El tópico del trabajo y el mínimo de subjetividad

La publicación de Alta rotación, de Laura Meradi, echa luz sobre algunas tendencias de la narrativa contemporánea: la topicalización del trabajo, la hibridación genérica, la presencia de viejas convenciones en nuevos textos y la necesidad de un canal afectivo distinto para el encuentro entre escritores y lectores.

Por Violeta Kesselman, Ana Mazzoni, Damián Selci y Nicolás Vilela


1- Protocolos formales

En marzo de este año, Tusquets publicó Alta rotación, de Laura Meradi. El libro tuvo la recepción de rigor: reseñas en suplementos, comentarios en blogs, entrevistas a la autora. A este panorama convencional se sumó un entretenido conflicto: la casa Cúspide retiró los ejemplares de sus bateas cuando se enteró de que Alta rotación incluía una escena donde la narradora robaba un volumen en una de las librerías de la cadena. Como Alta rotación no es una novela de hechos ficticios sino una investigación cronística sobre el trabajo precarizado de los jóvenes argentinos, la narradora vale por la autora y el affaire Cúspide amenazó con resumir todo el trabajo de Meradi en una anécdota superficial. Contra esta posibilidad, repongamos los contornos mínimos del libro. Alta rotación es el producto de una idea que Sergio Olguín (director de la colección de crónicas de Tusquets) le propuso a Meradi: emplearse en distintos trabajos llamados precarizados", registrar las experiencias y componerlas narrativamente. Para que la presencia de un elemento extraño no falseara los datos que la realidad laboral produciría en circunstancias normales, era conveniente que la escritora mantuviera sus propósitos en secreto; recobrar la tradición de las cámaras ocultas y los micrófonos escondidos iba a resultar mejor que entrevistarse con trabajadores y patrones. De esta manera, el espionaje devino proletarización. Por supuesto, el formato de "periodismo en carne propia" no es exactamente original; centenares de libros y de programas televisivos recurren a él. Y aunque después de leer las primera de las cinco historias que completan de Alta rotación queda claro que Meradi no es (ni quiere ser) una periodista en el sentido usual de la palabra, sigue siendo preferible evitar la cuestión superflua del "género" de estas páginas, y pasar directamente a sus componentes.

A nivel estilístico, Meradi hace dos cosas: narrar sin pausa y describir lo imprescindible. Parte de la premisa de que el tema habla por sí mismo, y deja que las anécdotas fluyan sin más especificación. Escribe en tiempo presente, lo que le da verosimilitud a la ausencia casi perfecta de comentarios que enmarquen las escenas o prologuen las acciones. Cuando un hecho tiene demasiada carga emocional, suele cerrarlo con una elipsis. En la primera de las historias, una compañera de trabajo hace un alto en la venta de tarjetas de Italcred para contarle que su padre es un asqueroso y que todas las ramas de su familia están amenazadas por el incesto. Meradi reproduce este parlamento sin que se trasluzca su opinión; deja un espacio en blanco y sigue con otra cosa. El registro léxico de su prosa es estándar, la sintaxis no tiene complicaciones, los personajes dialogan verosímilmente. Los momentos introspectivos de la narradora, que usualmente tienen lugar en medio de un trabajo agobiante, son igualmente breves y veloces. El lenguaje tecnológico de los nuevos y viejos medios de comunicación (y las palabras en inglés, particularmente) se rige por el uso cotidiano, razón por la cual Meradi prescinde, favorablemente, de la afección a las cursivas que padecen otros libros contemporáneos. En esa medida, es un libro eficaz en la transmisión del efecto crónica, donde la superposición de las categorías narradora-investigadora-trabajadora le permite a Meradi presentar algunos detalles singulares, como el léxico específico de cada lugar de trabajo (por ejemplo, "Ushuaia" y "Bariloche" para distinguir a las heladeras de McDonald's según su potencia), así como describir una en una las postas burocráticas que hay que cumplir para tener un empleo.


2- El trabajo no alcanza

Género híbrido, elementos autobiográficos, subjetividad joven, tema históricamente situado... Sin embargo, algo no termina de funcionar. A lo largo de las páginas Alta rotación comienza a volverse esperable. Meradi elabora una panorámica de las condiciones laborales de los jóvenes a partir de una inmersión experiencial; por esto su libro es un emergente nítido de una serie de textos escritos alrededor de la temática laboral (como Objetos maravillosos, de Juan Diego Incardona) y de alguna manera, encarna su forma extrema. El gran abanico de empleos representados y el retrato excluyente de la precarización ponen al texto en un lugar de referencia, pues en él se perfilan una serie de rasgos de las condiciones laborales (la casi inexistencia de lazos solidarios entre los empleados, la incapacidad de estos trabajadores para reconocerse como tales y acudir entonces a los organismos sindicales correspondientes) que en otros textos no aparecen con tanta claridad. Pero si no se puede negar que Alta rotación responda eficazmente a sus propósitos, es igualmente cierto que sus méritos se acotan al cumplimiento de un programa limitado. La información que el lector obtiene sobre los distintos trabajos, aun resultando llamativa o curiosa, no es suficiente para dar relieve a las escenas. Más importante que eso, no llega a agregar algo realmente significativo a la imagen de McDonald's o de los call centers que puede ofrecer un diario ideológicamente bien orientado como Página/12. Cuando aparece, la reflexión suele resolverse en pasajes donde lo principal es la angustia existencial de la narradora, de sus compañeros de trabajo, o de los clientes ("Qué me pone triste. Tan triste. Qué es lo que me mantiene intranquila. Qué es lo que vi. Qué vi. Y se me clava como una estaca en la memoria la imagen de la mujer que venía siempre al McCafé a comerse un cuadrado de frambuesa. La mujer despeinada y sucia, renga, gorda y vieja como la Misery de Stephen King. No podré quitármelo de los ojos nunca"). Los discursos remiten a personajes de distintas clases sociales y Meradi no postula, en su propio segmento sociolingüístico, una síntesis cognitiva de ese panorama. El relato se convierte en un catálogo de situaciones laborales desgraciadas, y aun considerando la decisión autoral de "pegar" el efecto del enunciado a su objeto (trabajos mecánicos-texto chato), todo indica que hay una excesiva confianza en la premisa que sostiene el proyecto, como si "hablar del trabajo" asegurara, de por sí, estar echando luz sobre una zona neurálgica y conflictiva de la realidad.

La instalación del trabajo como insumo literario actual y pertinente puede explicarse: es un tema a priori "social" y en esa medida responde con eficacia al revisionismo y realismo que cobraron fuerza después de la crisis del 2001 (más exactamente del 2003 a esta parte). Además, en su carácter de experiencia de primera mano (porque todo el mundo tiene que trabajar, o al menos debe hacerlo la clase media a la que mayormente pertenecen los escritores), parece una buena puerta de entrada para un tratamiento de la realidad que no caiga en errores, prejuicios o percepciones distorsionadas; por esa misma causa, el tópico también permite vehiculizar una serie de marcas formales en plena circulación, como el enfoque autobiográfico o los textos genéricamente híbridos. Sin embargo, hablar del trabajo a secas ya no parece suficiente: si en los 90 había que traer a la literatura toda una serie de determinaciones económicas, sociales y políticas que quedaban por afuera del radio de interés de gran parte de los escritores, semejante movimiento ahora parece cumplido, y la conciencia histórica que ganó con él la práctica literaria constituye un capital acumulado; es una base y no una meta; los poetas órficos que le cantan a la luna, a las flores y a su propia interioridad romántica ya no son enemigos a tener en cuenta. La serie de antologías de tema histórico y de corte realista (como Uno a uno o Los días que vivimos en peligro), y el mismo Alta rotación, todas publicaciones de editoriales mainstream (Mondadori, Emecé, Tusquets), señalan que la tendencia a lo concreto, a la determinación histórica del enunciado, a la coyuntura, al nombre propio, está afianzada, y que hay constituido un público dispuesto a consumir textos en los que intervengan esas pautas. ¿Por dónde empezar, entonces, a identificar los nuevos problemas?


3- El mínimo de subjetividad

Los años 90 fueron prolíficos en novelas y cuentos por cuyas páginas vagabundeaban, semimuertos, personajes desinteresados, irreflexivos, apáticos, eventualmente consumistas, fiesteros o drogones en público y abúlicos perplejos en privado. Las narraciones de Martín Rejtman, pese a que no ocuparon un lugar central, sintetizan este recorrido. De un tiempo a esta parte, la situación política y cultural, los presupuestos productivos y los pactos de lectura se modificaron, pero las subjetividades narrativas no parecieron acompañarlos. Uno de los libros de la llamada Nueva Narrativa Argentina que más reseñas y comentarios alcanzó, Los estantes vacíos (Ignacio Molina, Entropía, 2006), participa tanto de esa promoción del realismo revisitada durante los últimos años como del protocolo de enunciación noventista: distintos personajes recorren barrios bien determinados de Buenos Aires a pasos retraídos e inexpresivos y excluyen toda valoración. La repetición de esa fórmula demuestra que Raymond Carver no tiene demasiado que ofrecernos en estos vitales años 2000. La narradora de Alta rotación (como también los narradores de Opendoor, de Havilio, o 76, de Bruzzone) prolonga esa construcción de las subjetividades, esa superficie narrativa en la que los personajes, incómodos a veces, se dejan llevar. El archivo diegético de Meradi es potente (en ningún otro texto de narrativa actual se encuentran tantas anécdotas laborales), pero la enunciación se reduce a la melancolía espontánea por los compañeros de trabajo que quedaron atrás, a las elipsis que evitan el comentario y a los sentimientos de rabia o conmiseración por las condiciones laborales. El libro parte de la siguiente premisa: mentir a los compañeros de trabajo, decir la verdad a los lectores y, si a nivel de la descripción intralaboral el mecanismo funciona parcialmente, en las escenas extralaborales la subjetividad aparece erosionada por la omisión. La posición enunciativa se resume en la discusión final entre la narradora y un amigo que la condena por haber engañado a sus compañeros; este desacuerdo menor sobre la ética de la observación investigativa es el único nivel que Alta rotación agrega a sus propios datos. Por cierto, la figura tonal básica no es la apatía, pero las pautas estilísticas (narración sin comentarios, descripción sin demoras, reflexiones de circunstancia) le quitan al texto la posibilidad de trascender el cordón afectivo de la generación. De hecho, el propósito de Meradi es, por un lado, establecer las vicisitudes de su paso por distintos trabajos precarizados, y por otro, relegar su posición subjetiva al espionaje. Pero si el tópico de por sí "social" no responde eficazmente todas las demandas de la lectura, el "mínimo de subjetividad" queda muy mínimo o tiende al cero.

En resumen, el "mínimo de subjetividad" sigue siendo el eje emotivo de la narrativa contemporánea, la línea divisoria entre lo claro y lo oscuro. Su posición dominante explica, por la negativa, la repercusión de Las teorías salvajes, de Pola Oloixarac, y por la positiva, la parcial invisibilidad de textos que aun manejando una paleta amplia de recursos estilísticos (como Frío en Alaska, de Matías Capelli, o El espíritu del joven Borja, de Fernando Callero) no contrarían e incluso cultivan ese principio. Pero, ¿por qué el respeto de un código vigente de expresión literaria tiene menos lectores que su remoción o desmentida? La solución a esta paradoja fue adelantada algunas líneas más arriba y se puede graficar en una frase: las convenciones de los autores de narrativa están divorciadas del horizonte de expectativas de los lectores. O dicho de otra manera, el "mínimo de subjetividad" no es capaz de canalizar las emociones y pensamientos de la época. Es verosímil que el trillado joven que hace diez o quince años recorría indolentemente la programación del cable, hoy se indigne atropelladamente ante el discurso de los medios de comunicación. Y es razonable que una literatura escrita con preceptos disociados de esta experiencia carezca de eficacia o se limite a estar "bien hecha". No se trata de un asunto de intensidad, de una figura específicamente tonal, sino de un problema de conciencia y reflexión, de intervención de la subjetividad en la masa de datos, nombres de personas, nombres de calles, fechas, esquinas reconocibles, situaciones laborales concretas, que se volvieron referencias literarias por derecho propio.

Algunos textos editados en los últimos tiempos, precisamente, intentan avanzar en este sentido: La Virgen Cabeza (Gabriela Cabezón Cámara, Eterna Cadencia, 2009), por ejemplo, a pesar de postularse vagamente como un relato futurista, opera sobre situaciones y particularidades de la sociedad argentina del presente: las villas, el reggaetón y el paco, el periodismo amarillista de investigación, el trabajo social de los estudiantes universitarios. El personaje principal es Cleo, una travesti que después de ser violada salvajemente en prisión empieza a tener unas comunicaciones con la Virgen que la instan a instrumentar la organización de una villa destruida por la delincuencia, la prostitución y las drogas. Siguiendo la línea del argumento, la entonación oscila entre el barroquismo kitsch y la ironía; lo destacable no es tanto que ese vaivén sea novedoso, sino que funciona como plataforma para que el nivel del comentario, que es incisivo y acelerado, se desmarque del mínimo de subjetividad dominante. En el plano léxico y rítmico se mezclan los términos cultos, la jerga del reggaetón y el vocabulario del lumpenaje; la apuesta de Cabezón Cámara, en este sentido, no es mimética sino que opera abiertamente sobre una serie de materiales de la realidad. El uso de aliteración y polisíndeton y el vértigo sinestésico de las imágenes producen como efecto general de lectura una inversión dialéctica según la cual la pobreza puede entenderse como lo contrario, como exceso y despilfarro festivo ("En el barroco miserable de la villa, cada cosa siempre arriba, abajo, adentro y al costado de la otra, todo era posible. Y, eventualmente, divertido: de tanta superposición, todo cogía con todo, hasta los caballos atados a los carros se subían sobre otros caballos atados a carros y se apilaban para coger aplastando carros y cartones", p. 111). Sin embargo, aunque la paleta retórica conduzca el relato al grotesco, Cabezón Cámara agrega otros principios a esa propuesta que ya se encontraba, por ejemplo, en la narrativa de Cucurto. Colisionando con esta percepción se abre otra, más novedosa, según la cual la alegría que sienten los habitantes de la villa no es constitutiva de toda situación de pobreza (lo cual implicaría una mirada idealizante que haría a las clases bajas propietarias per se de valores morales positivos), sino producto de una mejora real, causada por este movimiento de organización, en las condiciones de vida: "Cuestión de llegar con facturas o papas fritas, salamines y cerveza y empezaba o seguía la fiesta. Era así, desde su centro mismo la villa irradiaba alegría. Parecía cosa de la Virgen y Cleo, pero éramos nosotros, era la fuerza de juntarnos". Ambas miradas están presentes en el texto: a la vez que los procedimientos sintácticos y léxicos le dan a la comunidad el trazo de una fiesta descontrolada, los personajes de La Virgen Cabeza no se encuadran por completo en el esquema báquico del baile, el alcohol, el sexo y las drogas, porque permanentemente se estiran hacia actividades de neto corte ético (la estructuración de la villa, la lucha contra el paco, la educación sexual). Sea cual sea el elemento dominante, lo notorio es que la vida de los habitantes de la villa mueve a la narradora a diferentes lecturas y comentarios y no sólo a su observación como objeto real pero de escasa pregnancia en su subjetividad. La Virgen Cabeza muestra el derrotero de una muy noventera periodista cocainómana, que pasa de "ya no creer en nada" a creer en la comunidad autoorganizada de los habitantes de la villa. El énfasis comunitarista, por sí mismo, significa un recambio ético importante en relación a las individualidades abúlicas, sobre todo si está apoyado por un absoluto como la religión. La apuesta más interesante del libro se tasa en relación a este eje, que propone una lectura activa, aunque por momentos contradictoria, de un hecho social.

En este sentido, La Virgen Cabeza es testimonio de un corrimiento de la narrativa respecto del eje del "mínimo de subjetividad". Esto no significa que ya esté conformado otro polo afectivo en el que escritores y lectores puedan coincidir, pero sí que su necesidad está esbozada. La famosa "narrativa argentina pos-2001", más allá de cualquier publicidad, todavía busca la manera de dialogar con su tiempo; después de cuatro años de antologías, no queda claro qué es lo que vaya a escribirse ahora, ni cómo hacerlo, ni para quién. Con sus virtudes y sus límites Alta rotación y La Virgen Cabeza ofrecen elementos para un diagnóstico más preciso de la situación actual, y muestran la necesidad de textos con una mayor coherencia e inserción en su tiempo.


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