Realismo o nostalgia: un caso testigo

Llorando por el Estado de Bienestar: el reciente reclamo de los pescadores de Bahía Blanca advierte acerca de la necesidad de inscribir la praxis política en las condiciones económicas del presente. Pino Solanas como problema. La lucha política, entre la conciencia y la melancolía.

Luciano Campetella


La última semana de enero y la primera de febrero, los pescadores artesanales acompañados de sus familias cortaron los accesos al puerto de Bahía Blanca. Reclamaban un subsidio excepcional hasta que se defina un modo de reconvertir la flota de lanchas y canoas de madera con la que trabajan. Así se expresaba en esos días uno de ellos, Pablo Bustos, que integra la Cámara que nuclea a pescadores y frigoríficos:

      En ninguna parte del mundo ha podido convivir el desarrollo de empresas petroquímicas y el crecimiento de los puertos con la pesca autóctona. Más tarde o más temprano las primeras destruyen sin quererlo a la pesca local y por lo que se ve, ese momento, mas que amargo, nos a llegado a nosotros los pescadores de Ing. White, que de mas está decir mientras estamos ocupados pescando nadie se entera de nuestra existencia, solo se nos ve como parte del folklore del lugar. (...) Sabemos que para algunos intereses estamos sobrando en el puerto, así que dejémonos de hipocresías y hablemos seriamente de cómo será esta transición, de pescadores a trabajadores de otro rubro, o a pescadores en otra zona, ya que si debemos cambiar lo haremos pero no de buena gana y para lograrlo necesariamente tenemos que tener recursos, que deberían salir del mismo lugar de donde salieron las decisiones que nos condenaron a esta situación. (1)

El puerto de Bahía Blanca está circundado por una entrada del mar que comúnmente se denomina "ría". Para las empresas que operan en el puerto, la ría es un canal de navegación y carga; para los pescadores artesanales es un espacio de captura. El uso principal de este espacio es, desde fines del siglo XIX, el comercio exterior; de ahí la construcción y crecimiento del sistema portuario. Frente a los imponentes elevadores de granos, las lanchas pesqueras ocupan un lugar mínimo en el puerto. La lengua da cuenta de ese carácter subsidiario de la producción dominante en el nombre del muelle de pescadores: Puerto Piojo. La profundidad de la ría, que permite la operatoria de buques de mayor capacidad, y la disponibilidad de materias primas favorecen la instalación de empresas cerealeras y petroquímicas.

Desde hace aproximadamente diez años, la pesca de flota amarilla (de ahí el pintoresquismo que captura estas pequeñas embarcaciones en los límites de una postal) se redujo al ciclo irregular del camarón y el langostino, y en los últimos meses fue prácticamente nula. Luego de quince días en los que el movimiento portuario estuvo virtualmente paralizado, el gobierno de la provincia de Buenos Aires les otorgó a los pescadores un subsidio de 670.000 pesos y se comprometió a diseñar un plan de reconversión de la flota. El piojo es insignificante (no se ve mientras "trabaja"). Pero molesta. ¿Por qué estas lanchitas, quizá cien veces más chicas que esos enormes buques cerealeros que parten diariamente del puerto, molestaron por unos días la circulación habitual del capital? ¿Qué características tuvo el reclamo como para derivar en una solución provisoria pero favorable?

La pesca artesanal fue introducida en el puerto de Bahía Blanca por inmigrantes del sur de Italia que llegaron a la Argentina a finales del siglo XIX, mientras otros provenientes de diversas regiones y países de Europa se dedicaban a la construcción del ferrocarril y el puerto, embarcándose en un rápido proceso de proletarización. Fueron los pescadores italianos quienes diseñaron las artes de pesca (los sistemas de captura) y transmitieron generacionalmente el oficio de embarcarse en pequeñas lanchas de madera construidas manualmente. Los que se iniciaron en este trabajo en los años treinta del siglo pasado recuerdan las duras condiciones que había que afrontar para que los intermediarios que compraban y revendían el pescado se quedaran con las mayores ganancias. A fines de los años cuarenta comenzó a funcionar una cooperativa que fijaba precios mínimos y a la vez ponía coto a los volúmenes de captura, puesto que la pesca era más abundante que la demanda. A partir de los años sesenta se nota una merma progresiva del recurso, mientras el Estado profundiza el canal de acceso al puerto y optimiza la capacidad de almacenamiento del cereal con la construcción del "elevador de granos más grande de Sudamérica" (2) . El desarrollo de las fuerzas productivas mandó a los artesanos al rincón, Puerto Piojo, donde las embarcaciones están "encerradas dentro de un cajón". A fines de los años noventa, la cooperativa quebró y fue reemplazada por una cámara de pescadores y frigoríficos. Si bien algunos pescadores acumularon capital y lo invirtieron en la industria frigorífica, otros pudieron llegar a ser propietarios de una lancha pesquera, dirigiendo a veces el proceso de trabajo desde la cubierta misma de la embarcación. Esto significa que la pesca artesanal mantuvo hasta hoy sus rasgos esenciales: los pescadores salen a trabajar con herramientas del siglo XIX.(3)

¿Por qué los pescadores asumen que su método de trabajo está a punto de desaparecer? La situación actual es necesariamente el resultado de un proceso previo, que no pasó desapercibido para los que día a día se embarcan en lanchas y canoas de madera, interpretan los signos climáticos y manejan con habilidad las artes de pesca. Ya en 1987, la Cooperativa Pesquera, que concentraba la producción y comercialización de la pesca artesanal, ponía al tanto de los problemas estructurales del oficio al Subsecretario de Pesca Luis Jaime. Esa vez no fue un piquete; fue una carta. La pesca no había llegado aun al estado en que está ahora. Pero el grado de similitud entre este informe y la declaración de Pablo Bustos da cuenta del grado en que los problemas continuaron y se profundizaron (o sea: no fueron resueltos).

El primer problema que analizaba la carta de la Cooperativa Pesquera era la contaminación de la ría: por un lado, los reventones de las juntas de los oleoductos dejan enormes manchas de petróleo y por otro, los efluentes cloacales son vertidos sin tratamiento. La declaración actual menciona también estos factores pero coloca como causa prioritaria la expansión del Polo Petroquímico (4) y de las empresas instaladas en la costa. En 1987 el Polo contaba con siete plantas; ahora cuenta con once (más algunas ampliaciones de las ya existentes). Si bien existen estudios que dan cuenta de la contaminación hidrocarburífera de la ría, aun no se ha determinado el efecto de los desechos petroquímicos en los seres vivos, base de un control adecuado y eficaz de las emisiones. Por otra parte, el aumento de la población lógicamente genera un incremento en la cantidad de desechos. El segundo problema es el dragado del puerto (5) , más precisamente el depósito del material extraído en la misma ría. Este punto está ubicado en segundo lugar en ambos informes. La declaración actual indica que el sedimento es vaciado en zonas de pesca o bien crea bancos, afectando la normal migración de las especies. Asimismo, explica que la draga que trabaja por barrido esparce los sedimentos contaminados. Estos dos factores, contaminación por falta de controles a la producción petroquímica y vaciado perjudicial del material dragado, responden a un ciclo económico que se inició a fines de los años sesenta del siglo pasado, cuando, como dijimos, el Estado profundizó el canal de acceso al puerto y construyó el elevador de granos "más grande de Sudamérica"(6).

Por estas razones, los pescadores artesanales han asumido que su método de trabajo se ha vuelto absolutamente incompatible con el desarrollo industrial del puerto, más aun: este desarrollo lo ha desplazado por completo. Precisamente por eso no reclaman al Estado el mantenimiento de condiciones de trabajo preindustriales, sino la inserción en la producción dominante, ya sea en la pesca industrial o en otro proceso laboral plenamente capitalista. En vez de hacer política con el recuerdo nostálgico de una época terminada y por tanto idealmente homogénea, inscriben su acción en el desarrollo económico y político del presente, único terreno sobre el cual es posible plantear el conflicto.

Sin embargo, la actual coyuntura económica y política ha dado lugar a otro tipo de respuestas y proyectos. La creciente intervención del Estado como regulador de los mercados de la mano del peronismo ha desempolvado mitos presuntamente sepultados bajo las reformas neoliberales de los años noventa. La crítica al pensamiento favorecedor del libre juego de la oferta y la demanda ha dejado de ser el quehacer marginal de un vago e inoperante progresismo para convertirse en una política de Estado. Ante esta realidad objetiva, el progresismo bien podría abandonar sus inconsistencias muchas veces disfrazadas de intelectualismo y anclar un proyecto político en la fase actual de la relación entre capital y trabajo. Podría constituir una opción viable frente a la izquierda escindida en kirchneristas desorientados, trotskistas que pasan de una denuncia por "doble discurso" (?) a una sorprendente asimilación con la gestión oficial -"Ni despidos ni suspensiones" reza un afiche del PTS- y oportunistas que imaginan una rebelión campesina en un paro patronal. Pero no: luego de una intensa búsqueda, hallamos la faceta más visible del progresismo en una vieja estación perdida en el sur de la provincia de Buenos Aires, expectante ante la luz ciclópea de la locomotora del Estado de Bienestar. El ejemplo paradigmático de esta política es, por supuesto, el último documental de Fernando "Pino" Solanas.

El documental La próxima estación (2008) cuenta, según palabras del propio Solanas, la epopeya de los ferrocarriles argentinos y su trágico desenlace. Escenas más que elocuentes sobre el patético estado actual del transporte ferroviario (de pasajeros) son contrastadas con imágenes y testimonios de ex ferroviarios que anhelan desde la mera supervivencia las glorias pasadas. La violenta reducción del ferrocarril a su mínima expresión durante la década de 1990 se presenta como obra de una maléfica conspiración impulsada por gobiernos apátridas, sindicalistas corruptos y multinacionales automotrices. Desde esta perspectiva, el fracaso de la resistencia obrera al desguace ferroviario se explica a partir de una traición. Nosotros, que fuimos artífices de la red más extensa de Latinoamérica, que ideamos la primera locomotora con diseño aerodinámico del mundo, que alguna vez alcanzamos el estatus de país desarrollado simplemente fuimos traicionados por nuestros representantes. Si bien la denuncia es imprescindible, excluir de cualquier responsabilidad a los argentinos (id est, la clase trabajadora + la clase media) es una salida facilista y autojustificadora: un sticker con la consigna "Síganme" pegado en un pizarrón de un taller ferroviario no debería eludirse con un rápido movimiento de la mirada sino formar parte de una actitud responsable y crítica. Al fin y al cabo, el denominado ferrocidio (y las reformas neoliberales en general) es producto del triunfo de la burguesía en una fase determinada de la lucha de clases, que el progresismo y la izquierda denominan vagamente "los setenta". Eximirse de esa lucha o escudarse en los principios de un Estado burgués nacionalista impide una crítica que, alejada de la nostalgia y la autocomplacencia, supere las derrotas pasadas mediante una lucha inscripta en las condiciones económicas y políticas del presente.

En La próxima estación, de la velocidad sugerida por la cursiva en mayúsculas de la empresa "Ferrocarriles Argentinos", índice del movimiento de una nación capaz de hazañas gloriosas, pasamos... (sin transición coherente) a viajes eternos, pibes circulando en bicicleta por vías electrificadas, etc. Lo que Solanas excluye sistemáticamente de su relato son las contradicciones del modelo de acumulación capitalista en el que descansan sus sueños de redención nacional. Problemas cruciales como el monopolio estatal de la explotación, la vinculación directa entre ferrocarriles y economía agro-exportadora y la utilidad actual de un sistema de transporte basado en la red ferroviaria son eludidos sin mayores preámbulos con el recuerdo nostálgico de las máximas benefactoras de la soberanía política, la independencia económica y la justicia social. Detrás del tren que, nos dice el documental, "es de todos los argentinos", no hay más que un relato simplista que encubre la lucha de clases con el simulacro nacionalista de la propiedad colectiva de los medios de producción. Un ciudadano que trabaja en una empresa estatal no es dueño del capital que la constituye y, por lo tanto, no tiene el control del proceso de trabajo mediante el cual dicho capital incrementa su valor. Cuando las contradicciones de un determinado modelo de acumulación se vuelven insostenibles, la burguesía debe hacer sus negocios de otra manera, y la relación entre capital y trabajo lógicamente se ve alterada. La reducción del número de empleados en el ferrocarril de 82 mil a 13 mil durante los años noventa fue brutal. Pero ¿no deberíamos dejar de lamentarnos, a esta altura del partido?

El programa político de un recuerdo no puede ser otro que la recuperación utópica de las condiciones que fueron reducidas al triste estatuto del recuerdo: "¿Volverán los trenes?", se pregunta la voz en off de Solanas al final de la película, apelando a un público que lloró, se indignó y abucheó en iguales dosis. En lugar de proponer un sistema de transporte (que no tiene por qué excluir los ferrocarriles, por cierto), la consigna del documental es la recuperación de los trenes, en cursiva y con mayúscula. En definitiva, y aunque lo niegue, retrotraer la historia a 1950. Solanas pretende iluminar el presente a través del pasado, pero su inconsistencia histórica lo lleva a trazar un contraste en el cual la oscuridad del presente se compensa con la luminosidad cegadora del pasado.

Para los pescadores artesanales de Bahía Blanca, la reversión del proceso económico y político que los está desplazando de su actividad "es cada vez más utópica". Su método de trabajo, tal como lo vienen realizando desde hace más de cien años, está casi terminado. En esta aseveración, claramente fundamentada en el manejo de los saberes necesarios para la subsistencia, radica la coherencia del reclamo. El anacronismo de una flota que ya ni siquiera puede hallar un nicho en la producción industrial es, menos que un presente oscuro del cual haya que evadirse en busca de un pasado idílico, la realidad objetiva en la que debe plantearse el conflicto:

      La época en que estamos pescando, 2008, los tiempos que van, estamos trabajando en canoas de madera como pescaban nuestros abuelos. A eso estamos limitados, a no tener progreso, no tenemos reconversión de flota, no tenemos nada. Tengo un motor de 30 caballos a dos tiempos cuando debería tener uno de 50 a cuatro tiempos. (Silverio Disciosia, 2008) (7)

Para los pescadores, las lanchas y canoas amarillas no son un objeto de contemplación estética que permite rememorar glorias pasadas; de hecho, es esa mirada la que critican cuando aluden a que se los ve "como parte del folklore del lugar". Son una herramienta de trabajo que ha quedado obsoleta y que, por lo tanto, hay que cambiar(8).

La praxis política de los pescadores huye de los sueños de restauración utópica de un pasado mejor para inscribirse necesariamente en las condiciones productivas y políticas del presente. Incluso el argumento de la contaminación de la ría y del aire es devuelto a su contexto productivo. No se trata de hacer planteos ecológicos basados en la restitución de una imagen impoluta de la naturaleza; al fin y al cabo, esta es inconcebible al margen del trabajo, del uso que hacemos de ella, que está tramado indefectiblemente por el mercado. Más allá del resultado del reclamo, el valor de uso político que podemos extraer de él es la importancia crucial de generar una conciencia realista, en la cual y con la cual sea posible alimentar un proyecto político verdaderamente transformador.

En cambio, la praxis política de Fernando "Pino" Solanas se funda en la nostalgia de un tiempo que ya no existe. Los papeles llenos de datos con los que trabaja tienen por fecha "1950". ¿Qué impacto, o sea: qué utilidad puede tener una consigna surgida de esas libretas amarillentas, halladas en un taller mecánico del Estado de Bienestar?

Durante el reclamo de los pescadores, la izquierda trotskista se pronunció a favor, sin entender muy bien cómo venía la mano: no había clase obrera ni sindicato que pidiera un aumento salarial, no había sujeto revolucionario ni lucha por gestión obrera de la fábrica, no había jóvenes pintando en una pared "La imaginación al poder". "Hay gente perdiendo su trabajo como en todo el mundo y empresas que ganan millones; apoyemos", concluyó esta facción de la izquierda luego de una revisión rápida del manual de Caracterización Automática.

Pero lo interesante del reclamo, es decir, lo que tiene de generalizable y lo hace por tanto interesante para una praxis política de izquierda, es la necesidad de partir de los coordenadas de 2009 para actuar en 2009. Esto no significa hacer del presente un ente homogéneo y autosuficiente. El pasado le devuelve densidad a algo que en un primer momento se nos muestra difuso. Pero en lugar de imaginar una Edad de Oro destruida "desde afuera" (la imagen del saqueo que tanto le gusta a Solanas) deberíamos buscar las contradicciones de lo que, en definitiva, no es más que un modelo de acumulación capitalista que caducó a mediados de la década de 1970. De esta manera, el método riguroso de la economía política sería una herramienta eficaz para suprimir mitos devenidos en consignas equívocas. Y el reclamo de los pescadores, con las dificultades internas y externas correspondientes, demuestra que la política puede y debe hacerse desde las condiciones de producción actuales, no de las vigentes en 1950.



(1) La declaración de Pablo Bustos está disponible en la página web www.sololocal.info.

(2) Se trata del elevador de granos nÂș 5 del puerto de Ingeniero White, construido por la Junta Nacional de Granos y actualmente explotado por un consorcio liderado por la firma Bunge.

(3) De acuerdo con las categorías marxistas, la pesca artesanal es un proceso laboral que se encuentra subsumido formalmente en el capital, es decir, la relación social capitalista entre propietarios de los medios de producción y vendedores de su fuerza de trabajo controla un proceso laboral que no se enmarca en el modo de producción específicamente capitalista. Vd. el capítulo VI inédito de El capital (Siglo XXI, México D.F., 2001).

(4) Debido a la disponibilidad de abundantes materias primas y a la existencia de un puerto profundo, y en el marco del proceso de desregulación del mercado de gas y petróleo durante los años noventa, diversas empresas multinacionales conformaron en Bahía Blanca el Polo Petroquímico más grande de la Argentina y uno de los más grandes de Sudamérica.

(5) El dragado es la extracción, por medio de embarcaciones denominadas "dragas", de los sedimentos y desechos acumulados en el lecho marino o fluvial que impiden la normal circulación de las embarcaciones.

(6) A los problemas ya enunciados en la carta de la Cooperativa Pesquera, la declaración de Pablo Bustos agrega la creación de la reserva natural provincial Bahía Blanca, Bahía Falsa, Bahía Verde, convertida en lugar turístico para la pesca deportiva y la hotelería y la veda en Riacho Azul (Bahía Unión), zona habitual de pesca artesanal, vigente desde 2001. Otros pescadores sostienen que el factor decisivo es la depredación provocada por embarcaciones que realizan pesca de altura en el canal de acceso a la ría de Bahía Blanca. Las comillas de este apartado indican frases textuales del ex pescador artesanal y presidente de la Cooperativa Pesquera Francisco Vitale (Ing. White, 1924). Su relato permite encuadrar las transformaciones recientes de la producción portuaria y el modo en que estas afectaron la pesca artesanal en un contexto mayor, en el cual el Estado impulsó el desarrollo capitalista local como empresario. En la década del noventa, su función pasó a ser la de garante de un proceso de expansión protagonizado por multinacionales. El hecho de que el denominado "modelo neoliberal" sea la continuidad, por otros medios, del desarrollo promovido por el "modelo benefactor-desarrollista" es una interesante hipótesis de trabajo.

(7) Este fragmento pertenece a una entrevista realizada por Leandro Beier en 2008.

(8) Sin embargo, una protesta bien planteada no debe darnos una imagen armónica del grupo que la lleva a cabo. Silverio Disciosia, quien trabaja como pescador desde los 15 años y actualmente es dueño de una canoa, cuenta que los canoeros están desunidos. Luego del cierre de la Cooperativa Pesquera en 1998, reapareció el problema central de fijar un precio base para el pescado y garantizar así un mínimo de ganancia. En diciembre de 2007, la flota amarilla no salió a pescar como es habitual en esa fecha: organizó un paro en pelea por un precio base de $ 5.75 el kilo de camarones. "Es la primera vez desde que yo ando pescando que logramos algo, algo chico y a la vez muy grande. Pero nos juntamos cuando ya no tenemos más salida". A fines de enero, los pescadores enfrentaron las acusaciones e incomprensiones diversas con un reclamo a la vez concreto y estructural aunque, como dice Disciosia, tardío. Muchos pescadores en relación de dependencia ya abandonaron la pesca en busca de otros trabajos y la protesta la sostienen, mayoritariamente, los propietarios de lanchas y frigoríficos que no quieren resignar su capital.


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