Mariano Blatt: la belleza de los que no trabajan1. Primera determinación de la belleza: la persona "Mirá cómo hago pis, Tigre", decís, así, re borracho, con la botella de cerveza en una y la otra tratando de abrir el cinturón. "Mirá cómo hago pis, Tigre", decís, re borracho, con la cerveza que se te cayó de la mano, rebotó en el pasto y quedó acostada chorreando. "¿Viste cómo hice pis?", decís, subiéndote el cierre del pantalón vaquero y atrás queda el charquito del pis uniéndose en un canal con el de la cerveza que chorreó. Increíble (El Niño Stanton, 2007) es la primer publicación de Mariano Blatt (1983), si excluimos algunas plaquetas y varios fotologs desperdigados por la web; Increíble, en todo caso, es la reunión de muchos de esos fotologs en un único y re-organizado libro; Increíble fue uno de los textos mejor recibidos en el circuito poético, lo que no obsta para que, en lo esencial, conste de prosas breves, como la arriba transcripta. Esta última indicación no es ocasional: que el primer libro de un poeta consista en un "poema narrativo", mayormente prosístico, es un dato. Sitúa, de entrada, a Blatt en relación a sus referentes y objetivos. Podría ser un problema qué y cómo escribir después de la década del 90. El camino que Blatt ha elegido, en principio, no se distingue del de otros poetas jóvenes, como Paula Peyseré y Miguel Ángel Petrecca: genéricamente, se trata de no ser, por así decir, iconoclasta. El pasado inmediato no debe ser demolido, sino estudiado. Amén de las enormes diferencias que existen entre los nuevos poetas, lo que sin dudas no se produce es una guerra con la poesía de los 90, y sí una continuación por otros medios. En el caso particular de Blatt, esta continuación se cruza con una recuperación del tópico de la belleza. En tren de investigar este tratamiento, podemos recurrir a nombres muy distintos (Andi Nachon, el Durand de El cielo de Boedo) y al fundamental de Damián Ríos. Ríos posee una obra en prosa que es una síntesis viable de los materiales y tonos trabajados por la poesía de los 90; Blatt, sin escribir directamente cuentos o novelas, lo sigue en la idea de que la prosa puede fijar, en dos o tres líneas, imágenes tan definitivas y rítmicas como el verso mejor cortado (la reunión del hilo de cerveza y el meo en un único cauce amarillento es un buen ejemplo). El tono de Blatt, como el de Ríos y más todavía que el de Ríos, es preciso, tranquilo. El relajo es la pauta básica; Blatt escribe como yendo en canoa por el Tigre, que es el espacio de la representación. Blatt también es, como Ríos, un escritor sentimental. No romántico: sentimental, en la medida que son los sentimientos, los sentimientos amorosos, su tema primordial. Por cierto, se trata del amor homosexual. Pero hacer esta precisión podría ser inútil, porque la conflictividad semántica de la homosexualidad es inhallable en Increíble; a Blatt le falta toda voluntad reivindicativa; su interés es el Pibe de Oro: seguirlo, interpretarlo, acercarse o alejarse de él. Los suyos son jóvenes homosexuales sentimentales, que por fuera de su inclinación sexual no se diferencian notablemente de los heterosexuales: como ellos, con ellos, juegan al fútbol, toman mate y cerveza, se ensucian y sudan. Estas actividades, ejecutadas inocentemente, son el objeto de la contemplación de Blatt, y habría que decir que, como para Gombrowicz, ahí está la belleza. Este punto es nuevo, incluso en relación a Ríos. La palabra "belleza" tiene una colocación complicada en la poesía de los 90; por razones incluso políticas, muchos autores la desecharon; otros la condujeron hacia la autoayuda y el kitsch (Belleza y Felicidad); los que la tomaron aproblemáticamente no pudieron defender, más de una vez, su pertinencia. Blatt la mantiene, pero ligada directamente al amor. Lo bello no es concepto central de una estética, sino predicado del sujeto amado, el Pibe de Oro. No nos habla del verso, la vida y la luna. La diferencia parece sutil, pero conviene destacarla, porque ahí reside la apuesta básica de Blatt. Mediante esta primera determinación, la belleza se vuelve cercana, tangible, singular. Pero esto quizá arrimaría demasiado los textos de Blatt al tópico de la delectación morosa en el avistado de un lúbrico chongo de barrio. Sin embargo, esta codificación también es eludida; en esto hay que indagar. 2. Segunda determinación de la belleza: las vacaciones ¡Qué tranquilo amanece el Pibe de Oro cuando está de vacaciones! Si hasta la mañana es mucho más fresca con él saliendo de la casa en short de fútbol todo blanco y ojos achinados de sueño. Supongo el olor que debe tener en la piel, abajo del brazo, entre las piernas. Todo sueño. Viene el sol y le da una piel que es una belleza verla, olerla de lejos y, cuando se deja, de cerca. Viene el sol y se encuentra en el camino con el Pibe de Oro y ahí lo moldea, lo pinta, le da ese color y ese color y le da los ojos achinados del sueño, la primera sonrisa del día cuando me ve tirado más allá mirándolo. Tiene los dientes sucios pero para mí que no se los lave, ni entre las piernas ni abajo del brazo. Vayamos directo a la playa, le digo, y en la orilla se saca el short y entra desnudo al mar pero dándome la espalda. Es una cosa maravillosa. Es el Pibe de Oro a la mañana y yo sentado en la arena seca. La primera parte de Increíble sucede en el Tigre, durante unas vacaciones de un grupo de amigos (todos varones; no se registran mujeres en el libro). La tranquilidad del tono de Blatt encuentra en el horizonte vacacional su telón de fondo más apropiado. El ocio es la base social del libro; no el ocio agroexportador de Lugones, rumiado en largos paseos por el campo, sino el ocio juvenil, costero, post-2001, experiencial y fotogénico. La belleza aparece, por otra vía pero nuevamente, como un atributo de la inactividad, de la vida liberada (aunque sea temporalmente) de las presiones del mundo del trabajo. Su condición de posibilidad es simultánea con la suspensión de la producción social. Si alguien le preguntara a Blatt "dónde esta lo bello", él nos respondería: en las vacaciones. Por eso la primera parte de Increíble se llama "Fin de semana en el Tigre". Pero si la belleza que nos presenta Blatt no resulta de antemano previsible, esto pasa porque la rastrea a partir del ocio consustancial a la cultura joven y no desde esquemas neoclásicos. Esta es la segunda determinación que Blatt aplica sobre la belleza. Lo bello no es el a priori de una aristocracia anacrónica, sino un existenciario de la juventud contemporánea. Lo bello no es lo abstracto, sino que está suficientemente situado en el conjunto de actividades turístico-vacacionales. Y es este abolengo el que lo salvaría de la "crítica antilírica" que fue motor de los mejores libros de los 90. Una reinserción no irónica de la belleza en el espectro de lo literariamente decible es exitosa si logra definir las condiciones sociales de su emergencia. Logrando esto, Blatt no será considerado un neorromántico, ni se verá en Increíble un experimento reactivo. 3. Tercera determinación de la belleza: la nostalgia
El Paraíso, La segunda parte del libro se llama "El Paraíso, el Espacio Exterior", y la define ese mismo ritornello, "El Paraíso, el Espacio Exterior". De la mesura isleña y el pausado riacho sentimental pasamos a la excitación química; de la belleza, al flash. Aparecen, inobjetablemente, las drogas alucinógenas, y su contexto natural: las fiestas. Pero este pasaje no es una sustitución, sino un abigarramiento, una identidad de hecho, como la de la cerveza con el orín. Se desdibuja la relativa coherencia diegética que definía a la primera parte del libro. Ahora, las pastillas de éxtasis convergen con una foto del campo, o con escenas en las inmediaciones de una cancha de fútbol. La sintaxis aparece esencialmente como parataxis. La lenta y prolijísima puntuación de los sentimientos en el Tigre, la persistencia de perfiles psicológicos claros y de acciones nítidas, se desbarata en una serie de enumeraciones dispersas, sin relato, puros instantes fotográficos de la experiencia. "El Paraíso, el Espacio Exterior" viene a mostrar que la droga es el sostén bioquímico de la nostalgia general, que de una manera u otra recorre el libro. Blatt sobrevuela, no sin laconismo, diversas imágenes de la experiencia joven: el amor, la amistad, las fiestas, el fútbol. La disposición enumerativa que da a estas imágenes nunca cae en el catálogo insensible: "un chico imitando el ruido del viento con la boca", "un policía más chico que vos revisándote los bolsillos", "una droga nueva re rica que viene en gotero", son tres ejemplos, entre muchos, que exponen su falta de premura o agobio para la representación.
El Paraíso, Incluso cuando busca el desorden, la escritura de Blatt no deja de parecer un brochazo lento guiado por una mano melancólica. Su flash es flotante, jamás deviene en un afecto agresivo. Todo lo displacentero está excluido de su universo. La rememoración puede consentir un matiz doliente o vagamente triste, pero lo doloroso y triste no aparece como tal. El único sufrimiento es amoroso, y además es tenue. También las alegrías son módicas, serenas, aunque provengan del empastillamiento en una fiesta electrónica. Se puede distinguir a Blatt por este estilo de atardecer. Lo que por lo general impacta de él es la convicción que emana de sus materiales y recursos. Ningún otro poeta joven parece ser tan inmediatamente reconocible línea a línea. A los 25 años, el horizonte de sus intereses parece definitivamente esbozado. Esta falta de vacilaciones es un mérito y explica algo de la tranquilidad de su tono. Pero para dar cuenta de su estilo hay que dar algunos pasos más. Las descansadas líneas de "El Paraíso, el Espacio Exterior" carecen de conflicto: todo lo que nos cuentan es precioso. Los conflictos, sin duda, han de estar en otra parte, en el mundo del trabajo. Pero el que este mundo caiga fuera del campo de observación de Blatt no significa que su poesía no nos diga nada del mundo; de hecho, sucede exactamente lo contrario. Por medio de Blatt nos enteramos de que los jóvenes, hoy, están de vacaciones, solazándose en la contemplación nostálgica de las bellezas del mundo. Hay algo que se añora o, levemente, se lamenta. El ascendente de este tipo de configuración literaria vuelve a ser Damián Ríos, en cuya obra pueden distinguirse momentos de evocación o remembranza. Pero para Ríos se trataba de reponer los contornos de una historia familiar entrerriana desde la ilustración que dan los libros de la capital. Habrá que poner la luz, su novela, se presenta explícitamente como relato de formación, y parte de una delimitación nítida de los espacios diegéticos respecto del tiempo de la narración. Y sobre todo: el narrador de Ríos no es un joven. Pero Increíble no hace esa distinción temporal: no cuenta una historia autobiográfica, nos sume en un presente de contemplación juvenil. Buena parte de los fragmentos de la primera parte del libro declinan con verbos en presente, y sin embargo destilan un aura rememorativa, como las entradas del cuaderno de bitácora de una navegación por fotologs abandonados. Ahora bien, ¿qué lleva a un poeta de 25 años a jugarse todas las fichas a las posibilidades plásticas de una oximorónica "juventud nostálgica" -nostalgia de amores de verano, de los días del colegio, de un partido de truco en el delta, de un barrio en donde no se vivió? Confrontemos la breve ars poetica de Blatt para el blog Las afinidades electivas: A lo mejor, escribo para que las cosas que nunca voy a tener (o las que tuve y ya no voy a volver a tener) me dejen tranquilo. Por lo menos podría decir que mucho de mis impulsos de escritura surgen de situaciones de ese tipo (un chico que me gusta pero sé que no me va dar bola, o la nostalgia constante por situaciones que no se pueden repetir: volver al colegio). Igual, espero que esto no limite lecturas. Sólo dije por qué escribo la mayoría de las veces, el resultado me es ajeno. "Las cosas que nunca voy a tener", "un chico que me gusta pero sé que no me va a dar bola", "situaciones que no se pueden repetir" (y hasta "el resultado me es ajeno"), son fórmulas que designan la imposibilidad de un hecho en relación al futuro. Y esto concierne al estado vacacional que presupone Increíble. No hay algo que hacer, algo que la posición teleológica de fines pueda conseguir en el tiempo. Lo que hay es, en cambio, la contemplación, la mirada, la fotografía, el fotolog. Los jóvenes de Blatt son instantáneos, viven sólo en el presente, por lo tanto en el ocio: no trabajan. La perfecta exclusión que Blatt ensaya sobre los temas propios de la sociedad burguesa sitúa a sus jóvenes en un punto frágil, en el que ya no viven inmediatamente en su elemento -por eso la nostalgia- pero tampoco toman parte en la realidad del trabajo. Es bastante claro que las vacaciones de los personajes de Increíble no son un descanso de quince días tras un año en una empresa de telemarketing. Su ocio descontracturado no sugiere una reposición de energías. Por la edad que se les puede calcular (alrededor de veinte años), esos personajes deben estar viviendo sus últimas vacaciones antes de necesitarlas en serio. Pronto, su descanso dejará de ser totalmente gratuito y se inscribirá como una tregua en el calendario alienante de la producción social. Increíble muestra las vacaciones de gente que no trabaja, y la inviabilidad de esta estructura en el contexto del capitalismo es tal que sólo puede existir un momento y desaparecer. Pero, justamente, capturar esa esencial fugacidad antes de que se desvanezca es el propósito que persigue y realiza Blatt. De ahí la "nostalgia joven": ya no volveremos a descansar porque sí. Esta es la tercera determinación de la belleza: la belleza es fugaz y tiene que ser concebida nostálgicamente. De ahí el dramatismo que sobrecarga de sentido todas las acciones, todas las imágenes, todas las palabras. La belleza está siempre acechada por la desaparición y apuntalada por la nostalgia; pero existe inocentemente, con la pureza desentendida de la espontaneidad. El Pibe de Oro no hace propiamente nada; como corresponde a su naturaleza áurea, brilla hasta la fascinación, sin mayor conciencia del efecto en los demás. Es bello sin esfuerzo, sin proponérselo, sin pintarse ni arreglarse, sin trabajo -y subrayemos esta última palabra, porque no es por nada que el Pibe de Oro sea justamente "de oro". En efecto, el oro es el representante de la riqueza social, y la riqueza es la antítesis del trabajo; el trabajo produce riqueza, pero no para los trabajadores, y además afea. El sistema estético que organiza la construcción de sentido en Increíble tiene una raíz económica: los manifiestos sustantivos "oro" y "vacaciones" se oponen a los soslayados "fealdad" y "trabajo", pero la rectificación de este soslayo pone sobre la mesa el hecho de que lo Bello, incluso platónicamente considerado, no es más que lo liberado del trabajo, y por ende, no otra cosa que una determinada relación económica. Es por haber encontrado que la belleza sólo tiene lugar en una persona, en las vacaciones y mediante la nostalgia que Blatt escribió el libro que escribió. Es cierto que el formato "contemplación del chico bello" lo ha ocupado en otras ocasiones, pero la diferencia es que con Increíble Blatt pudo incorporar a la forma poética su base material. Y el arraigo en la base material es la norma de precisión de un lenguaje literario: es lo que le da espesor y verosimilitud a las metáforas, exactitud a los adjetivos, potencia a las imágenes. Línea a línea, bien entendido, Blatt no miente: la belleza se encuentra en las vacaciones o, lo que viene a ser lo mismo, no hay nada más lindo que no trabajar. |