El Capital: D-M-D´


Por Damián Selci


1- Hacia la clave de todo

Llegamos por fin a la clave de El capital(1). Vimos, en las entregas anteriores, el desenvolvimiento de la estructura de la mercancía hacia el dinero; situamos el problema del fetichismo de la mercancía en su justo término; caracterizamos los rasgos generales de la circulación mercantil. Pero todavía no tenemos propiamente un concepto de capital. A partir del comentario del apartado "La transformación de dinero en capital", nos haremos, esperablemente, una idea clara de la teoría de Marx. En verdad, lo que viene a continuación es el punto fundamental de la investigación marxiana: la explotación estructural de la burguesía sobre el proletariado. Ha de ser conmocionante.


2- La fórmula general del capital

Dice Marx: "La circulación de mercancías es el punto de partida del capital" (p.179). Es el supuesto histórico, y a la vez la condición lógica o estructural, de la existencia del capital. Históricamente, el mercantilismo ha antecedido al capitalismo, y lógicamente, el capital ingresa al mundo, es decir al mercado, manifestándose como dinero. Ya tenemos una primera determinación del capital: en primera instancia, es dinero. Pero claro, sólo en primera instancia. Marx propone entonces distinguir entre "dinero en cuanto dinero" y "dinero en cuanto capital", esto es: dinero que permanecerá como dinero, y dinero que acabará por convertirse en capital. ¿En dónde se fundamenta esta diferencia? Precisamente, en las distintas maneras de circular que tiene el dinero, que son dos.

La primera es la que comentamos en la entrega anterior: M-D-M, o sea, conversión de mercancía en dinero y reconversión de dinero en mercancía. Llamamos a esta forma vender para comprar. ¿Por qué? Porque esa es la "motivación" de todo el movimiento. Yo poseo una mercancía, por ejemplo el libro de Beatriz Sarlo Escenas de la vida posmoderna, lo vendo y con ese dinero me compro otra mercancía: alpargatas. En este tipo de circulación, el dinero no se convierte en capital, sino que sirve como simple medio de circulación: me deshago del libro, que no me interesa, y me consigo unas alpargatas, que me interesan. Como es obvio, no hay ninguna capitalización en este proceso, sino simple movimiento de mercancías, cosas cambiando de manos.

¿Hay una segunda manera de circular? Sí: en lugar de M-D-M, D-M-D. Llamamos a esta forma comprar para vender. Aquí el dinero se cambia por una mercancía y ésta a su vez se cambia por dinero. Esta simple inversión, sin embargo, no es tan simple. En efecto, el "motivo" del proceso de circulación no sería ya la necesidad que cambiar una mercancía que no quiero por otra que quiero (y apelar al dinero como un intermediario), sino de cambiar dinero por una mercancía con la finalidad de obtener... dinero. Para ilustrarlo: tengo 100.000 pesos, compro un torno, luego lo vendo y tengo... otra vez los 100.000 pesos. Pero claro, el proceso D-M-D es absurdo si por medio de él cambio un valor dinerario cualquiera por el mismo valor dinerario. Sería más razonable guardar el dinero en el bolsillo. ¿De dónde proviene la diferencia entre vender para comprar y comprar para vender, entre M-D-M y D-M-D, entre la "circulación simple" y la "circulación ampliada"? Precisamente, en el primer caso lo que me mueve es el valor de uso, es decir: tengo un valor de uso y quiero otro, cualitativamente diferente: tengo Escenas de la vida posmoderna y quiero alpargatas. En el segundo caso, tengo dinero y quiero dinero; como se trata de la misma cosa en términos cualitativos, la diferencia sólo puede ser cuantitativa. Como cambiar 100.000 pesos por un torno y luego cambiar el torno por 100.000 pesos es tonto, en el acto de "comprar para vender" la motivación ya no es un valor de uso cualitativamente distinto, sino un valor dinerario cuantitativamente mayor. El torno tiene que ser comprado a 100.000 y revendido a, por ejemplo, 110.000. No tiene sentido D-M-D sino en tanto D-M-D´ (dinero-mercancía-dinero prima, es decir, "más dinero"). A dicho incremento, al excedente por encima del valor orginario, a la "prima" del dinero de la secuencia final, se le llama plusvalor.

Ese plus sobre el valor adelantado (en el ejemplo: esos diez mil pesos que gané tras vender el torno) es un dinero que yo no tenía antes de invertir, y por lo tanto es capital. Quedan así suficientemente distinguidos el "dinero en cuanto dinero" y el "dinero en cuanto capital": el primero es dinero que simplemente se gasta con el objetivo de obtener un valor de uso determinado, el segundo es dinero que se invierte para obtener más dinero; el primero funciona como medio para satisfacer una necesidad cualitativa, el segundo es vector de su propia autovalorización; el primero se explica como intermediario del circuito M-D-M, el segundo es fundamento de D-M-D´.

Es importante tener en cuenta que como el sentido de M-D-M es satisfacer una necesidad que existe fuera de él mismo, cada uno de sus circuitos es finito. Vendo un libro, con el dinero compro alpargatas. Ahí terminó M-D-M. Por supuesto, puede recomenzar, pero con elementos nuevos: lo que importa es que, en términos lógicos, el proceso está agotado. En cambio, D-M-D´ no busca satisfacer ninguna necesidad, porque no está movilizado por la naturaleza de los valores de uso que entran en juego en su efectuación, sino por la búsqueda de más dinero. Volvamos al ejemplo del torno: yo invertí dinero en el torno, luego lo vendo para obtener más dinero. De esta manera, el proceso D-M-D´ es virtualmente infinito, porque no apunta a ninguna necesidad preexistente a él y satisfecha fuera de él, sino que crea en y por sí mismo algo que no existía: más valor, plusvalor. La circulación del dinero en cuanto capital ("comprar para vender") es, como dice Marx, un fin en sí. El valor adelantado como dinero se convierte en plusvalor, en "dinero prima". El valor pasa por la mercancía, se autovaloriza y deviene capital. Hay reminiscencias hegelianas en juego y Marx las aprovecha, a veces con tono paródico, porque realmente es cómico que las cumbres del idealismo especulativo se rebajen desde la exposición del autodesarrollo del Espíritu a la elucidación de las mojingangas lucrativas de la burguesía; no obstante, también la filosofía aparece primero como tragedia y luego como comedia, y esto no es demérito, sino lisamente materialismo. Para muchos comentaristas ha sido claro que la lógica del capital se funda sobre la Lógica de Hegel, y en general lo será también para nosotros aunque, cautamente, no entraremos en los detalles apasionantes, pero interminables, de la dialéctica especulativa; resumamos nuestra intervención en este punto apoyando al traductor de El capital Pedro Scaron cuando afirma (en su prólogo a la edición de Siglo XXI) que Althusser es tan sólo chispeante cuando pretende cavar un zanjón cenagoso e irrebasable entre algo que sería "la dialéctica de Hegel" y otra cosa que sería "la dialéctica de Marx". Más allá de las "rupturas epistemológicas", los "cambios de paradigma", las "revoluciones científicas" y otras gacetillas ya menopáusicas, todo indica que la de Althusser habría sido en última instancia una contribución a la cultura francesa de su tiempo.

Distinguiendo al "dinero en cuanto dinero" del "dinero en cuanto capital" hemos hecho aparecer en escena al capitalista (que utiliza el dinero para valorizarlo) diferenciándolo del comprador común (que lo usa para satisfacer sus necesidades). "Nunca, pues, debe considerarse al valor de uso como fin directo del capitalista. Tampoco la ganancia aislada, sino el movimiento infatigable de la obtención de ganancias" (p. 187). Entonces, D-M-D´, en lo que tiene de autopropulsado, de inmanente, de infinito, de infatigable, es la fórmula general del capital.


3- Contradicciones a la fórmula general

Sabemos, a esta altura, qué es el plusvalor: valorización del dinero. Pero lo que no sabemos es cómo se forma, de dónde nace. Porque la inversión de M-D-M por D-M-D´, en cuanto sea meramente formal, no puede comportar ninguna cosa nueva. Es cierto que yo "compro para vender", es decir, trato de hacer una diferencia, de capitalizar mi inversión. La pregunta es cómo lo logro. A primera vista, no hay razones para que yo compre un torno a un valor y lo venda a un valor mayor. Es decir, ¿cómo puede ser tan tonto mi comprador como para pagarme a mí por una mercancía un valor superior al de mercado, que es al cual yo mismo la adquirí? Por cierto, puedo engañarlo, o mi comprador puede ser infinitamente tonto o solamente ignorante. Pero de la tontería y la ignorancia del comprador no puede depender una inversión capitalista seria. Las ventas por encima del valor, de existir, serían episódicas y no estructurales; hay que dejarlas al margen de toda consideración que apunte a dar con leyes sociales efectivas. Pero supongamos, de todas maneras, que conseguí recargarle un 10% al tonto comprador de tornos: yo lo pagué a 100.000 pesos y se lo vendo a 110.000. Evidentemente gozo de ese porcentaje. Pero, claro, en cuanto tengo dinero en mi poder, devengo a mi vez comprador. Y nada impide que cuando compre algo, el vendedor en cuestión (no el tonto anterior, sino un avispado nuevo) me aumente la mercancía un 10% por encima del valor. Entonces todo habría quedado como antes. Mi capitalización, resultado de la picardía propia, se esfumaría en la picardía ajena. Extraigamos entonces una verdad incoercible de este ejemplo: el plusvalor no puede generarse por un recargo nominal en los precios. Todo recargo que yo haga puede ser compensado por recargos que hagan otros: si todas las cosas pasan a tener una denominación dineraria un 10% superior, entonces es como si ninguna la tuviera. En ese caso, "aumentarían las denomiaciones dinerarias, esto es, los precios de las mercancias, pero sus relaciones de valor se mantendrían incambiadas" (p. 196).

Pero ahora bien, quizá nunca me engañen, quizá yo sea un capitalista formidable, muy sutil, en una palabra un mago. Y quizá le consiga meter, al tonto de antes, un torno 10% más caro. En ese caso yo tendría, en vez de 100.000 pesos, 110.000. Pero lo que yo tengo de más, el tonto lo tiene de menos. El 10% que he conseguido es un -10% en el bolsillo del tonto. Por consiguiente (y esto es la clave de todo), no se ha formado ningún plusvalor nuevo, sino que sólo se ha modificado la distribución del valor existente entre las partes, el tonto y yo. Vendría a ser lo mismo robarle directamente el 10% al tonto, o inducirlo a que me lo regale. Pero ni el robo ni el don consituyen una actividad económica y, por ende, son irrelevantes. A nosotros nos interesa saber de dónde sale el plusvalor en un sentido global. Los incrementos de mi bolsillo timador y los diminuendos de los haberes del tonto existen para mí y para él, pero globalmente la cantidad de valor en juego es la misma. No se creó valor nuevo, se lo repartió de otra manera. Y esto no es el plusvalor, no es valor que se autovaloriza. Corolario: el plusvalor no puede salir meramente del comercio (tampoco de la usura, ni del robo, ni de la misericordia involuntaria de un pobre idiota).

Pero ahora bien, ¿acaso puede salir de otra parte que del comercio? El mercado, finalmente, es la relación social básica en el capitalismo. Fuera del intercambio los productos, lo que me queda es la soledad de mi mercancía considerada como un lato valor de uso, mi relación privada con un bien. El productor del torno puede sin dudas crear valores de uso nuevos, pero no puede crear valores de cambio superiores a sí mismos, no puede crear plusvalores: el torno que produjo tiene un valor determinado, 100.000, no 110.00, x, no x+1.

Se llega así a una contradicción absoluta. "El capital, por ende, no puede surgir de la circulación, y es igualmente imposible que no surja de la circulación. Tiene que brotar al mismo tiempo en ella y no en ella" (p. 202). Es una brutal, hermosa antinomia kantiana. Pero, ¿tiene solución?


4- Compra y venta de la fuerza de trabajo

Llegamos al núcleo de El capital. Si Marx logra resolver el problema del surgimiento del plusvalor, entonces habrá esclarecido la lógica del mundo en el que vivimos. Si puede eludicar el secreto del plusvalor, entonces nos volveremos marxistas, abjuraremos de las liviandades teóricas del siglo XX y retomaremos las banderas de la crítica de la economía política tal como fueron zurcidas en 1867. No habría ningún retraso en este movimiento, sino una adecuada conciencia histórica y un gran sentido del gusto, claro. Pero, ¿habrá solución? Mejor que cualquier paráfrasis será una cita íntegra de Marx:

      El cambio en el valor del dinero que se ha transformado en capital no puede operarse en ese dinero mismo, pues como medio de compra y en cuanto medio de pago sólo realiza el precio de la mercancía que compra o paga, mientras que, si se mantiene en su propia forma, se petrifica como magnitud invariable de valor. La modificación tampoco puede resultar del segundo acto de la circulación, de la reventa de la mercancía, ya que ese acto se limita a reconvertir la mercancía de la forma natural en la de dinero. El cambio, pues, debe operarse con la mercancía que se compra en el primer acto, D-M, pero no con su valor, puesto que se intercambian equivalentes, la mercancía se paga a su valor. Por ende, la modificación sólo puede surgir del valor de uso en cuanto tal, esto es, de su consumo. Y para extraer valor de un consumo de una mercancía, nuestro poseedor de dinero tendría que ser tan afortunado como para descubrir dentro de la esfera de la circulación, en el mercado, una mercancía cuyo valor de uso poseyera la peculiar propiedad de ser fuente de valor: cuyo consumo efectivo mismo, pues, fuera objetivación de trabajo, y por tanto creación de valor. Y el poseedor de dinero encuentra en el mercado esa mercancía específica: la capacidad de trabajo o fuerza de trabajo. (p. 203)

En efecto, hay solución a la antinomia del plusvalor: el consumo de la fuerza de trabajo, o sea, ¡la explotación! Pero seamos cautos; todavía no manejamos estas categorías. ¿Qué dice exactamente Marx? Que ni el acto de comprar una mercancía (primer momento del circuito: D-M) ni el de venderla (segundo momento: M-D) nos proporcionan el plusvalor. Y si no es en el acto de comprar o de vender donde se juega el incremento del dinero al capital, luego el cambio ha de operarse en y por la naturaleza de la mercancía comprada. Es un paso sorprendente. Si el valor de hecho es creado (y no robado ni donado, como machacosamente sabemos), entonces yo, capitalista, lo que tengo que hacer es... comprar una mercancía de cuyo consumo surja... ¡valor nuevo! Parece algo imposible de conseguir. Compro un torno, lo consumo (esto es, lo uso), pero bien, ¿dónde está mi plusvalor? Efectivamente he torneado esta pieza, acaso bella o rústica y regocijante. Pero la pieza es un valor de uso nuevo, no un valor de cambio mayor. Compro un paquete de cigarrillos, lo fumo: una actividad recreativa sin dudas, pero, ¿dónde está el plusvalor de fumar? Consumí los cigarrillos o el torno, pero las consecuencias se han consignado del lado del valor de uso, no del valor de cambio; y al capitalista le interesa este último. Pero entonces, ¿cuál es esa mercancía de cuyo consumo puede surgir más valor de cambio? La fuerza de trabajo. ¿Y quién es su dueño? El proletariado.

"Por fuerza de trabajo o capacidad de trabajo entendemos el conjunto de las facultades físicas y mentales que existen en la corporeidad, en la personalidad viva de un ser humano y que él pone en movimiento cuando produce valores de uso de cualquier índole" (p. 203). Es una definición clara la de Marx. La fuerza de trabajo es la capacidad de trabajar en cualquier sentido. No es exactamente el trabajo que hacemos, el trabajo concreto, sino la potencialidad (abstracta hasta tanto no se realice) de trabajar que hay en el hombre. Reverbera en nuestra memoria algo dicho en la primera entrega de esta revista sobre El capital: el valor es la expresión en una relación de intercambio de determinada cantidad de trabajo abstracto. La fuerza de trabajo es una mercancía que cuyo valor de uso consiste en ser capaz de objetivar trabajo abstracto en una mercancía, y por lo tanto, crear valor.

Volvamos al capitalista afortunado, que al parecer milagrosamente encontró una mercancía que se ajusta exactamente a sus deseos. ¡Qué casualidad! ¡El mundo es un pañuelo! Pero hay varias condiciones (todas apuntaladas en la necesidad histórica, con la cual la casualidad se evapora: es lo normal) que posibilitan la existencia de una mercancía tan rara y única como lo es la fuerza de trabajo. Lo primordial es que su poseedor, nada menos que el obrero, sea propietario libre de la mercancía. Un ciudadano, en una palabra. No un esclavo, porque los esclavos no son dueños de sí mismos, es decir, no tienen plenos derechos sobre su vida y su actividad. La igualdad jurídica entre comprador y vendedor es inexcusable; las disimetrías entre nobleza y servidumbre estimulan el don, el tributo, el esplendor de las mujeres de la aristocracia y la tierna grosería de las muchachas de la gleba, pero no la circulación de mercancías. En el mismo sentido, es necesario que la fuerza de trabajo sea vendida sólo por un tiempo determinado, porque si el obrero la vende "toda" se vende a sí mismo, lo cual equivaldría a convertirse voluntariamente en un esclavo, a libremente dejar de ser libre: es poético pero no tiene sentido. Y la segunda condición esencial es que el obrero no tenga otras mercancías para vender que su propia y simple fuerza de trabajo, la que sólo existe en su corporeidad. ¿Por qué? Porque para vender mercancías diferentes a mi sola y abstracta "capacidad de trabajar" tendría que tener medios para producirlas, es decir: materias primas, herramientas, etcétera: abreviando, medios de producción: pero entonces yo no sería un obrero, sino un capitalista.

¿Cómo es que hay gente afortunada, con medios de producción a su disposición, y gente desafortunada, que lo único que tiene para vender es su fuerza de trabajo? El tema es excesivo y se reenvía a la historia humana; por el momento quedará abierto. Lo que importa retener es que las bases históricas del capital no están dadas todavía con el simple mercantilismo. Más bien hay capital en el mundo cuando en el mercado se enfrentan el poseedor de dinero y el poseedor de una mercancía llamada fuerza de trabajo. Con el burgués de un lado y el obrero del otro se inicia, entonces sí, una nueva época de la producción social: el capitalismo.

Ahora bien, ¿cómo se determina el valor de la fuerza de trabajo? Igual que el de toda mercancía: en relación al tiempo de trabajo necesario para su producción. Como la fuerza de trabajo es una facultad inherente al cuerpo humano, lo que hay que producir para producir fuerza de trabajo es, simplemente, la vida del hombre: comida, techo, vestimenta, etcétera. El valor de la fuerza de trabajo, por consiguiente, es el valor de los medios de subsistencia necesarios para la conservación de la vida de su poseedor, el obrero. En efecto, los trabajadores no deben morir. La fuerza de trabajo se efectiviza en el acto de trabajar, pero como decía Pavese "trabajar cansa": implica un gasto de energía, de músculo, de cerebro. Y como el obrero, pese a todo, es mortal, entre los medios de subsistencia hay que calcular el mantenimiento de la prole, es decir, de sus hijos, que lo sustituirán llegado el momento. No sólo debe vivir este obrero, sino el proletariado como tal, esa extraña clase de hombres libres que no tienen nada salvo su capacidad de trabajo.

Para que haya creación de valor nuevo, plusvalor, es necesario, entonces, centrarse en el consumo de la fuerza de trabajo. Y como se trata de consumir, y no ya de vender, tenemos que abandonar la esfera pública de las mercancías. ¿Adónde iremos? A la esfera secreta de la producción. Ahí, el antes inocente comprador devendrá capitalista; el antes digno vendedor se transformará en obrero. Terminan la libertad, la igualdad y la fraternidad de los amigos que intercambian felices y dichosos sus dóciles mercancías; el capitalista sonríe y se restriega las manos, el obrero mira de soslayo, reluctante: sabe que lo van a explotar. Es fascinante y macabro.


5- La producción y la explotación

Ya estamos dentro de la fábrica. Es interesante que hayamos franqueado su puerta pensando no en la producción de las mercancías, sino en el consumo de una particular, la fuerza de trabajo. La pregunta natural, en esta instancia, es: ¿cómo se puede consumir algo tan abstracto como la "capacidad" de trabajar o, sucintamente, la fuerza de trabajo? Simple: haciéndola trabajar. En efecto, el capitalista consume la mercancía que le ha comprado al obrero poniéndola a funcionar con la finalidad de producir otras mercancías (zapatos, harina, iphods, lo que fuere). A cambio, el obrero recibe un salario, con el cual compra los medios de subsistencia que necesita para vivir. En este punto hay que tener en cuenta dos cosas: 1) El obrero no trabaja solo y según su discernimiento, sino a la inversa, lo hace bajo el control del capitalista, quien vela porque el proceso de producción se lleve adelante sin inconvenientes. El obrero no es un trabajador medieval que confecciona sus artesanías según su habilidad y criterio y las intercambia según su fortuna; es un trabajador asalariado que produce mercancías de acuerdo a las directivas de su patrón. 2) El producto del obrero le pertenece al capitalista. En efecto, el obrero percibe por su fuerza de trabajo un salario, pero no tiene ningún título de propiedad sobre la cosa que ha producido. El obrero de Ford no es dueño de los autos que produce, ni de las piezas que encastra. El capitalista le pagó un salario, que equivale a una determinada cantidad de tiempo de su trabajo; tiene que darse por contento con esta retribución.

El capitalista, entonces, se dispone a consumir lo que le pertenece: la fuerza de trabajo. Esto significa hacerla trabajar. Para esto es necesario ponerla en contacto con toda otra cantidad de mercancías, es decir, materias primas y maquinaria. Supongamos que se trata de una empresa india que produce harware para PC. El capitalista compra plásticos, circuitos, acero, etc., y además compra las máquinas necesarias para ensamblar adecuadamente las partes y producir, por ejemplo, una placa de red. De momento, no ha fabricado nada: tiene las máquinas, un galpón, luz eléctrica, los plásticos y circuitos, pero evidentemente falta algo. Cuando llegan los trabajadores, el círculo se cierra. De esto se deduce que para consumir la fuerza de trabajo (es decir, para hacerla trabajar) es imprescindible rodearla de todas las cosas necesarias para la producción. El proceso de trabajo, entonces, es algo que sucede entre cosas que le pertenecen al capitalista. Marx las divide en dos grandes grupos: el "capital constante" (que incluye materias primas y medios de producción) y "el capital variable" (la fuerza de trabajo, o jerigonzando a la manera neoliberal, el "recurso humano").

El producto de la convergencia del capital constante con el variable es un valor de uso: la placa de red. Algo muy necesario en el mundo contemporáneo. Pero aunque el capitalista sea "un progresista a carta cabal" (p. 225), está claro que el valor de uso como tal no es cosa que le importe sino en la medida en que éste sea soporte material del valor de cambio. En este punto, dos cosas importan: 1) El capitalista quiere producir una mercancía, es decir, algo que pueda venderse en mercado. 2) El capitalista quiere que el valor de esa mercancía sea mayor que la suma del valor de las mercancías que él compró para producirla. Abreviando, quiere que la ganancia sea superior a la inversión. Quiere obtener, por sobre los valores del capital constante y el capital variable, un plusvalor.

Repongamos un poco el proceso para ver si el capitalista logra esto último. Para producir una placa de red gasta, digamos, 10 pesos en plástico, 10 en circuitos, 10 en la maquinaria y compra además una jornada de seis horas de fuerza de trabajo por 20 pesos, que es lo que necesita diariamente el obrero en calidad de medios de subsistencia. Empieza la faena: el obrero indio reúne lo materiales, va dándole forma a la placa de red; al cabo de una hora, objetivó 1/6 del valor de su fuerza de trabajo; al cabo de las seis horas, objetivó 6/6, exactamente la cantidad por la que se le pagó. La placa de red está lista: cuesta 50 pesos. El capitalista la tiene en sus manos y la mira con perplejidad. Algo malo ha pasado. Él había invertido 50 pesos; al finalizar el proceso laboral, tiene la mercancía que quería, la placa de red, que cuesta... 50 pesos. El valor del producto es igual al valor del capital adelantado. O sea, el valor no se ha valorizado; no hay más valor que antes. Ahora está reunido en una única mercancía; pero igualmente estaba antes reunido en los billetes de 50 pesos. La humanidad tiene una placa de red más para conectarse con el mundo, pero esto al capitalista no le importa para nada. Él quería valorizar su dinero, capitalizarlo; no pudo. Estalla. ¿Para qué quiere él la placa de red? Para venderla, claro; pero, ¡no saca ninguna ganancia de esa venta! ¡No puede ser! ¡Algo ha salido mal, terriblemente mal! El capitalista, ¿no se arriesgó acaso a perder su dinero en las vicisitudes de la producción? ¿No le darán nada a cambio por este heroísmo filantrópico? ¿No ayudó acaso al obrero, ese pobre diablo que sin él se moriría de hambre como la última rata del basurero? Es cierto que el obrero también le devolvió, con su trabajo, una placa de red, donde antes había solamente plásticos, circuitos y una maquinaria inmóvil; pero lo que importa no es el valor de uso, es el valor de cambio, y si el primero se ha modificado esencialmente, el segundo no se ha incrementado en absoluto. Parece una burla.

Entonces al capitalista se le ocurre algo (se le había ocurrido desde el principio, pero mantengamos la quizá ilustrativa ficción de este relato). Que el obrero esté satisfecho con el pago de una jornada de seis horas para obtener los medios diarios de subsistencia no impide en absoluto que lo haga trabajar doce. Esto es crucial. "El valor de la fuerza de trabajo y su valorización en el proceso laboral son, pues, dos magnitudes diferentes" (p. 234). Mientras dura el período de la venta, el obrero no es dueño de su fuerza de trabajo: precisamente, el dueño es el capitalista. Y el capitalista, consumidor al fin, ha decidido consumirla por el doble de tiempo. No hay ninguna ilegalidad en esto: el valor de la fuerza de trabajo se mide por la cantidad diaria de medios de subsistencia que el obrero necesita comprar, que en nuestro ejemplo es igual a 20 pesos: y 20 pesos es lo que percibe. Sólo que... ahora trabaja el doble. El capitalista, que es previsor a fin de cuentas, tenía en mente esta circunstancia, por lo cual invirtió no 10 pesos, sino 20 en plástico, no 10 pesos, sino 20 en circuitos, no 10 pesos, sino 20 en maquinaria... pero no 40, sino 20 pesos en fuerza de trabajo (lo mismo que antes). Por consiguiente, al final de las doce horas tiene dos placas de red, que valen 100 pesos (50 cada una), pero ha invertido... 80. Por consiguiente, el valor resultante es mayor que el valor adelantado. El artilugio dio resultado. 80 pesos se han incrementado a 100; el valor ha devenido plusvalor, el dinero adelantado se ha convertido en capital.

Infinita alegría del capitalista. Por otro lado, él no ha infrigido ninguna de las leyes del mercado. Pagó todas las mercancías a su valor, inclusive la fuerza de trabajo, las puso a funcionar con miras a la producción y extrajo un plus por su inversión. En nuestro ejemplo, por sobre el capital adelantado (dividido en "constante", medios de producción y materias primas, y "variable", la fuerza de trabajo) extrajo una tasa de plusvalor del 33%. Ahora sí, rozagante, va al mercado, y vende las dos placas de red, por las cuales obtiene 100 pesos, sin recurrir a ningún tonto que le haga favores imposibles. Desde el punto de vista del mercado, todo es regular, lógico, perfecto.

Pero del lado del obrero, infinita tristeza: trabajó el doble de lo que necesita para comprar sus medios de subsistencia. ¿Cómo puede ser? Se han respetado todas las leyes de la circulación de las mercancías. No hubo ninguna excepcionalidad, ningún engaño. Todo corrió por su justo cauce. Pero precisamente por eso lo han explotado. El truco es fascinante y se sintetiza en esta operatoria: el capitalista le paga un salario por lo que necesita para vivir, no un valor equivalente al que ha objetivado en la mercancía que produjo. Él gastó fuerza de trabajo por doce horas, pero se le paga por las seis que equivalen a sus medios de subsistencia. Es una estafa, pero perfectamente legalizada por el derecho burgués, que protege la propiedad privada sobre los medios de producción, y por lo tanto, garantiza la existencia de una clase que no posee nada salvo su cuerpo: una clase de plustrabajadores. Es el reino del escamoteo, la intriga, la infelicidad.

Esta es la enseñanza que hay que sacar de estas páginas y, a fortiori, de El capital: la explotación de la burguesía (clase propietaria de los medios de producción) sobre el proletariado (clase propietaria tan sólo de su fuerza de trabajo) es estructural. No es algo que le suceda solamente a los bolivianos de los talleres textiles ilegales de Flores o Ciudadela: es la base del modo de producción capitalista, lo que lo sostiene en pie, su clave última, su definitiva injusticia. Esta explotación puede ser mayor o menor; admite gradaciones (pujas salariales), pero odia los cambios de naturaleza (abolición de la propiedad privada). El capitalista debe asegurarse una tasa de plusvalor jugosa, la que no puede extraer de sus medios de producción ni de las materias primas ni de la sola y simple circulación.

Por supuesto, la burguesía puede alegar infinidad de cosas para justificar sus manejos: los famosos "riesgos" de la inversión, las bondades de generar empleo, etc.; pero estas cosas se demuelen a sí mismas cuando se emprende un examen (que aquí postergamos) de los supuestos históricos del capital: en efecto, la división en dos clases supuso un proceso histórico de saqueo, asesinato y expropiación (cf. el famoso capítulo XXIV sobre la "acumulación originaria"). Es un tema largo que el lector podrá seguir sin problemas en su propia lectura de El capital.


6- Apéndice: algunas indicaciones y, en última instancia, la lucha de clases

"Toda esta transición, la transformación de dinero en capital, ocurre en la esfera de la circulación y no ocurre en ella. Se opera por intermedio de la circulación, porque ella se halla condicionada por la compra de fuerza de trabajo en el mercado. Y no ocurre en la circulación, porque ésta se limita a iniciar el proceso de valorización, el cual tiene lugar en la esfera de la producción." Queda resuelta la antinomia del plusvalor y queda esclarecida la naturaleza del circuito D-M-D´. Precisamente, el único modo de "crear" valor nuevo es arrebatándoselo al trabajador, mediante el engaño que constituye el salario: en efecto, el salario es la forma que tiene la burgesía de invisibilizar la explotación: el salario paga el uso de una cosa, no lo que esa cosa produce. Es un quid pro quo muy complejo y normalmente difícil de percibir en la experiencia cotidiana. Pero en ese pase de manos está condensada la naturaleza íntima del modo de producción capitalista.

Si quedaron más o menos claras todas las nociones introducidas en este texto, entonces podemos gloriarnos de haber alcanzado una noción bastante ajustada, no ya de El capital, sino del capitalismo. En efecto, todos los días escuchamos que nuestro mundo "cambia todo el tiempo", que "ya no hay certezas", que "los hábitos se modifican y revolucionan sin cesar", todo lo cual es, por un lado, lisamente cierto, y por otro lado, mero periodismo. Y no obstante esta última inelegancia, los ya irrespirables ataques contra Marx se han montado, casi invariablemente, sobre estos "cambios" que la sociedad moderna, contemporánea, poscontemporánea, habría experimentado desde el siglo XIX hasta hoy. Ahora hay internet, como también una tendencia a discutir la legalización del aborto. Pero lo que hemos ido encontrando a lo largo de estas cuatro entregas de El capital es que la naturaleza del modo de producción capitalista es esencialmente lógica: las formas de mercancía, dinero y capital son nociones abstractas, esto es, indiferentes respecto del contenido: no se ven afectadas por el hecho de vehiculizarse con telas decimonónicas o teléfonos celulares. Yendo más lejos, la fuerza de trabajo, tal como se ha visto, es enteramente abstracta, vale decir, produce valor en la medida que trabaja, pero no importa qué trabajo particular hace, ni qué mercancía particular produce. Al capitalista le interesa el valor de cambio, hoy como hace doscientos años. La fórmula D-M-D´ es una unidad invariante que funciona toda vez que haya un capitalista con dinero en el bolsillo.

Por consiguiente, si quisiéramos preguntarnos cuál es la "actualidad de Marx" sin caer en la fofez enfermante de la mesa redonda o el panel de disertación, tendríamos que responder, brevemente, que la teoría de Marx se ha orientado en la búsqueda de las leyes sociales, o sea, de las invariantes que rigen la vida de los seres humanos en el capitalismo, y si las ha encontrado entonces la pregunta por su "actualidad" es crasa o insidiosa. Refutar a Marx equivaldría a encontrar que el capital circula de otra manera que como D-M-D´ y que se autorreproduce por otra vía que la de la explotación del trabajo asalariado. Hasta el momento, todos los intentos en este sentido han sido sentimentalmente ideológicos.

Llegado este punto, entonces, tenemos una lectura de lo esencial de El capital. Quedan afuera cantidad de cosas. Algunas muy importantes, como el capítulo ya mencionado sobre la acumulación originaria, o el descubrimiento de la "tendencia decreciente de la tasa de ganancia", ley que lleva al capitalismo a la ruina. Nos eximimos de prolongarnos hacia la glosa de estos fenómenos partiendo de la premisa de que el lector, si se ha interesado, podrá abordarlos sin inconvenientes. Por la misma razón hemos evitado, a veces, seguir hasta el final las profundizaciones de Marx. Cierta vez Althusser, prologando una edición francesa de El capital, recomendó saltear los primeros capítulos del libro, por ser "muy difíciles". Pero Althusser fue una mente especial. Nosotros, prudentemente, proponemos lo inverso: abalanzarnos fervorosamente sobre estos capítulos, partiendo de la convicción (promovida por Marx) de que lo fundamental está ahí. Por supuesto, la confianza del lector en este comentario tiene el derecho de ser parcial; en todo caso, no hay pena: todas las flaquezas de nuestra paráfrasis se rectifican en la prosa indudable de Marx, a la que hemos querido conducir, no sustituir (2) .

Terminamos, entonces, este recorrido por El capital. Quedaría, quizá, una última (y muy pertinente) pregunta: ¿y la lucha de clases? ¿Dónde quedó la lucha de clases? Aunque parezca que no, solamente hemos hablado de ella. ¿De qué manera? En la fórmula D-M-D´. ¿Cómo? En efecto, esa fórmula describe, entre muchas cosas, la forma trascendental de la explotación: cualquier explotación empírica será sólo el contenido de esa forma abstracta, que Marx ha despejado definitivamente. La D es el dinero del capitalista y la M es la fuerza de trabajo del obrero. Así se relacionan uno y otro: mercantilmente. Pero el capitalista quiere bajar el valor de la fuerza de trabajo, y el obrero quiere subirlo: sus pretensiones son opuestas, antagónicas y además, sociales: capitalista y obrero se reúnen cada cual en sus clases y todo el tiempo, todos los días, luchan unos contra otros: con subas y bajas salariales, suspensiones, despidos, manifestaciones, alza en los precios de los alimentos, guerras, especulación, crímenes, etc. Una huelga, sin ir más lejos, es una M que no quiere ofrecerse a la D si no se mejoran los términos del intercambio. Una huelga general por tiempo indeterminado (la que pidió Lenin en su momento) es una suspensión dramática de ese mismo circuito, tendiente a su abolición por medio de una revolución política. Es por esta intimidad entre obreros y burgueses que Marx dedujo la preeminencia de la lucha de clases por sobre todas las demás. Si aceptamos que vivimos en una sociedad llamada "capitalista" (y no "administrada" como propuso el ingenioso Foucault), entonces será razonable que consideremos esa sociedad de acuerdo al modo en que explota el trabajo (bajo su forma asalariada), y que por consiguiente encontremos al obrero como el vector de toda posible superación de las circunstancias. Para decirlo llanamente, a diferencia de toda otra subjetividad imaginable (las que listan Deleuze y Guattari, pero otras también), el obrero forma parte integrante de la lógica conceptual de capital. Y esto sucede porque el obrero, considerado una fuerza de trabajo capaz de efectivizarse de cualquier modo, es tan abstracto como el capital, y más estrictamente, fue creado por él. El capital, en su momento, se irguió como la fuerza más revolucionaria de la historia de la humanidad, porque disolvió todos los lazos sustanciales e impuso la forma abstracta (no-sustancial) del intercambio de mercancías y la producción de plusvalor. Para esto tuvo que inventar una extraña entidad, el proletariado, esa rarísima clase de hombres a la vez libres como griegos y pobres como esclavos. El proletariado, así, es lo más absolutamente moderno que podemos encontrar en el mundo, es decir, lo menos sustancial, lo más artificial, lo más desligado de cualquier forma de herencia, costumbre o naturaleza. El capital mantiene todavía un pie en la sustancialidad premoderna: la propiedad privada (que se transmite por herencia) y deduce de ello otra premodernidad: los privilegios. El obrero, en cambio, está completamente desujetado de cualquier tipo de atavismo anterior a la Revolución Francesa. Es, en consecuencia, la pura subjetividad moderna, y si hay un futuro, le pertenece.


(1) Karl Marx, El capital, Siglo XXI Editores Argentina, 2002. Todas las indicaciones de página de las citas corresponden a esta edición.

(2) Pero, ya que se trata de marxismo, ¿por qué no hablar de la verdaderamente candente crisis financiera? Por una razón muy simple: comprenderla sin tergiversarla, aprehenderla en su complejidad, supone un manejo de la teoría del crédito que aquí ni siquiera hemos tocado (y por moderación, no por pereza). No obstante, a disposición de los interesados hay al menos dos textos del excelente Rolando Astarita que se ocupan del tema: "La dinámica de la crisis" (http://rolandoastarita.com/Crisis%20financiera%20y%20ciclo.htm) y "Un año de descenso en la crisis financiera: Septiembre 2007-2008" (http://rolandoastarita.com/dt.crisis-septiembre%202008.htm).