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Montoneros versus los invasores del espacio II

El Eternauta: ¿la mejor historieta de la historia argentina?



El Eternauta: ¿la mejor historieta de la historia argentina?

I.

El Eternauta fue publicada entre 1957 y 1959, guionada por Héctor Germán Oesterheld y dibujada por Solano López. Inscripta en el género aventuras y ciencia ficción, detalla la invasión a Buenos Aires por una fuerza multirracial de otros planetas. Tiene, aproximadamente, 400 páginas y se recopiló por primera vez en 1961; una segunda versión, con dibujos de Alberto Breccia se publicó en 1969.

El equipo original realizó una segunda parte, publicada entre 1976 y 1978.

II.

Oesterheld se unió a Montoneros entre 1968 y 1969. En ese punto lo que antes era sencillamente un humanismo indiferenciado y compasivo (“no hay malos, la guerra es el enemigo y otros grandes éxitos”) devino activismo puro y duro. Como consecuencia de este viraje inició una nueva etapa artística en que sus historias de guerra, ciencia ficción, aventura y cowboys fueron teñidas o reemplazadas por didactismo y alabanzas de liberación tercermundistas. La primera de estas obras es la biografía del Che Guevara, que fue secuestrada y prohibida, lo cual evitó la publicación de una biografía de Eva Perón. Luego realizaría historietas para los diarios Descamisado y Noticias (no confundir, por favor, con el semanario amarillista homónimo), publicaciones que se encontraban en la órbita de Montoneros. Entre ellas se encuentra “La Guerra de los Antartes”, una nueva invasión, pero en un mundo en el cual Argentina era potencia, contaba con una utopía socialista / Montonera, África era un continente avanzadísimo y la población se organizaba (bajo la égida de los “Consejeros”) para resistirlo heroicamente. Un tipo grande ya, que movido por el compromiso de 4 hijas se engancha a militar. Las cosas que hacían los intelectuales antes. Terminó siendo jefe de prensa de Montoneros, hecho sobre el que circulan historias acerca de su codificación de datos de reuniones en las historietas. Finalmente pasaría a la clandestinidad entre finales del ‘76 y principios del ‘77, y en abril de ese año, se supone, se lo chuparon.

III.

La imbricación de la vida política y artística de Oesterheld, la radicalización consecuente de su vida y su obra nos ponen ante una de esas situaciones donde juzgar la obra es delicadísimo. Nos sitúan ante preguntas acerca del valor asignado retrospectivamente, preguntas sobre la difícil separación entre vida y obra, sobre los juicios estéticos personales en discordancia con los juicios políticos. Todos estos asuntos se juegan más fuertemente sobre el Eternauta, la única obra del período pre-Montonero de Oesterheld que fue continuada por él mismo en su faceta militante, que, además, causó un impacto mayúsculo en su primera edición y sobre la que se ha erigido una interpretación retrospectiva que resalta sus valores socializantes, de resistencia y lucha, el tan cacareado concepto de “héroe colectivo”.

“El Eternauta” es una gran historieta de aventuras. Maneja el suspenso maravillosamente, tiene momentos gráficos de indudable lirismo (así como manchones irreconocibles y por momentos falta de fondos preocupantes), y esa ventaja de haber sido la primera historieta de ciencia ficción en donde los acontecimientos tienen lugar en una Buenos Aires que, al menos por alusión, es reconocible.

Por momentos, más por el texto que por el dibujo; los grandes edificios y referencias de la ciudad no siempre se notan bien en los abigarrados cuadritos de Solano López. Sin embargo, hay una idiosincrasia de detalles en donde se encuentra su verdadera potencia como construcción de un mundo reconocible (es curioso pensar que aquello que es denominado world building por los anglosajones, y utilizado sobre todo para la referencia a mundos fantásticos, aquí pueda adaptarse perfectamente a la construcción de una Buenos Aires clase media de finales de los ‘50). El truco, los vehículos, el tipo de ropa, los sifones de soda, las cocinas, los uniformes militares, son los que cuentan.

Asimismo, “El Eternauta” tiene una ideología del desarrollo y el perfeccionamiento tecnológico que es muy argentina, muy latinoamericana, de la época. Hoy en día el 90% de nosotros nos veríamos fritos ante una nevada mortal. ¿Quién tiene una buhardilla repleta de elementos tecnológicos de baja intensidad como Juan Salvo? El hobbismo entendido como aplicación productiva de los conocimientos científicos en pos de una utopía tecnológica ha muerto. Lo que existe ahora son obsesiones particulares e improductivas, producto de la abundancia de información y de la nula capacidad para el desarrollo personal que producen los empleos modernos de oficina. O sea: el tipo que construye una réplica tamaño real de Chewbacca en Lego. Aquel que arma una pista de carreras gigantesca en su garage. O el casco de Daft Punk casero en 17 meses.

Nuestras notebooks no servirían, frente a la invasión estaríamos muertos.

IV.

También tiene, gracias a Dios, problemas: bloques de texto de entre 20 y 50 palabras, nula representación femenina, el embotamiento de la trama por momentos y, sobre todo, el mito del héroe colectivo.

Ésta es una metáfora muy bonita, pero como afirmé hace un tiempo, en el Eternauta original parece más bien una construcción a destiempo, que no se comprueba en la trama. Los personajes cumplen roles diferenciados, es cierto, y contribuyen a la supervivencia, pero parecen más bien engranajes destinados a hacer avanzar el relato. Y el eje emocional no es nadie más que Juan Salvo y su relación con su esposa e hija. En la segunda versión del Eternauta, este hecho está incluso más desdibujado, claramente por las dificultades con las que se encontraron Oesterheld y Breccia para llevarla a la conclusión y desarrollo que tenían planeado en un principio. Y ya en la segunda parte, escrita desde la clandestinidad entre el 76 y el 77, Juan Salvo es una suerte de superhombre capaz de oír un alfiler cayendo a la distancia. El héroe colectivo es una invención, señores, una racionalización espuria destinada a hacer concordar el destino político y biográfico de Oesterheld con su elaboración artística. Los problemas de carácter estilístico son fastidiosos, pero en la primera versión se entienden por la época temporal en la que salió. Lo más molesto son los enormes bloques de texto que muchas veces re-aclaran aquello que se ve en los dibujos. Este fenómeno es grotesco en la versión ilustrada por Breccia, en la cual hay cuadritos con bloques de texto de 40, 50 y 100 palabras. Se entiende porque Breccia estaba sacado y lo que dibujaba no tenía mucho sentido, y por el apresuramiento para cerrar la historia que había sido acortada sensiblemente. Sin embargo, este tipo de cosas marcan la historia, la periodizan. La total impotencia de las mujeres en la versión original (rayando en el histerismo) también hace ruido. Uno lee el Eternauta y, más allá de su potencial narrativo, se da cuenta de que está leyendo una historia creada y vendida en los años ‘50.

V.

Ahora bien, ¿cómo se enfrenta uno a esta dicotomía sin que lo traten de hijo de puta? ¿Cómo dice que Oesterheld no le parece el fin de la historia en el comic argentino y que el Eternauta tiene fallas sin que lo quieran matar?

Hay algo que me produce una profunda impresión, como joven nacido post dictadura: siempre me la imaginé como un telón profundo y espantoso. De algún modo, me recuerda a ese concepto lovercraftiano de “cosmic horror”. Yo pienso esos años como años en blanco y negro, de una oscuridad profunda y espesa, siempre de noche. Su posibilidad me produce pánico.

Y el Eternauta tiene algo parecido. En la escena en que comienza a caer la nevada mortal, quizás una de las más logradas, hay mucho de ello. Toda la construcción de una cotidianeidad que de pronto se ve destrozada absolutamente por el horror, todavía tiene la capacidad para poner la piel de gallina.

Esta imagen es una fabricación de alguien que no vivió la historia, pero también es la imagen que han construido los relatos. Y es parte del enorme mito de Oesterheld. Oesterheld se convirtió, para el comic nacional, en una figura de un peso asfixiante, aterrador. Y si bien tiene que ver con su pionera obra narrativa, también está inexorablemente enredado con su destino final. ¿Cuántas obras se han producido desde entonces en el comic nacional que sean descriptas en los tonos en los que se habla y se piensa el Eternauta? ¿Cuántas veces se ha discutido la obra de Osterheld? ¿Cuántos simposios, cuántos trabajos, cuántas muestras, cuántos concursos en su honor?

A Jack Kirby le robaron su arte, sus creaciones y su salud, pero a Oesterheld lo boletearon. ¿Cómo se vuelve de eso? ¿Cómo se critica, cómo se discute? ¿Cómo se expresa correctamente que uno está cansado de que sea ineludible en cualquier discusión de cómics argentinos? ¿Cuánto de cinismo hay en decirlo en un artículo en el que se continúa esa orgullosa tradición? ¿Cómo se dice que estaría bueno que las futuras generaciones de dibujantes no tuviesen esa historia pendiendo sobre su cabeza? ¿Que lo descubran en librerías de viejo, sin marcas de origen y lo disfruten en soledad? ¿Cómo se intenta discutir en términos estéticos sin desmerecer a la política? ¿Se puede?

A Jack Kirby le robaron sus creaciones pero después vinieron y dijeron que era aburrido, que era cuadrado, que era ridículo. Y después dijeron que era vital, energético, fundamental. Me gustaría que se pudiese decir todo eso de Oesterheld.

VI. (Fuga y final)

Hace unos meses Buenos Aires amaneció empapelada en afiches que mostraban al ex presidente Néstor Kirchner vestido de Eternauta. Unos afiches cool, décontracté, modernos. Convocaban a los jóvenes a acudir al Luna Park el martes 14 de septiembre para apoyar el proyecto nacional y popular de Néstor y Cristina Kirchner. Finalmente Néstor no hablo y Cristina lo reemplazó (“¡Elena! ¡Martita!”). Me sentí interpelado por ese acontecimiento y fui. Y me conmovió el discurso, y disfruté de la gente, tan diferente, sintiéndose parte de algo. Y sí, uno puede ser cínico y malhumorado pero el peronismo conmueve porque, como me dijo alguien una vez, uno se siente que le abren los brazos. Y también por su épica. Y quizás por su potencial literario. Pero, sin embargo, no podía dejar de pensar en qué ridículo que era ese afiche de Kirchner. Parecía un padre que quiere hacerse el canchero vistiéndose como sus hijos. Y quizás ahí está la discordancia: el Eternauta, por más dura y terrible que sea su historia, sigue estando teñida de ideas, de utopía y esperanza. Al final sigue buscando. Kirchner pertenece a la real politik. Por ello lo queremos (y, por extensión, al peronismo). Pensar que la ética y la moral tienen que ver con la política es una ridiculez. Usted no es un soñador, Kirchner. Deje los cómics para las masas oprimidas del mundo, para los perdedores, para los alfeñiques de 44 kilos. Para los hombres que hacen su mejor esfuerzo y terminan mal.

VII. (Addendum futuro)

Está nota fue escrita mucho antes de la desaparición física y política de Néstor Kirchner, aquel en que concluye. Los nuevos discursos que ese acontecimiento ha instaurado en el campo político y cultural insisten en aquello que se menciona más arriba, en Kirchner como animal político. Pero al mismo tiempo, en esos momentos en que recién nos enterábamos, la pregunta más repetida era “¿Y ahora qué?” que se parece mucho a un “¿Será posible?”. La identificación de Kirchner con el Eternauta se ha reforzado aún más en el imaginario. Ya no es “El Néstornauta” sino que es “Eternéstor”. Que hijo de puta que será el peronismo, que incluso ante el evento que quizás más se aproxima al espíritu melancólico del Eternauta (¿Quién se hubiese imaginado que Néstor terminase así?) rescata la épica, la construcción, aquel territorio difuso donde se mezcla la mugre de la realidad con la supremacía del sentimiento.


Amadeo Gandolfo

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