volar
a las gaviotas haciendo círculos sobre mi cabeza. Me la toco para ver
qué tengo y descubro que tengo un alga y un pescadito vivo enganchado
en mis dreadlocks. Lo saco suavemente para no matarlo de un susto y
lo tiro por el aire hacia el mar. Cae en la playa, así que me tengo
que levantar y volverlo a tirar. Las gaviotas se dispersan y se van
a hacer ruido a otro lado. Mariela es mi mejor amiga, vamos a todos
lados juntas. Estuvimos por muchas playas de Sudamérica y ahora nos
encontramos en Uruguay. Marie es mi compañera fiel de aventuras. Con
ella puedo lograrlo todo. Nos complementamos perfectamente pero no pasa
más que de una bella amistad. Cuando nos conocimos en Mar del Sur tuvimos
sexo la misma tarde que nos vimos y pensamos en ese momento que lo nuestro
sería un noviazgo que duraría para siempre, pero al otro día nos
dimos cuenta que no y que a pesar de que nos amábamos, lo nuestro era
sólo el comienzo de una bella amistad.
Así empieza Me
encantaría que gustes de mí, libro de cuentos que Dalia Rosetti (1) publicó por Mansalva (2006). Estas primeras líneas nos ayudan a asentar algo que debiera ser un lugar común y que parece una tesis arriesgada: Dalia Rosetti escribe
bien, realmente bien, tiene esa condición que los ingleses llaman
readableness, una continua legibilidad. Cuatro o cinco oraciones
le bastan para diagramar el círculo de la ficción con una maestría
secreta, implacable. Veámoslo: primero tenemos una playa y unas gaviotas
sobrevolando la cabeza de la narradora; después, un pescadito y un
alga entremezclada en su peinado; finalmente, la dispersión de las
gaviotas. Con esto se cierra la imagen y se da curso a la aparición
de los personajes, la información diegética básica y el conflicto
sentimental. En términos técnicos, nada muy distinto sucede en las
novelas del siglo XVIII. La generalizada simpleza de su prosa hace una
amalgama con estos procedimientos, y concuerda bien con un ensayo de
Borges, "La supersticiosa ética del lector", destinado a reprobar
la moralina fraseológica que juzga el estilo de un escritor por la
cantidad de comas que usa, por la cantidad de puntos, por la cantidad
de epígrafes, y no por la eficacia general de sus páginas. Salvo para
la crítica española, dice Borges, rescatar a Cervantes como retórico
es imposible, pero afortunadamente las glorias de El Quijote
(y de la novela como género y aun de la literatura como tal) no dependen
de eso. ¿No habría que entender a Dalia Rosetti a partir de estas
ideas? Su prosa es sencilla, sin recovecos barrocos, denotativa. Revela
pocas sorpresas con respecto al uso de las construcciones absolutas,
pero ilustra mucho acerca de cómo narrar invisibilizando el esfuerzo
de la oración. Rosetti escribe sin distracciones y carece de propósitos
exteriores a la narración misma; de esta indolencia saca una positiva
ventaja. Nunca suena mal. Su lenguaje es verosímil, siempre probable,
directo. Los lectores de Cecilia Pavón podrían encontrar raro cierto
tú que aparece seguido en sus textos; los de Dalia Rosetti difícilmente
tengan algún reparo de buena fe contra la credibilidad de su tono.
Los admiradores de Gabriela Bejerman podrán y acaso deberán marearse
con la pulsión neobarroca de sus textos; a los de Rosetti nunca les
sucederá eso. Ella es casi enteramente clásica. Dedicada sólo a narrar,
su claridad estilística logra entidad visual: lo que escribe, se ve,
siempre nítido y despejado. Con dos o tres frases instaura un pacto
ficcional irreversible, que el lector suscribe sin disidencia. Cualquiera
de sus párrafos es una muestra de velocidad. Va al grano siempre. Las
oraciones no detienen la vista, pasan una tras otra, como en patines.
Me levanto todos los
días a las 8, me tomo diez vasos de agua fría. Desayuno mate con dos
o tres bizcochos y hago unas elongaciones contra la pared. Apoyo mis
manos contra la ya citada y bajo mi espalda en forma de tabla. Siento
que me hace bien. Y de ahí al Cole. No soy una profesora mediocre,
al contrario soy copada con los pibes y las chicas. Me aguantan, hasta
diría que me quieren. Algunos me dan piñas en la panza o me guiñan
el ojo. Me gustan. Aunque a veces me dan mucha pena. Tanta vida por
vivir.
Mis amigos me dicen que me volví una vieja quejosa y
mala onda, pero así soy yo loco, copada a mi manera. A veces a los
alumnos, los dejo armar porros en el aula y me arriesgo a todo pero,
como ya dije, todo el mundo piensa que tengo más pinta de vieja mala,
que de buena onda. "Soy buena onda Gaby, cuando me haya muerto todos
se van a dar cuenta".
Este fragmento pertenece
a "Durazno reverdeciente", un cuento divertidísimo en el que la
narradora tiene 65 años y es una profesora de literatura lesbiana muy
amiga del whisky, que después de haber bajado la persiana por años
quiere redescubrir el amor. Esta historia, como otras, tiene un componente
de delirio importante: está situada en el futuro, para empezar. Es
que Rosetti, con seguridad, es el mejor epígono de César Aira. Pero
haríamos mal resolviéndola en esa filiación. Rosetti no está a la
sombra de Aira, está al costado; si su obra no se comprende sin la
del novelista de Pringles, tampoco se agota en ella y en ciertos aspectos
es renovadora (2). Porque las diferencias entre
uno y otra son tan elocuentes como los parentescos. Según deja ver
en dos ensayos, Aira sólo pudo escribir después de superar la asfixia
de un género literario, la novela, que Balzac, Flaubert, Joyce y Proust
habían agotado (3) y que Osvaldo Lamborghini reducía
a una sola frasecita (según su punto de vista, Crimen y castigo
se abreviaba en esta proposición: "Para demostrar que es Napoleón,
un joven estudiante debe asesinar a una vieja usurera") (4). ¿Con qué cara, entonces, escribir novelas después de Lamborghini? La solución de Aira consiste
en no seguir al maestro en la dimensión de la frase matadora, donde
no tendría chances, para en cambio dedicarse a la producción desregulada
de peripecias asombrosas. Llegado este punto, Lamborghini no parece
tener ninguna gravitación en nuestra autora; para Rosetti, la frase
no es una unidad, pero tampoco lo es la originalidad, tema de angustia
para Aira, ni lo nuevo, ni nada de eso. Aira tiene que tramitar la posibilidad
de la literatura, pero esta burocracia no tiene eco en Rosetti. Aira
podría entenderse como un borgiano moderado, que siente que en las
condiciones actuales la vida de la literatura está afuera de ella misma:
Flaubert es el humo negro sofocante, Duchamp el aire puro; Proust la
imposibilidad de escribir, John Cage la posibilidad. Toda esta complicada
urdimbre no sólo falta en Rosetti, sino que debe necesariamente faltar,
porque ella no es una escritora que deba resolver una presunta crisis
de las formas literarias apelando a las artes visuales y la música,
sino que es directamente una artista que escribe: parte desde el otro
lado. Estando al frente de la galería y editorial Belleza y Felicidad,
todo el farragoso caldo de polémicas teórico-literarias le fue ajeno,
y la frescura que generan sus textos depende en buena medida de esta
sana inexperiencia. Para Aira, las vanguardias nos dieron la libertad
y nos la pueden dar nuevamente; para Fernanda Laguna, la libertad es
un dato comprobado en el hecho de escribir.
Pero el contraste con
Aira es ilustrativo también en otra dimensión, bastante previsible:
la erótica. Aira es en esto un buen borgiano: no hay carne en sus novelas.
La obra de Rosetti, en cambio, es pródiga en besos, abrazos, conchas,
orgías lésbicas y bisexualismo. La temática del amor gay persiste
en su obra, pero, haciendo época, no con un sentido militante. En sus
novelas hay lesbianas de sobra, pero no se oye nunca el himno antipatriarcal.
La homofobia, como tema, no existe. Por consiguiente, y como sucede
en muchos de sus contemporáneos, la homosexualidad pierde esos rasgos
disruptivos tan caros al siglo pasado. Pero tampoco encontraremos
en Rosetti lo que en Dani Umpi: el homosexual como un histérico irreductiblemente
camp, fanatizado con Susana Giménez, atormentado y consumista. Para
Rosetti, no hay exactamente una identidad homosexual: hay mujeres que
gustan de mujeres, no mucho más. En su obra, lesbiana es un adjetivo
tan conflictivo como gorda, tonta, linda, es decir, algo predicable
de un ser humano a secas. La literatura sentimental de Fernanda Laguna
sólo podría ser espontánea, natural, y con el mismo gesto con que
desatiende las torturas de la Tradición Literaria Insuperable hace
caso omiso a las admoniciones de los estudios queer. Cuán gay soy,
qué puedo escribir: dos neurosis que saludablemente no aturden a Laguna.
Pero esta falta de ánimo hacia las vicisitudes identitarias no obstruye
la adecuada caracterización de los personajes. La profesora gay de
literatura de 65 años en la Buenos Aires del año 2040, que escucha
punk porque no comprende las nuevas tendencias en música electrónica,
que hace gimnasia todos los días porque quiere llegar bien a los 130
(el promedio de vida se ha duplicado gracias a los avances médicos),
tiene un grado de veracidad aplastante. El modo en que Rosetti va calibrando
su espesor diegético a lo largo del texto es intachable. Singular y
a la vez familiar, esa profesora es un personaje con todas las
letras.
2. La poesía contra el artesanado
Este poema pertenece
a Triste (Belleza y Felicidad, 1998), uno de los primeros libros
de Fernanda Laguna, desconcertante para los conocedores del devenir
de la literatura argentina desde el Diario de poesía en adelante;
sencillamente, ocurre que esto no tiene nada que ver. Ninguna vinculación
con el objetivismo americano, ni con la poesía del 60, ni con Leónidas
Lamborghini: Laguna no fue tocada por la gestión cultural del PC con
base en Liber/Arte. En cambio, su posibilidad se explica por medio de
los talleres de arte contemporáneo del Centro Cultural Rojas que cocinaron
la escena cultural de los 90. Con una herencia menos coloquial que performática,
el problema de Laguna no es qué hacer con los diminutivos de Gelman,
sino avanzar hacia la poesía desde un punto de vista más bien conceptual:
lo que importa es el hecho de escribir poemas e integrarlos en
performances, editarlos en plaquetitas minúsculas y hacerlos circular
en un ambiente frecuentado por la primera línea de interesados del
arte contemporáneo, pero no la consecución de una empresa literaria,
con especificidad y todo. Claro que un conceptualismo tal, soportado
filosóficamente por teóricos del arte pop que hablaran interminablemente
del predominio del hacer sobre el producto, del proceso sobre lo acabado,
etc., hoy sería ilegible; pero Laguna no se hunde en ese barco. Sus
poemas, la mayoría de las veces, funcionan; cuando no, sigue quedando
intocado el privilegio de su singularidad o anomalía. Triste,
luego de dar curso a unos textos minimalistas como el arriba citado,
se enrarece sin retorno, y entonces asistimos a textos que son solamente
números: 1724,78, 3241,20; 20 10 12 237... Laguna transmite la sensación
de que, eventualmente, podría escribir cualquier cosa. No es que posea
una técnica hiperdesarrollada, es que saltea olímpicamente todas las
vallas. Tanto concepto, tanta performance, deberían volverla indiscernible,
pensará el lector; pero Laguna le da su sello a todo lo que hace, mira
el mundo como no lo ve nadie más. ¿Qué otro poeta hubiera podido
escribir un texto como el que sigue, llamado Poesía proletaria?
Hoy he trabajado desde
las 9.00 a las 16.15. Llegué al taller levanté los mensajes, hice
llamados: con una proveedora y tres clientas Susana, Marta, Silvia
de parte de Fernando.
Luego a las 10:25 salí para lo de Rosita llevé en la moto 5 bastidores, el bolso con acrílicos y pinceles y en la guantera 3 potes de 250 cc.
En lo de Rosita vendí varios
bastidores, algunos pinceles, acrílicos.
Luego charlamos un
ratito, me ofrecieron un café que dije que no. Hablamos hacerca
de Nueva York que allí hay mucha plata, que es sucio pero que
no les dá vergüenza que escribí, pinté y descancé.
Luego fuí
hacia lo de Ana que vive en la calle Ortiz de Ocampo Palermo Chico. Bajé por Aráoz / que
luego se une / con Salguero, doblé en Libertador hasta Ortiz de
Ocampo.
Llegué y me atendió la empleada y me dijo: -La señora
ya viene.
Mientras esperaba pensaba en que podía vender mi cuerpo (hacer sexo) para ganar más dinero y no tener que cargar tanto
peso. De todas formas pensé, ahora también lo estoy vendiendo.
Una nota común a los
poetas más o menos relacionados con Belleza y Felicidad fue la representación
del circuito cultural joven de los 90: así, se le escribieron poemas
a las fiestas, a los amigos poetas, a los amigos artistas, a las muestras
de arte, a las drogas, a los dj’s. Este poema se incluye en esa línea,
pero a la manera de Laguna. Se trata, es evidente, de un tema propio
del campo del arte de los 90: Laguna vendiéndole acrílicos a pintores,
arriba de una motito. El poema evidentemente no califica como ejemplo
de realismo social, pero parece claro que sólo Laguna podría dedicarle
un texto a un tema como ése. Le sobra capacidad para poner los ojos
en objetos inéditos y enfocarlos con una rara naturalidad. Escribe
poesía como por primera vez, sin influencias apremiantes, y eso explica
que su capacidad para ahorrarnos lugares comunes sea inapelable. "Soy
natural y fresca", reza alguno de sus versos, y esta simpleza tiene
sus consecuencias. Hay que reconocer que posiblemente el mejor logro
de Belleza y Felicidad haya sido fulminar por completo las aspiraciones
sublimatorias de la poesía argentina (que ya habían sufrido un revés
parcial con los poetas de 18 whiskys y con libros como Música
mala o Punctum, cuya bucólica era nula). Por razones de
profundo calado histórico, la poesía ha sido muy comúnmente tratada
como una princesa encerrada en una torre de marfil, y todavía en Argentina,
donde no hay gestas que sean carne de elegía, una enorme cantidad de
poetas admite ese papel lamentable y patético en el decurso de las
letras occidentales. Por supuesto, todo el éxito de los poemas de Laguna
consiste en no ser nada de eso. Su poesía desconoce la indagación
metafísica, la queja metafísica, la metafísica en general.
Cuando Aira decía no
corregir sus novelas, pasaba por un provocador o por un vanguardista;
en ambos casos, suscitaba la pregunta en torno a la veracidad de semejante
profesión de fe. Con Laguna ni se llega a plantear la cuestión: es
evidente que no corrige. Sus ediciones en Belleza y Felicidad exhiben
errores, lozanos errores ortográficos y de tipeo. Este desdén fue
a menudo malcomprendido como un posmodernismo, un cinismo; sin embargo,
la desidia gramatical de Laguna podría tener un significado histórico
positivo. Partamos del hecho de que el artesanado es la última
playa de resistencia del imaginario poético; los poetas que, contra
el romanticismo de Percy Schelley, aceptan verse como trabajadores,
no quieren todavía verse como profesionales (eso implica una condescendencia
con la vida burguesa), ni como obreros (eso connota mecanización o
incluso populismo), pero de buen grado se identifican con los artesanos:
solitarios, tallan sus versos con maestría oficiosa en un humilde tallercito,
cuyo leve anacronismo no termina de conversar con el desarrollo satánico
de la economía capitalista. Están en el mundo, pero no del todo, y
producen -pero no en crasa cantidad, sino con atención a la existencia
cualitativa del poema, de entidad irreductible, etc. Este perfecto sistema
de metáforas utópicas deja de ser eficiente con Fernanda Laguna, quien
expresa un juicio negativo letal: poesía no es artesanía. La
obra de Laguna desliga irreversiblemente esta identidad y eso es un
paso importantísimo. El poeta ya no puede, no debe verse como un divino
verborrágico, pero tampoco como un carpintero modesto que sabe contentarse
con el interminable pulido de su pieza verbal. Laguna deshace la última
sublimidad poética, la ideología de la especificidad. Muestra
que ser poeta finalmente no es importante y que incluso podría ser
una traba. No se trata de festejar la ausencia de lectura y estudio,
se trata de evacuar la última identificación vagamente romántica,
vagamente antiburguesa del campo poético. No se trata de que la poesía
no tenga sus propias cuestiones técnicas, se trata de que se puede
escribir bien sin perpetrar el culto separatista de la literatura respecto
del resto de las cosas de la vida, y Laguna es prueba suficiente de
esto. Sus libros pueden no ser de poesía; el tema es menor; lo que
importa es que son alta y continuamente legibles. Puede no revelarse
en ella una poeta; pero otros detectados poetas no tienen su gracia
ni su imaginación. Preferiríamos, eso parece, que Laguna no nos hablara
de Paulo Coelho, que no es literatura, y mientras tanto nos aburriríamos
de buen grado con la amarga intertextualidad de un epígrafe de Hölderlin.
Borges tenía razón: existe una supersticiosa ética en algunos lectores,
que consienten la paradoja de que un texto pueda estar bien escrito
y, al mismo tiempo, ser completamente soporífero. Walter Cassara, por
ejemplo, es poeta, porque se presenta como poeta y además habla de
los griegos; Fernanda Laguna, más modesta, jamás gastó una oración
en la exhibición de sus títulos de nobleza literaria, porque sabe
que nada valen para el lector moderno. La obra de Laguna es enteramente
inespecífica, y esto no significa que no parezca literatura: significa
que el problema de su literaturiedad no importa, que es un seudoproblema,
una manía. Después de todo, la evidente eficacia de Laguna es digna
de ser considerada literatura, excepto que la cuestión no se dirima
en la lectura, y sí en los protocolos y fastos y concursos. En síntesis:
Fernanda Laguna escribe bien y las consecuencias están a la vista.
(1) Dalia Rosetti y
Fernanda Laguna son dos personalidades literarias distintas.
(2) Washington Cucurto
ha notado muy bien esto: "se me hace imposible pensar a Rosetti sin
Aira, y sin embargo no es Aira el que le da aire sino exactamente al
revés". Ver http://eloisacartonera.com.ar/elois...
(3) Ver César Aira, "La
nueva escritura".
(4) César Aira, "Osvaldo
Lamborghini y su obra".
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