Novocaína para el piquete: recetas de izquierda en la tierra Repsol

El escenario neuquino como simulación 3D de las frustraciones de la izquierda contemporánea. El caso Fuentealba. La movida asamblearia, orgánica, sindical. Egolatría troztkista: reserva moral y pólvora mojada. Y todo lo que siempre quisiste saber sobre el MPN y nunca te atreviste a preguntar


Por Alfredo Jaramillo


1. Tres hitos (y una tesis para apagar el incendio)

Trece años: ese es el tiempo que le llevó a la provincia de Neuquén ganarse una fama imperecedera como cuna del conflicto social. Un eslogan que, si bien no detenta de manera exclusiva (imposible hacerlo en una Argentina que arde cíclica e inesperadamente en distintos puntos de su territorio), sí ha logrado establecerse con particular altisonancia a causa de algunos acontecimientos políticos trágicos y -acaso por esa misma razón- simbólicamente potentes.


Cutral Co, 1996 (fotos: Leonardo Petricio)


Un rápido repaso señalaría algunos hechos en los que la provincia y, como mejor condensa alguna de las bucólicas piezas publicitarias oficiales que colonizan el espacio mediático neuquino, "su gente"", establecieron los rieles sobre los que comenzaría a desplazarse un tren de representaciones que, a esta altura, constituyen un repertorio algo más interesante que esquiar la nieve de Chapelco una vez al año en San Martín de los Andes, o haber sido hogar de los dinosaurios más grandes del mundo, 150 millones de años atrás.

Esa historia podría comenzar a escribirse el 20 de abril de 1996, cuando estalló la primera pueblada en Cutral Co y Plaza Huincul, dos localidades muy próximas entre sí, ubicadas a 100 kilómetros de la capital provincial. Esas poblaciones nacieron en las primeras décadas del siglo XX, al calor del descubrimiento y posterior explotación de los yacimientos de gas e hidrocarburos de la provincia, los cuales dominaron hasta hace pocos años las estadísticas de reservas de recursos naturales en todo el país (cuando multinacionales como Repsol, Pride, Halliburton y Total terminaron de arrasar el subsuelo provincial).



Cuando el menemismo entendió que el contexto internacional (las condiciones objetivas) y las fantasías de movilidad social mediada por el consumo (las condiciones subjetivas) estaban dadas para fundar una nueva relación entre trabajo y capital, no dudó en echar mano a un nuevo marco legal que permitiera la penetración de decenas de empresas extranjeras a territorios que, hasta entonces, habían construido sus coordenadas culturales bajo el ala estatal. No es irrelevante destacar que el informante de esa privatización ante la Cámara de Diputados, en 1992, fue el actual secretario de la presidencia, Oscar Parrilli, quien por entonces era representante de los intereses provinciales en el Congreso Nacional luego de intentar, sin éxito, convertirse en gobernador como candidato del justicialismo.

Los habitantes de Cutral Co y Plaza Huincul acusaron el golpe cuatro años después, e hicieron lo que cualquier persona en situación de urgente desempleo y falta de horizontes podría hacer: salir a prender fuego todo. Aquel 1996, cuando la internet local emitía sus primeros balbuceos, se convirtió en el año en el que la televisión tuvo que empezar a mostrar el costado con menos realismo mágico de la convertibilidad, de la mano de un paisaje que, en contraposición con el confort espiritual de los barrios de clase media, devolvía imágenes de rutas cortadas y gomas encendidas. Así nacieron los piqueteros, que ese año se salvaron de un seguro enfrentamiento con Gendarmería (al ascenso de la protesta la siguió una fortificación de la doctrina del orden, que también debió perfeccionar sus métodos), pero que un año después, cuando las promesas de reactivación quedaban en la nada, tendrían su primer mártir, una mujer cuyo nombre designa una de esas corrientes que entraron con fuerza en el 2001, y que luego la era kirchnerista planchó -como lo hizo con otras organizaciones sociales- con sospechoso silencio: Teresa Rodríguez.

Esa segunda pueblada de 1997, más profunda y visible, fue protagonizada no sólo por los jóvenes hijos de la desocupación -que por esa época empezaron a asomar como un escuadrón errante y enojado, especie maldita de la nueva sintomatología política del país-, sino por un actor social que diez años después volvería a ser noticia en los medios nacionales a raíz del asesinato de Carlos Fuentealba, instaurando otro de los hechos fundantes de Neuquén como campo de pruebas de la nuevas formas de conflictividad social: el gremio docente.

La Asociación de los Trabajadores de la Educación del Neuquén (ATEN) es, junto con el gremio que agrupa a los trabajadores de la actual fábrica de cerámicos FASINPAT (ex Zanón), uno de los bastiones de la lucha política provincial. Aunque como las distintas campañas solidarias de recaudación de fondos y el despliegue de una liturgia mimética y combativa llevada a cabo por otros sectores del país lo demuestran, no es sólo una reserva revolucionaria de pago chico: la experiencia piquetera, el hito de la fábrica con control obrero y la muerte de Carlos Fuentealba fueron convertidas, con el paso del tiempo, en las nuevas fábulas de educación sentimental para una amplia franja de esa cultura de izquierda -hiperintelectualizada y global- creada al calor del autonomismo del 2001. Por las facultades de Sociales y Humanidades empezaron a verse chicos vestidos con camisas de grafa, jóvenes estudiantes de historia y sociología que hicieron realidad los sueños heredados de dos o tres generaciones atrás: proletarizarse. No es una casualidad que la mayor parte de ese aluvión estuviera conformado por jóvenes militantes que provenían de los claustros universitarios: como nunca antes, al menos desde 1983 hasta acá, aparecía ante sus ojos la posibilidad de dar sustento a un cuerpo de teorías destinado a conquistar la utopía del cambio social. Claro que, en el camino, no olvidaron destacar -más temprano que tarde- su filiación con las estructuras orgánicas que le daban sustento a ese rito de pasaje; una filiación que, en la experiencia neuquina, terminó por empujarlos a imponer desesperadamente sus tesis partidarias por encima de cualquier otra caracterización, dispersando la posibilidad de una alianza interclasista y sectorial que derrotara a esa alianza entre corporaciones y partido gobernante: el bloque conducido por el Movimiento Popular Neuquino, que gobierna de manera ininterrumpida la provincia desde hace más de cuarenta años.


2. MPN: la hegemonía interminable

"Si no fuera por la escasa atención dispensada, en nuestro país, a la política de las provincias, probablemente pocos analistas dudarían en calificar a Felipe Sapag como uno de los políticos exitosos de nuestra historia contemporánea", reflexionaba el politólogo Vicente Palermo en 1988, cuando la hegemonía del MPN ya era aplastante y aún no se había manifestado su cara más corrupta con el ascenso de Jorge Sobisch como máximo dirigente del partido, a fines de la década del noventa.

Felipe Sapag proviene de una familia libanesa emigrada en 1908 y radicada en medio del desierto neuquino cuando la provincia aún era un territorio nacional y los comerciantes chilenos y campesinos trashumantes comenzaban a fomentar un pequeño y aislado espacio de intercambio económico. Fue fundador del MPN y gobernó la provincia en cinco ocasiones, una de las cuales fue ejercida de facto (por propuesta del gobierno de Onganía) durante el período 1970-1972.

El "Movimiento", como es conocido popularmente en la provincia, fue la alternativa a la proscripción del peronismo a partir de 1955. En sus actas constitutivas reivindica abiertamente los tres pilares de la doctrina peronista (justicia social, soberanía política e independencia económica) y desde sus comienzos nutrió su estructura orgánica con bases muy similares a las del justicialismo. Por esa razón se entiende que aún hoy, y con explícitos enfrentamientos entre el partido y el gobierno nacional (que en la candidatura presidencial de Sobisch encontraron sus puntos más álgidos) haya consenso en caracterizarlo como un partido "neoperonista", no tanto ya por sus actuales reivindicaciones, como por sus raíces históricas. Se entiende entonces que el extendido dominio del MPN haya proyectado una sombra gigantesca sobre una oposición que, no encontrando hoy en el peronismo orgánico una alternativa significativa, aún no encuentra la forma de desestabilizar la cultura política provincialista impuesta por el partido dominante.

De la mano de Felipe Sapag en sus primeras décadas, el MPN logró convertirse en una alternativa -como su nombre intentaba designar- "popular" ante las corrientes conservadoras y radicales. Sin embargo, la realidad cambiaría en un contexto de retroceso de la línea histórica por él encarnada, frente a intérpretes más a tono con el neoliberalismo reinante durante los noventa. El ascenso de Sobisch coincidió con el desmantelamiento del modelo económico que hasta entonces había mantenido a los habitantes de la provincia en el espacio de un bienestar relativo, donde la industria de los hidrocarburos, las explotaciones de los recursos hídricos y un escaso pero sostenido desarrollo agrícola habían forjado el mito de una tierra prometida. Tiempo atrás, no fue menor la influencia que estas representaciones de "un paraíso en el desierto" tuvieron sobre el aluvión inmigratorio que recaló en los años ochenta, sobre todo en el departamento de Confluencia, una zona altamente urbanizada donde se asienta la capital provincial.

Sin embargo, diez años después, y en la misma ciudad donde el MPN había construido su principal base de sustentación (Cutral Co), aparecieron evidencias de que Neuquén se había convertido en una olla a presión. Los piqueteros aparecieron como síntoma de la crisis y enseguida surgió la sed de interpretación: los interrogantes acerca de sus métodos, la búsqueda de una explicación a esa vocación incendiaria que intentaba dar una solución política a sus condiciones vitales. Cinco años después, en los congresos de ciencias sociales y en el discurso de la izquierda se multiplicarían categorías de análisis que buscaban despejar la ecuación incierta que dejaban al descubierto los nuevos movimiento sociales. ¿Qué significaba, por ejemplo, la alianza de piqueteros y maestros que tuvo lugar en 1997? ¿Qué significaba, en el 2001, los sueños de una alianza interclasista encriptada en el lema "piquete y cacerola / la lucha es una sola"?

La mayor parte de los esfuerzos vino de parte de la izquierda, siempre atenta a encontrar el sujeto que le eche nafta a las tesis que enciendan de nuevo el motor de la historia. En el caso neuquino, la particularidad estuvo dada por el hecho de que uno de los actores más combativos,sino el más, fuera el gremio estatal docente, penetrado por organizaciones de izquierda pero aún así poco permeable a sus programas y lineamientos teóricos.


3. Las tizas sí se manchan

Respecto de esa peculiaridad combativa de ATEN, Humberto Bas (docente neuquino, compañero de Carlos Fuentealba y protagonista de la represión que terminó con la vida del maestro), explica:

      En Neuquén los primeros "estatales" son los empresarios y comerciantes. Cualquier empresa con pretensiones se las tiene que ver con el Estado, por lo que un mejor control se obtiene teniendo a políticos empresarios y empresarios políticos. De esta ecuación surge que cada sector del Estado es un coto de caza político; el clientelismo es la naturaleza misma de la acción política. Y he aquí al MPN, un partido neoperonista que hace casi medio siglo en el poder. El acceso a la seguridad laboral es el acceso al Estado y la puerta de entrada es el partido… eso, salvo en educación. En educación no hay tal control de acceso, pues, por una cuestión de extravío o de no se sabe qué, el ingreso se realiza a través de una cuasi estricta democracia: el puntaje. Y en ese cambalache... la militancia política, fundamentalmente de izquierda, que en cualquier otro lugar tendría que pagar con la abjuración de su ideario el derecho al trabajo, acá encuentra un ecosistema favorable para su supervivencia y eventual reproducción. (…) Desde esta perspectiva se entiende la conflictiva relación entre el sindicato Aten y el partido-Estado de gobierno, MPN.

En Neuquén, a esta altura no sorprende ver a los maestros a la cabeza de los cortes de ruta. Lo que de algún modo representa una alteración en las categorías de análisis de la izquierda porque, como señala Bas, es impensado que "un gremio de servicios" tome una medida de acción directa y arrastre a otros sectores que, por definición, tienen mayores condiciones para constituirse en vanguardia (como por ejemplo, los trabajadores del petróleo). Sin embargo, el sindicato que los reúne (uno de los más fuertes del país) ha establecido, de la mano de su secretario general (Guillermo Pereyra, un hombre que integró la mesa de la candidatura de Sobisch Presidente), una estrecha alianza con el capital transnacional, lo que explica una conducta sindical que sólo responde a las necesidades sectoriales, y que excluye por completo la posibilidad de sumar o plegarse a reivindicaciones de otros sectores.

No obstante, en el año 2006 se produjo una experiencia extraña donde hubo un intento (finalmente fallido) de acercamiento entre trabajadores de ambos sectores. Sucedió en Rincón de los Sauces, epicentro de la producción hidrocarburífera. Allí, un grupo de docentes inició un reclamo salarial basado en la incorporación de ítems remunerativos correspondientes a zona desfavorable, que terminó en algo que los habitantes de la provincia gustan nombrar como parte del repertorio lingüístico regional: una pueblada. No fue sólo un corte de ruta, sino que los maestros (acompañados por familiares que trabajaban en los yacimientos de la zona) decidieron cerrar la válvula de un oleoducto. La atención del gobierno provincial no tardó en hacerse presente y ofrecer una rápida mediación para que el conflicto se destrabe, pero pasaron días hasta que los docentes despejaran las rutas.

En esa ocasión se dio algo que es una constante en la política neuquina: el intento de las izquierdas orgánicas por penetrar y hacer pie en el conflicto. Militantes del PCR (algunos provenientes de la universidad, otros con experiencia en el trabajo sindical) participaron de los piquetes e intentaron tener un protagonismo que les fue negado por una característica clave del gremio docente: un asambleísmo que minimiza las posibilidades de manipulación por parte de la conducción. Este mecanismo es motivo de fuertes acusaciones por parte de la izquierda regional, que ve en él un signo de "burocratización" (en cuanto la dirigencia sindical no es capaz de tomar decisiones, por el estado de discusión permanente en el nivel de las bases), en lo que constituye también una confesión a medias del desagrado que produce quedarse afuera de un conflicto al que con gusto desearían empujar al borde de la rebelión popular.

La organicidad de ATEN ha generado grandes controversias y rupturas que han tenido desenlaces poco favorables para la cohesión de un movimiento social de mayor magnitud y trascendencia. Las acusaciones más fuertes, claro está, vienen de aquellos partidos de izquierda que fundamentan su estrategia política en una desestabilización estatal de largo alcance que suele encontrar poco eco en las moderadas expectativas gremiales de los docentes. Durante los días posteriores al asesinato de Carlos Fuentealba, estas tensiones alcanzaron insospechados niveles de enfrentamiento, lo que parecía conducir el debate hacia una pregunta incómoda: ¿cómo hacer para que una muerte valga la pena?



4. Novocaína para el piquete

En un artículo publicado en el periódico (8300), Bruno Galli -integrante del colectivo editor El Fracaso- afirmaba lo siguiente:

      En la lógica binaria de la izquierda, todo aquel que no siga la política X del partido revolucionario X está boicoteando, frenando o traicionando la lucha. Esto sucede porque ellos (el partido X) se ven a sí mismos como los únicos que encarnan la verdadera política revolucionaria. Ellos son la revolución. El resto de la sociedad se divide entre dos clases de enemigos: burgueses y burócratas, ambos en constante contubernio para engañar y frenar el empuje emancipatorio de la sociedad. Reza la sentencia: "La sociedad quiere pelear, el tema es que tiene direcciones traidoras que la frenan".

La opinión, expresada semanas después de la muerte de Fuentealba, tenía un destinatario colectivo concreto: la izquierda troskista (en particular el PTS), que por esos días (y guareciéndose en la aparente autoridad que emanaba en su carácter de conducción del gremio de ceramistas) reclamaba para sí un lugar más protagónico en la lucha que llegó a movilizar más de 30 mil personas en la primera marcha en repudio al crimen del maestro.

La respuesta no se hizo esperar, y fue un dirigente del partido, Juan Dal Maso, el que salió por el mismo medio a profundizar el rechazo que generaron en la izquierda los límites que puso ATEN al conflicto:

      El corporativismo consiste, esencialmente, en separar el reclamo sectorial de los demás reclamos de los distintos segmentos y del conjunto de la clase trabajadora, lo cual se expresa a su vez en la incapacidad de la conducción gremial para encarar la lucha cuando ésta trasciende los límites sindicales y tiende a transformarse en una lucha política. Cuando la conducción de ATEN dice "que nadie se suba a nuestro conflicto" demuestra que su carácter "corporativo" prima por sobre su carácter "político" (…) (Bruno Galli) parece no recordar que hubo una marcha de 30 mil personas (y muchas marchas más), donde la gente pedía a gritos que se vaya Sobisch. Concretar la unidad de los trabajadores para lograrlo era la responsabilidad de la conducción. Por eso, si Sobisch se quedó no es porque los trabajadores de la educación querían dejarlo en su lugar, sino porque la conducción le dio una mano para que no se vaya, con sus constantes baldes de agua fría.

Las tensiones existentes entre una izquierda discursivamente radicalizada y un sindicato expectante a la respuesta de sus bases (golpeadas en ese momento por el asesinato de Fuentealba) parece dejar de lado lo que significó la muerte del maestro: un golpe certero al movimiento social, similar al que sucedió con el asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán en 2002, después de cuyas muertes la Coordinadora Aníbal Verón se dispersó mientras que, apenas unos meses antes, constituía una experiencia con un futuro de organización promisorio.

Bien puede servir la experiencia neuquina como lección provisoria para poner entre paréntesis algunas discusiones entre actores sociales en conflicto. Tensiones que, al menos por ahora, parecen beneficiar al establecimiento de un orden ajeno a las aspiraciones de quienes, cíclicamente, caen bajo el peso de su dominio.


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