Zelarayán y el problema del estilo

La reciente edición de Lata peinada abre una pregunta sobre Ricardo Zelarayán: ¿y si lo leyeran los narradores? Stendhal hojeando el Código Civil y los poetas estudiando al autor entrerriano. El estilo literario, lejos de las bellas letras y cerca de la comunicación


Por Damián Selci y Nicolás Vilela


1. Se puede escribir bien sin ser un tilingo

A fines del año pasado, en paralelo al rebaño de nuevas antologías que pastaban por las editoriales y los facultativos suplementos de cultura, apareció Lata peinada. Se trata de una recolección de prosas, entrevistas y ensayitos de Ricardo Zelarayán hecha por la Editorial Argonauta. El enorme interés de esta publicación se reflejó muy cortamente; nada de eso importa, de todos modos: hace años que los escritores hablan de la obra del entrerriano y los efectos prácticos de esa admiración siguen resultando nulos o infortunados. El empeño que en los años 90 distintos poetas pusieron en hacer uso de la obra de Zelarayán es inversamente proporcional a la influencia de esa misma obra sobre los últimos contingentes de narradores. Fabián Casas y Fernando Molle (dos poetas surgidos en esa década) le dedicaron un artículo en el diario Perfil y resumieron con justeza: los relatos de Zelarayán nos dicen que un narrador que no lee poesía es un semi-analfabeto. En otras palabras: Zelarayán nos muestra cómo escribe alguien que lee poesía y, por la negativa, la oquedad del peregrinaje de otros escritores. El autor que indistintamente firmó La piel de caballo (novela) y La obsesión del espacio (poemas) podría ser relevante si quisiéramos, en algún momento, tener un plan de alfabetización narrativa que comprenda entre otros ítems la lectura de poesía. No se trataría, por cierto, de un apetito estrictamente personal; Marcelo Cohen, por ejemplo, suele recomendar a T. S. Eliot (tanto en las entrevistas como a través de sus personajes: cf. El país de la dama eléctrica).

¿De qué estamos hablando? ¿Prosa poética? ¿Responsabilidad de la forma? Nada de eso. La ocupación por la frase que se nota en Lata peinada convierte en irrisorias tanto esas categorías como las expresivas controversias sobre si se escriben novelas de lenguaje, de historia o de experiencia. Suscintamente, ocurre que la figura de Zelarayán resuelve de antemano toda una cantidad de prejuicios que todavía circulan entre los representantes de nuestra opinión pública culta. Uno de ellos, al que por justicia histórica habría que denominar "síndrome de Stendhal", sugiere que la separación entre poesía y prosa debe ser abismal, para que la segunda no se amanere lamentablemente. Desde este punto de vista, el arte literario tiene un lado bueno, que es el de los cuentos y las novelas, y uno definitivamente malo, alternativamente o a la vez feminoide, inocuo, tilingo, impostado y anacrónico, aportado por el género poético. Ahora bien, la enfermedad de la poesía podría ser incurable, así que mejor no meterse a lidiar con sus gérmenes; en cambio, hay que velar porque no se trasladen a la narrativa... Prolonguemos un poco la justicia histórica, y exculpemos a Stendhal de cualquier cargo, porque su reticencia a los poetas que moscardeaban en la época de la Restauración debía ser muy profunda y su afán de purgarse con la lectura del Código Civil, inevitable: el hastío extremo se cura con una sangría extrema. Pero no es probable que las cosas en literatura estén como en 1830. De hecho, para entender a Zelarayán (y aprender de él) lo primero que tenemos que hacer es deponer esa nostalgia gigantesca.

"Una novela empieza con una frase escuchada en la calle". "En lo que escribo siempre hay respiración, nunca se cae la frase". "Ahora estoy intentando una especie de antología del lenguaje oral: frases que he escuchado toda mi vida, frases sueltas en la calle". Estas tres declaraciones, recogidas de las entrevistas que republica Lata peinada, testimonian suficientemente que para Zelarayán la literatura, ya se trate de prosa o de poesía, consiste básicamente en saber escribir frases. Pero claro: sumado a las ideas de cadencia, ritmo, sonoridad, este fanatismo por la música verbal nos revela a un autor modernista, lector de Proust y de Céline y de tantísimos otros, que podría ser acusado de (y acá aparece la palabra maldita) "formalista". En efecto, y siempre de acuerdo al prejuicio de partida, ¿qué hay más formalista que obsesionarse con un tema tan soso y perimido como el del estilo? Entendiblemente, un poeta podría morir en esa pesquisa interminable, ¿pero un narrador? ¿No sería hundirse en un esteticismo repelente y vacuo? ¿No implicaría la posición del terrateniente que llena sus horas de holgazanería componiendo una literatura adocenada, carente de toda peligrosidad? ¿Puede uno preocuparse por la sintaxis sin convertirse en un antiperonista? Son interrogaciones acuciantes. Sin embargo, no alcanzan a Zelarayán. Citemos un párrafo de Lata peinada:

      Navaja que baja perezosamente por la barba crecida. Cuando los cabarutes se van llenando de yuyos y ortigas a la palmera de cartón pintado se le arrima una tuna de verdad. ¡Qué poca cosa este cabarute fantástico a las diez de la mañana! ¡AiĀ“ te quiero ver! El sol se mete a la fuerza entre los cartones para lamer, lame insaciable los decorados despintados, los cortinados apolillados y la pista gastada y vomitada que aún conserva en sus grietas profundas restos de sangre brava, aunque la laven con cepillos duros y de rodillas... Pero el cabarute infernal, fantástico de noche y destartalado y lamentable bajo el sol, viene de lejos y aguanta... Dos incendios, cuatro asaltos, sin hablar de los muertos, lo han dejado al final en el mismo lugar que siempre. En este mismo momento acaba de rodearlo la gendarmería. Dicen que hay un muerto y sangre fresca adentro. Nadie puede entrar ni salir hasta que llegue el juez, cosa imposible porque el muertito de adentro es justamente el juez...

Sería triste reducir estas líneas tanto a una teoría de la representación de "lo social" (lectura "comprometida") como a una teoría de la experiencia de los límites de la lengua (lectura "posestructuralista"). Zelarayán empieza con una imagen en oración nominal. Podría ser el primer verso de un poema, pero es una frase de arranque narrativo para mostrar un cabaret a las diez de la mañana. El ritmo e incluso la rima de las frases están puntuados por participios: "decorados despintados", "cortinados apolillados", "pista gastada y vomitada". Los signos de exclamación se desentienden tanto del tono solemne-periodístico (que describiría un lugar "bajo", donde hay "muertos" y "asaltos", con distancia afectada) como de la mímesis automática (que no sonaría muy bien en una prosa literaria); son exclamaciones que regulan estrictamente la relación entre proximidad y distancia, al mismo tiempo ampulosas y comprensivas. (Cucurto escribió un libro de poemas cuyo título es el nombre de este escritor entrerriano y usó hábilmente este recurso). Zelarayán muestra que se puede percibir correctamente las relaciones sociales a fuerza de participios, exclamaciones, diminutivos y rimas internas; el "dicen que hay un muerto", que alude a la circulación oral del rumor, pasa por encima de la línea de gendarmes y encuentra una identidad con el representante de la ley burguesa, que fue al puterío como cualquier hijo de vecino y ahí se murió... Al igual que en La piel de caballo, donde el narrador, que es entrerriano, cae preso en una cárcel porteña y se termina haciendo amigo del vigilante gracias al origen provincial común, el gesto básico de esta escena de Lata peinada consiste en vapulear el lado formal de la ley (su carácter abstracto-apriorístico) por medio de una observación minuciosa del contenido de la ley: así el Juez como figura del bienestar burgués decae hacia el simple despojo ensangrentado del juez que se murió entre unas putas tucumanas. En esta tarea de rebaje de las instituciones que la burguesía impone y la pequeñoburguesía respeta hasta la alucinación, el estilo cumple satisfactoriamente su parte dándole al magistrado un diminutivo y un circunstancial de lugar: "el muertito de adentro". La infinitud de la idea del Derecho versus la finitud material del juez: a la literatura le interesa lo segundo. Aunque parezca (y sea) insoportable hablar de "el sesgo corrosivo de la literatura", Zelarayán nos permite hacerlo si aceptamos que lo que se corroen son las abstracciones y lo que se reivindica es el carácter material del mundo.

Por consiguiente, el valor didáctico del párrafo antes citado, y de cualquiera de la obra de Zelarayán, es fácil de ver y se resume en una frase: no toda preocupación por el estilo es tilinga. Para Zelarayán, la medida de la escritura literaria es el habla, que por su respiración y cadencia suena natural, o sea, armónica. ¿Y el habla de quién? De los pobres, los obreros, las prostitutas, y geográficamente hablando, de los salteños, tucumanos, entrerrianos, rosarinos, bolivianos... Zelarayán, que se burlaba de sus compañeros de Literal por el poco manejo que tenían del francés, que simétricamente era apodado "franchute", podría ser acusado de populista y de novelista etnográfico... ¿Pero cómo puede ser? ¿Un populista afrancesado? Así es. O mejor dicho, con Zelarayán aprendemos que el estilo literario no tiene nada que conversar con esos fantasmas y que nuestros opinion makers podrían estar confundidos, confundidísimos. Su obra se sitúa por fuera tanto de las coordenadas mentales de la Capital Federal como de una loa bucólica al modelo agroexportador, dos instancias que suelen explicar el fracaso de cantidad de narradores y poetas. Carlos Correas, en un ensayo sobre Borges, dijo algo interesante: el estilo es una consecuencia inevitable si las percepciones, intuiciones y certezas están bien concebidas; la mera corrección gramatical o de composición no asegura nada. No se trata de "agregarle", como prótesis, frases vistosas a un contenido dado: el estilo se concretiza por la articulación sintética de una percepción ("el cabarute infernal, fantástico de noche y destartalado y lamentable bajo el sol, viene de lejos y aguanta") y se desrealiza o falsea en la débil ansia ornamental o en el embellecimiento inane.


2. El prejuicio de las bellas letras y la necesidad de la eficacia comunicativa

Entender el estilo como el efecto del pensamiento, incluso como la realidad del pensamiento, es algo a lo que nos insta Zelarayán, pero la inadvertencia sobre su obra es enorme y esto podría explicarse (aunque no únicamente) por el hecho de que la problemática estilística permanece en general inadvertida, y también con enormidad. Básicamente cualquier pronunciamiento sobre estilo resulta hoy contraintuitivo. Ningún escritor contemporáneo niega en las entrevistas que "el estilo es importante", pero casi ninguno lo afirma, o bien lo afirma y niega según varíe el beneplácito o el resquemor de la crítica... Este desdén vacilante puede explicarse: el problema es que por distintas razones el estilo literario ha quedado limitado a mera expresión del espíritu de les belles lettres. Suele decirse que, en tanto la cita con la belleza dejó de formar parte de la agenda literaria moderna, toda preocupación estilística sería anacrónica; véanse si no las vanguardias, el pop, el compromiso... Pero este argumento pretende que la cuestión del estilo se dirime en valores ciertamente vetustos como la "personalidad" o el donaire o el buen gusto, y no en un tema más justificado: el de la eficacia comunicativa. "En toda producción literaria tiene que haber cadencia: ritmos internos que lleven al lector y al mismo tiempo favorezcan el avance de la obra, su comprensión y todo lo demás", responde Zelarayán en una de las entrevistas de Lata peinada. Es necesario entender "eficacia comunicativa" en estos términos. Según Zelarayán, la producción del estilo trabaja, "al mismo tiempo", en el desarrollo puntual del texto y en su intención apelativa. Esa orientación humanista sobre el uso del lenguaje es más real que la inerte amenidad de "contar historias" y que la crítica vitalmente rastreadora de "lo político" en la literatura. Ni hablar si pensamos en el afán rotulativo de hits posmodernos como "el escritor sin obra", "la obra sin escritor", "el escritor sin público ni obra", "el escritor sin estilo ni público ni obra ni derechos intelectuales de autor", etc.; la frase de Zelarayán es un juicio útil sobre la relación comunicativa en la que está comprometida, desde el vamos, una producción literaria. Y es consistente porque viene de su propio trabajo con la cultura y el lenguaje y no de la voluntad de acordar con una u otra teoría sobre la literatura. Marcelo Cohen, que fue parte de esa generación educada en la anti-comunicatividad, la travesía del significante, la negatividad y otras yerbas, dijo en una entrevista televisiva de hace algunos años: "tanto tiempo peleando contra la idea de comunicación y ahora uno se da cuenta de que si no hay alguien del otro lado...". Bajo estas condiciones, su insistencia solitaria en que la literatura tiene que evitar los lugares comunes porque eso equivale a no pensar y tomar lo dado como viene no debe entenderse como una repetición abstracta de la crítica a los estereotipos (crítica que es, ella también, un lugar común) sino en relación con protocolos concretos de lectura y escritura: dado que el idioma es el punto de partida, ¿cómo un escritor podría no preocuparse por su instrumentación inteligente, cómo un crítico literario podría desentenderse de analizar esa operación?

Abreviando: Zelarayán nos muestra que el estilo no tiene nada que ver con un gusto modoso por el buen decir y mucho que ver con la eficacia en la comunicación. Una imagen mal construida, una frase que se cae, un verbo demasiado sonoro, un adjetivo inútil, comunican menos, perjudican el diálogo de la literatura con el lector y entorpecen la intelección del mundo. La edición de Lata peinada puede comprenderse íntegramente en estos términos; siendo el resultado de un rejunte de papeles en el que el autor no tomó participación, no tiene sentido leerlo como un "libro" ni, por supuesto, como una novela (el propósito original de Zelarayán era compilar toda su poesía en un único volumen e intercalar unas cuantas prosas inéditas, las que ahora se dieron a imprenta), pero su uso como manual para escritores es indiscutible... Repitamos que Zelarayán fue leído rápido y bien por un importante número de poetas, mientras que su ineficacia sobre las últimas promociones de narradores sigue siendo descomunal. Y para terminar, como testimonio de algunas cosas que dijimos antes, reproducimos dos páginas de Lata peinada. Abarcan la historia de Leonor, una mujer santafesina que deja a su marido dentista para irse con un sindicalista, que la deja a su vez a los dos días. Esto es lo que le pasa cuando toma conciencia del abandono:

      "Vuelvo en diez minutos, tesoro. ¿Te traigo cigarrillos y alguna cosita? ¿No?", le había dicho él cuatro horas antes, y ella sigue esperando esa tarde en Rosario, encerrada, acorazada, mientras cientos de fanáticos manifestantes golpean duramente el Peugeot del viajante demorado, y ella, tan modosita y discreta, tiene que oír a través de los vidrios gruesas insinuaciones y muecas desaforadas, entre cartelones y estribillos. Pero alguien la observa desde hace rato. Un oficial de policía que ahora se acerca al coche y le hace señas con ademanes untuosos. Ella baja apenas el vidrio y le corta el castellano con altivez. No se oye lo que le dijo, pero el policía se siente intimidado por esa mujer atractiva y furiosa. No se atreve a pedirle documentos y se retira. Una hora después, la mujer del dentista no puede esperar más. Por el espejito retrovisor observa al oficial que conversa unos treinta metros atrás con un vendedor ambulante, mientras piensa en su valija grande encerrada en el portaequipajes. Imposible sacarla de allí si no vuelve el viajante sindicalista que se llevó las llaves del Peugeot gris perla. Claro que las puertas pueden abrirse, pero ahora sólo dispone del maletín que está sobre el asiento trasero. "No desesperarse", se ordena. "Si aquel se mandó mudar como parece, conviene salir de aquí, pero sin perder de vista el coche, porque si me ha largado a mí, seguro que al Peugeot no lo va a largar así nomás..." El oficial de policía se aleja. Lo ve caminar de espaldas en dirección contraria al coche. El momento justo. Desde el Peugeot ya ha ubicado un bar, en la vereda de enfrente, a unos veinte metros pasando la esquina. Allí, en terreno neutral, podrá también pensar mejor si le conviene o no abandonar a su suerte la valija grande, prisionera en el portaequipajes. Abre la puerta, baja rápidamente, la cierra con suavidad, y en cuestión de segundos ya está instalada con su maletín en una mesa, junto a una ventana, en el bar. La mujer del dentista, la mujer del viajante, ya no puede ceder. Se jugó a otro hombre y se ha quedado sin ninguno. Su nueva vida comienza en esa mesa de un bar cualquiera a dos cuadras del boulevard Oroño de Rosario, con el último vestigio a vista de un tiempo que, por ahora, debe borrar a toda costa. Su hijo de quince años no es un bebito... Podrá reclamarlo después. Se encienden las luces de mercurio. Comienza la nueva vida nocturna. Ahora ve al policía detenerse atónito frente al Peugeot vacío. Lo examina por todos lados. Pasa un dedo por la carrocería, se lo mira. Trata de deducir la procedencia del coche por el número de la patente. Después hace anotaciones en una libreta. La mujer infiel no es corta de vista. El oficial se dirige al bar más cercano, sobre la vereda donde está estacionado el Peugeot. Al ratito vuelve. Ahora lo ve venir en dirección al bar donde está ella... Cuestión de segundos. Mirar de reojo el ticket de la consumición, dejar los billetes sobre la mesa y... ¡rápido al "Damas"! Allí se encierra maletín en mano. A las ocho y media de su reloj luminoso, se decide. Poco antes creyó oír la sirena de un patrullero. Tiene que jugarse ya. Sale precipitadamente del baño y del bar. Alcanza a ver en la esquina a tres o cuatro curiosos que miran a lo policías del patrullero registrar el interior del Peugeot. Se acerca un taxi. No hay tiempo que perder. Un último y fugaz pensamiento para su valija prisionera y ¡arriba! "Algún sacrificio hay que hacer cuando se empieza una vida nueva", piensa después. En algún momento el viajante sindicalista reclamará su coche o lo dará por robado para cobrar el seguro. Algún dinero tiene ella encima por ahora. "Además, hay unos terrenitos de por medio..." Necesita darse ánimo. El viajante al fin le sirvió de puente... "Me arrancó de una vida que no podía seguir así... Algo hizo el hijo de una gran... Yo no lo perdonaría, pero ahora no se trata de perdonar..."

      Pasadas las diez de la noche, la viajera livianita dormita en un "chevallier" rumbo a Buenos Aires, con el pensamiento acelerado. Todo lo que pensó antes se viene abajo. Pero no afloja. Enseguida intenta armar un proyecto... pero ya anda en otro y en otro. Se mira en un espejito, la pobre. Casi una viudita... Vuelve a estremecerse. Dejó a uno, después de más de quince años, por otro que creyó definitivo y la largó en menos de dos días. Los detalles se le mezclan: el sillón palanqueado del dentista, la polvareda del camino transversal, las llaves del viajante cegetista cuyo rostro se va borrando, la noche en el hotel de Venado Tuerto donde no pensó ni en lo efímero ni en lo definitivo, las fintas del ferretero-cerrajero iluso, el encierro en el baño de damas a una cuadra del boulevard Oroño, el padre y su hijo arreglando las cosas como hombres... Todo se disipa al fin en la finta asfáltica iluminada por el "chevallier" y los guiños de los coches que vienen en sentido contrario. Hipnótica raya de tiza... Flechitas, innumerables flechitas que apuntan a todos lados, se mezclan velozmente en la cabeza de ella.

      Dudas, piernas voladoras, cuando se posan aplastan. La mujer del dentista, Leonor al fin, inicia su aventura de andar suelta. Nada mejor que la gran ciudad para disimular su nueva condición, su soledad libre. Nada mejor que las ilusiones contra las dudas voladoras o aplastantes. Ya no puede echarse atrás. La Turca falsa, ausente sin aviso de sí misma, no se animó a tirarse del balcón. Leonor nunca vivió en un segundo piso siquiera, ni conoce aún la soledad del ascensor. No se lanzaría al vacío a velocidad de la ley de la gravedad. Se ha arrojado sí al vacío horizontal, a la velocidad de un Peugeot gris perla y de un "chevallier" Mercedez Benz, descontando las horas felices en Venado Tuerto y las muy amargas en Rosario. El vacío es un negro imán. El corazón erizado de la Reina del Plata no es tampoco un lecho de rosas.


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