Crónicas del Fin del Mundo

¿Qué busca una bienal en el confín más austral del contintente? ¿Qué relación establece con los artistas invitados y con el público? Usos y costumbres de la gestión cultural sobre el paralelo 54 S. Paisaje institucional y necesidad de sindicalizarse.


Por Verónica Gómez


Previo a la Segunda Bienal del Fin del Mundo, hubo un viaje exploratorio a Ushuaia en Enero de 2009. éramos 5 artistas dispuestos a absorber en pocos días la atmósfera fueguina, a encontrar la inspiración para luego traducirla en proyecto: Graciela Sacco, Ana Gallardo, Adrián Villar Rojas, Adriana Bustos y yo. De este viaje surgirían los proyectos específicos. Los lugares propuestos para las intervenciones eran: la vieja Usina, el Parque Yatana, el Museo Marítimo (ex Presidio) y el Hangar (primer aeropuerto militar).

Apenas pusimos pie en suelo fueguino, nos dimos cuenta de que la idea rectora de la Bienal, la noción de Intemperie, no era un concepto abstracto sino más bien una situación mental: una vivencia en el cuerpo del artista que se iría cumpliendo en varios aspectos, de formas diversas y algunas veces bastante misteriosas.

Empezando por el clima. En Ushuaia, por la mañana es probable que te despiertes con los rayos de un sol que te hace pensar en la belleza, algo inhóspita eso sí, del borde más austral del continente. Inexperto/a, te calzás un abrigo pero tampoco tanto, el sol calienta, no hace falta más. Llevás diez minutos caminando por la calle san Martín, avenida principal, y súbitamente el sol desaparece detrás de un cortinado de nubes de un gris homogéneo. Ninguna señal del astro rey. Para colmo una llovizna helada se empieza a adherir fastidiosa e insistente a tu cara. Al menos no hay viento. Empieza a amainar la lluviecita y entonces llega el arco iris como premio consuelo. Divino. Luego el cielo se abre súbitamente, reaparece el sol pero acompañado por un viento de una velocidad helada y caladora. Esta sucesión de estados climáticos no necesita demasiado tiempo para cumplirse. Media mañana, un mediodía tal vez. Y el ciclo puede repetirse varias veces en la misma jornada.



Ushuaia, tierra de castores


En un clima dubitativo como pocos el humor se vuelve dubitativo. El factor climático nos solicita, o bien cierta férrea resistencia, o bien una permeabilidad que nos dejará merced del vaivén climático y su consecuente trastorno anímico. Pasearemos por el amplio abanico que va desde la más sincera y desmedida inmersión en lo sublime, éxtasis ante la inmensidad de un paisaje extremo, distante y de una belleza extrañísima y fabulesca, hasta los pensamientos más pessoianos y pesimistas, una profunda y calculada meditación sobre lo beneficioso y probable del suicidio en esas latitudes. Está bien que se llame Bienal del Fin del Mundo. Está bien.

Hubo en esos días de viaje exploratorio opíparas comidas. Por momentos rebosábamos optimismo. Un espíritu pionero embargaba ciertas conversaciones sobre la participación en la segunda edición de una bienal con centro en el confín de la tierra que irradiaría visiones artísticas desde sus varias sucursales esparcidas por el hemisferio sur.

Decía que rebosábamos optimismo. Aunque no todos. En algunos ya empezaban a vislumbrarse los síntomas de la isla, que son los síntomas del encierro.

Creo que fue ahí, en la visita al Ex Presidio, deambulando por el sórdido pasillo del pabellón histórico (el único carente de calefacción, tal vez por una concepción stanislavskiana del espacio) que Adriana Bustos empezó a considerar seriamente la idea de la fuga. Dos meses después, ya inaugurada la Bienal Capítulo Ushuaia, la veríamos carretear con elegancia y una tenacidad admirable por la pista de aterrizaje del viejo aeropuerto, portando sobre sus espaldas un artefacto volador laboriosamente diseñado en Córdoba con la supervisión de un ingeniero.



Adriana Bustos desafía la gravedad (sin ART)


Ese día Adriana no voló. La falta de viento. La pesadez del artefacto. La precariedad de cálculo. Hubo una situación de expectativa interesante por lo absurdo del propósito. Y hubo una frustración de esa expectativa. Me pareció una obra grandiosa. Por la serie de cuestiones que planteaba. Por ese sabor dudoso de insatisfacción que deja la cosa hollywoodense trunca. La obra de Adriana resume de una manera artística y humorística algo que en el terreno del arte funciona de manera simbólica pero que en el terreno institucional representa una catástrofe. Y es la falta de cálculo, la ambición sin sustento operativo, la ausencia de recaudos y planificación, en resumen, lo que podría denominarse lisa y llanamente locura. Pues ese día Adriana no voló. Pero si el aparato hubiera funcionado, si una ráfaga de viento la hubiera arrastrado hacia unas rocas, quebrándose una pierna o quizás algo peor, no había ningún tipo de marco legal que contemplara el caso y sus consecuencias. Ninguno de nosotros poseía un contrato escrito y firmado donde constaran los derechos y obligaciones de las partes intervinientes en la bienal, incluyendo determinación de los plazos, monto asignado a producción, honorarios, detalle de los espacios a intervenir, seguro médico, etc. Ni siquiera existía una invitación formal, un documento que probara nuestra participación en el evento, lo que me llevaba a pensar con cierta frecuencia, durante los meses de producción, cuando la preocupación crecía directamente proporcional a la ausencia de respuesta institucional, en la película Sexto sentido y la existencia fantasmática inconsciente de Bruce Willis.

Y esto pone sobre el tapete otra clase de intemperie que tiene que ver con la absoluta desprotección legal, con la ausencia de un marco profesional que regule el trabajo del artista. Los artistas, embriagados de vanidad quizás, o entusiasmados por la ambición de un paso más en la carrera, aceptamos participar de cualquier manera y a cualquier costo, con tal de estar ahí, con tal de beber del dulce y reconfortante néctar de la visibilidad.

Y queremos participar, y nos conviene, porque eso implica beneficios no solamente curriculares, sino una experiencia valiosísima, una aventura de creación en un contexto diferente y estimulante. Entonces tal vez el asunto no es abstenerse sino negociar. Tomar conciencia de que somos un agente imprescindible en el evento y que desde ese lugar es factible sentarse a la mesa de las negociaciones. Tal vez no logremos imponer demasiadas condiciones al principio, tal vez llamen a otro menos pretencioso, puede ser. Pero el solo hecho de exigir honorarios por nuestro trabajo, el solo hecho de mencionarlo, sitúa a la obra artística como el producto de una relación laboral. Y esto que es tan elemental y tan simple que parece una obviedad en otros rubros, no lo es para el artista a la hora de relacionarse con una institución, con una galería, con un evento.

Son las 11 de la noche. A más de 3000 kilometros de Buenos Aires, en la humedad del bosque austral, una inmensa ballena encallada emite destellos lunares desde la espesura. Un caparazón de nieve cubre ahora la ballena que Adrián Villar Rojas y su equipo de hombres rudos construyeron durante 20 días en el Parque Yatana. La intemperie acá se hace corpórea. Es el cuerpo del artista el que se expone a los avatares climáticos. Cabe preguntarse de qué está hecha esta ballena exactamente. Además de lo visiblemente obvio: un armazón de madera, malla metálica y arcilla de las canteras locales. Esta ballena está hecha de trabajo. Gustave Courbet, en su concepción marxista del arte, cuando le preguntaban cual era el sentido de gastar tantas horas en la fabricación realista de un cuadro existiendo la fotografía, respondía sencillamente: la diferencia es el trabajo. El valor del cuadro reside en la fuerza-trabajo. Adrián dio un ejemplo contundente de lo que un aceitado trabajo en equipo puede lograr. De lo que un grupo de personas puede concretar trabajando con un objetivo común y claro.



Construcción de la obra de Adrián Villar Rojas


Lejos de ubicar al artista como víctima, lejos del lamento inconducente, habría que replantear seriamente nuestro papel en un sistema complejo en el que aceptamos participar. Y que en el caso de un evento como una Bienal, mueve grandes sumas de dinero, nuclea intereses políticos diversos y se erige como una construcción de poder, con una fuerte apuesta territorial. Lejos también de la concepción del artista despreocupado y volátil, que pareciera vivir del aire, sin importarle cosas tan mundanas como la retribución, donde su alimento es su propia creación y su única satisfacción es la exposición de los devaneos de su espíritu.

En repetidas oportunidades se argumentó la caída de un sponsor para justificar la cesación del pago (que al día de la fecha no ha sido consumado) a los artistas participantes en la Bienal, principalmente a los artistas argentinos convocados para realizar proyectos específicos. Nunca sabré a ciencia cierta si esa fue la raíz de todos los males. Pero sospecho que el problema no fue solamente económico. Hubo un desperdicio de energía gigantesco por falta de comunicación, por algún disturbio en la cúpula que se tradujo en desorientación y en un sálvese quien pueda bastante salvaje. La situación de acefalía y autismo organizacional acrecentaba la angustia cotidiana y luego nos sumía en una anodina insensibilidad ante lo insólito del desperfecto logístico. Así fue como aceptamos con resignación nuestra suerte, casi como la frutilla de la torta, o la gota que colma el vaso, cuando la empleada aeroportuaria nos informó que no figurábamos en la lista de pasajeros del vuelo en el que, según nos había indicado la producción, regresaríamos felizmente a casa. Nos miramos cansados y entregados. A la ciudad no volvemos. Retroceder nunca. Lost. Hay que salir de la isla. Nos ubicaron en el vuelo de la noche. Pasamos 8 horas en el aeropuerto, en esa especie de limbo entre el ir y venir, repasando las aventuras vividas.

Otro aspecto importante a revisar es el del respeto y las estrategias de mediación. Un evento de esa envergadura se convierte en un inmenso plato volador aterrizando en un paisaje que lo desconoce completamente si no existe un delicado trabajo de campo previo. La ciudad y su población tienen sus códigos y el plato volador trae los de su planeta de origen. Si los puentes no han sido cuidadosamente establecidos y transitados, la contienda será inevitable. Posteriormente hablaremos sobre el evento en términos bélicos: sobreviví, le dieron de baja, hubo varios muertos, rodaron cabezas, heridas de guerra, secuelas, resistencia, retirada, héroes, kamikazes...

Hay que decir, rescatando un aspecto valiosísimo y positivo del evento, que todos han trabajado mucho. Que todos han puesto el hombro en su momento, artistas, productores, curadores, organizadores, secretarias, representantes locales, y que no han faltado excelentes intenciones. Y hay que decir también que se trataba de un trabajo excesivo y demencial distribuido entre pocos. Y que no es algo menor que exista esa capacidad de trabajo, esa voluntad y disposición. El asunto será combinarla, encauzarla, entrelazarla para que la trama sea mas sólida y que el resultado de ese enorme trabajo no se ahogue en un vaso de agua.

Todo esto debería llevarnos a hacer una profunda autocrítica. Y a considerar lo innecesario de ciertos costos que resultan altísimos para todos los participantes y que se pagan no solamente de manera monetaria, sino también con salud psíquica y física.

Ojalá existan más ediciones de la Bienal del Fin del Mundo. Está bueno que las cosas se intenten, se concreten, se perfeccionen. Y que los errores sean oportunidades de aprendizaje. Para eso hará falta cierta continuidad en el tiempo, capitalizar experiencia y un ego puesto al servicio de un proyecto en común.


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