Tesis sobre Slavoj ZizekUna lista de buenos motivos para releer o acercarse a la obra del intelectual esloveno. 1- Politicismo El lector acaso coincidirá con la siguiente sentencia: nuestra época, nuestro naciente siglo, es filosóficamente decepcionante. Ya no hay maestros. Los años '50 tuvieron su Sartre, los '60 su Althusser, los '70 su Foucault, quienes seguramente no eran del todo buenos; pero lo que vino después resultó ser totalmente olvidable; permítasenos, pues, añorar. Badiou, Ranciére, Sloterdijk: ¿quién los lee, aparte de un grupo de profesionales de la monografía, más allá de algunos traductores españoles heideggerianos, allende ciertos psicoanalistas? Suele incluirse en esta nómina de autores famosos irrelevantes al esloveno Slavoj Zizek. El objetivo de esta nota es señalar la parcial o total inconveniencia de ese movimiento; de Zizek algo se puede aprender, algo incluso muy importante, no así de los demás. Describamos mínimamente los lineamientos ideológicos de nuestros actuales pensadores. Asumamos para empezar que Zizek es, como Badiou, como Ranciére, como Laclau, como Balibar y como tantísimos otros, un izquierdista lector de Lacan, lector de Althusser, es decir, un intelectual interesado por "lo político". ¿Qué significa esto? Significa escribir teorías de la ideología, del populismo, del Estado, de la crisis de representación, de la ausencia de un sujeto social (o de su "indecidibilidad"). Significa publicar conferencias sobre la globalización, el terrorismo, la democracia europea. El lector reconoce estos temas, y quizás ya experimenta fastidio frente a su más suscinta enumeración; es que la agenda de cuestiones contemporáneas, siendo copiosa, es en verdad insuficiente; cansa, pero por lo poca. Se habla mucho de política, pero a título puramente teórico: se dice qué es, cómo funciona, dónde está, pero parece que en los albores del siglo XXI no es posible formular lo que Lenin a principios del XX, a saber la pregunta de veras quemante: qué hacer. De tal modo, los intelectuales intervienen en todo, menos en la realidad. Se discute, por ejemplo, si Mauricio Macri es anti-político o post-político o plenamente político, mientras el mismo Macri, por su lado, gana tranquilamente las elecciones en la Capital, casi sin encontrar oponentes. Se estudia si está bien o mal ser populista, si es inevitable o deseable, pero ninguna propuesta de izquierda logra ser mínimamente popular. Se argumenta, teoriza y riñe en torno a qué cosa pueda ser un "acontecimiento revolucionario" (si es imprevisible, si es atemporal o histórico, si es necesariamente de izquierda o si puede ser de derecha también), pero esta preocupación sólo atestigua la más acuciante falta de proyectos reales: parece evidente que la filosofía del acontecimiento surge justamente porque no pasa nada, porque nadie está preparado para que pase nada. En breve, no es difícil notar que estamos ante polémicas vacías, sin efectos; recurriendo a algunos motivos tradicionales, puede hablarse de la escisión entre teoría y praxis, de la brecha entre los dichos y los hechos; con un poco más de lujo, puede notarse que lo que hoy predomina es una gnoseología política, una teoría destinada a conocer "la política" como si fuese un objeto separado, abstracto, meramente formal (esto puede deformarse todavía un poco convirtiéndose en ontología política, que es la rimbombancia y la presunción de lo anterior llevado a su estado de gracia). Zizek, a no dudarlo, cometió todos los pecados típicos de sus contemporáneos, sobre todo al principio. La primera etapa de su producción, plagada de teorías de la ideología "como tal", de invitaciones a una oximorónica "democracia radical", de lacanismo cívico, tiene no obstante virtudes: la más notoria es la claridad argumentativa de la prosa y un sentido didáctico muy atendible; El sublime objeto de la ideología detenta el mérito no menor de funcionar como una excelente introducción a Lacan y a Hegel. La lógica de la reflexión hegeliana tiene en él un buen docente y un comentarista eficaz (Zizek explica a Hegel mediante y contra los prejuicios que pesan sobre la dialéctica especulativa, a saber: que es determinista, que es idealista, que es totalitaria, que es reduccionista, que es etnofalogocéntrica). En cambio, un libro como El espinoso sujeto: el centro ausente de la ontología política tiene menos disculpa. Más allá de cierto comentario feliz concerniente al esquematismo trascendental kantiano, aparte de dos consideraciones útiles sobre Heidegger, el texto es una larga disquisición en torno a la "subjetividad política", cosa que hace desfilar a toda la cohorte de teoricistas contemporáneos; Zizek conversa largas páginas con estos reputados interlocutores, también los discute, pero sus posiciones son casi indiscernibles de las de ellos; el esloveno compra todo el arsenal categorial del presente, acepta la agenda internacional, y salvo por un innegociable hegelianismo lo suyo, en este punto, no tiene ningún relieve. Pero con A propósito de Lenin la situación cambia por completo. 2- El problema del gobierno A propósito de Lenin no es un tratado, pero esto no es raro porque Zizek jamás escribió cosa semejante. Todos sus volúmenes son colecciones de ensayos; sin embargo, ninguno más coherente y feliz que éste. Si estamos de acuerdo en que la galaxia filosófica actual se agota en el palabrerío que no mueve a nadie a nada determinado, la primera virtud de A propósito de Lenin es, justamente, la de reponer la idea del comunismo como algo de lo que no podemos prescindir puestos a hablar en serio. Pero esta reposición, para ser profunda, para no engañarse respecto de su alcance, no puede fundarse únicamente en un par de alusiones a Marx. Como señala el propio Zizek en la introducción, Marx el teórico de la sociedad burguesa puede ser bienvenido por posestructuralistas, sociólogos, culturalistas y hasta agentes de la Bolsa, pero precisamente como teórico, o sea, en cuanto se lo concibe como un autor "anticapitalista" entre otros. La cosa cambia sensiblemente cuando se trata no sólo de volver a Marx, sino también de volver a Lenin. Porque Lenin ya es directamente la praxis, y más todavía que eso, representa un intento cabal de llevar a la práctica real, efectiva, los resultados de la teoría marxista: Lenin es el marxismo en el gobierno, el marxismo tomando decisiones que afectan de modo directo la estructura del edificio social. Así pues, el primer rasgo definitorio del éxito de este libro es precisamente la elección del referente de la reflexión filosófica: no Nietzsche, no la biogenética, sino Lenin. Con esto, Zizek sitúa la discusión no en los estrechos márgenes de la resistencia, sino desde el punto de vista del gobierno. Si repasamos un poco este punto, notaremos que la intelectualidad izquierdista de la segunda mitad del siglo XX, horrorizada con Stalin, no extrajo de la experiencia rusa la idea de que gobernar fuese difícil, sino que, más traumatizadamente, decidió que gobernar era malo, que todo lo que gobierna es moralmente malo y feo, que el poder del Estado es algo a lo que hay que renunciar. Ahora bien, ¿qué le queda a la izquierda una vez abandonado el horizonte de una revolución comunista? La respuesta parece diáfana: resistir. Se puede, pues, resistir a muchas cosas: al capital, al totalitarismo, al imperialismo del significante, al machismo, al mercado, al Estado, a la contaminación, al matrimonio... Por esta razón los intelectuales pudieron, en ocasiones, tener buen diálogo con Marx, mientras que odiaron sistemáticamente a Hegel: así Althusser, así Deleuze, así Foucault, así Derrida. ¿Por qué sucedió esto? La respuesta es simple: porque Hegel es el filósofo que se pregunta por el gobierno. Según su sistema, la realización mundana de la Idea es el Estado; esto no es poca cosa. Hegel despreciaba abiertamente el revolucionarismo vacío, el izquierdismo infantil que, feliz en la denuncia y en la maldición, no se anima a gobernar ...conmemórese a propósito al olvidado John Holloway, autor del famoso contrasentido "cambiar el mundo sin tomar el poder". Holloway es quizá demasiado palmariamente cómico, pero en verdad la perspectiva resistencialista se nos ha metido tan adentro de la cabeza que ya casi no la percibimos como tal. Usando un término de Foucault, podría demostrarse que la resistencia configura la episteme filosófica del siglo XX. Por esta razón, el rescate que Zizek hizo de Hegel, cuando el inicio de su producción filosófica, adquiere su integridad, su forma más perfecta, si se lo encuadra con la recuperación de Lenin: en un sentido muy preciso, Zizek está aquí distinguiéndose efectivamente del pensamiento de la veinteava centuria. A propósito de Lenin, partiendo de estas premisas, es quizá uno de los libros más efectivamente polémicos que puedan escribirse. Pero despejemos aquí un malentendido, que circula masivamente a través de la prensa cultural, acerca del supuestísimo carácter "provocativo" de los textos de Zizek. En reseñas, contratapas y conferencias se dice que Zizek es un provocador; pero no debemos olvidar que el periodismo, en lugar de sondear argumentos y resultados intelectuales, moteja y adjetiva; en lugar de pensar, titula; en lugar de examinar, se siente desafiado. Para estas irritadas plumas, Newton hubiese sido un provocador debido a esa irrespetuosa ley de gravedad que formuló, o Darwin con sus irreverentes monos, y ni que hablar el mismo Marx. Que Zizek provoque, pues, es algo secundario, teniendo en cuenta el valor de algunos de sus razonamientos; que polemice abiertamente y desde el marxismo con todas las tendencias intelectuales, en cambio, es útil, pues refutándolas las explica: Zizek, puesto a pensar desde el punto de vista del gobierno, desmiente implacablemente al multiculturalismo, demostrando que la aserción de la diferencia cultural no puede distinguirse de la diversificación de la producción capitalista mundial desarrollada; contradice sin retorno a los teóricos de la política pura, recordándoles que la esfera de lo "puramente político" es un teatro de sombras de intereses económicos, pero con el mismo brío impugna a los economicistas liberales post-políticos señalándoles que en el centro mismo de la economía, de la "administración de los bienes", de la "gestión pública sin ideologías" se encuentra la enteramente política lucha de clases. Lo que Zizek logra hacer, mediante este zig-zag de polémicas, argumentos, estacazos y a veces extraordinarias palizas conceptuales, es sugerirle al lector una consideración esencial: con la "política" no basta, tenemos que hablar fundamentalmente de economía política, o lo que es lo mismo, tenemos que recuperar implacablemente la "crítica de la economía política" de Marx y fundamentar todos nuestros razonamientos sobre ella. Vivir esto como un retroceso a concepciones "técnicas" de la política, "deterministas", "mecanicistas", "reduccionistas", es absurdo y delata falta de percepción histórica: Marx, precisamente, llegó a la economía política, no partió de ella ...como todo el mundo sabe o debería saber, Marx empieza su carrera intelectual discutiendo con Hegel y sus epígonos: en la época de las Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, Marx todavía insiste en que la crítica de la religión debe convertirse en "crítica de la política"; la idea de una "crítica de la economía política" sólo surge más tarde, cuando conoce a Engels y por intermedio suyo a los economistas clásicos como Adam Smith y David Ricardo, en los que encuentra las claves científicas para el análisis de las relaciones sociales. 3- La economía política reclama superpoderes A propósito de Lenin tiene además un valor bastante raro en textos marxistas contemporáneos, que es el de entusiasmar al lector. La prosa de Zizek, usualmente afable, traducible como la que más, es en este libro más movilizante que nunca, siendo capaz de lograr formulaciones como ésta: Es verdad que la izquierda hoy está atravesando una experiencia conmocionante al final de una época entera del movimiento progresista, una experiencia que la obliga a reinventar las coordenadas más básicas de su proyecto ...sin embargo, una experiencia precisamente homóloga fue la que dio nacimiento al leninismo. El gesto significativo de Zizek es que, sin dejar de resaltar el potencial utópico del leninismo, se muestra al mismo tiempo totalmente capaz de no separar las condiciones de la empresa de Lenin respecto de su destino en manos de Stalin. En una palabra, Zizek no practica el deporte troskista de limitarse a ver en Stalin un fastuoso traidor de la revolución bolchevique, sino que trata de pensar conjuntamente lo mejor y lo peor, la explosión de la democracia de masas por la vía de los soviets y los tremendos problemas de la colectivización forzada de los años '30 como parte de un mismo movimiento histórico (una honestidad semejante, por lo demás, es lo que exigía Hegel). Así pues, uno de sus ensayos se llama "La grandeza interna del estalinismo", y este título (muy provocativo, diría la prensa cultural burguesa) busca exactamente resaltar la necesidad de ensuciarse un poco las manos y pensar más seriamente el cúmulo de problemas políticos que a la larga nos afecta a todos. Pero retomemos nuestra cuestión inicial: Zizek no puede ser considerado "el filósofo del siglo XXI", porque no es un "filósofo original" en la medida en que supieron serlo un Heidegger o incluso un Deleuze; el esloveno no propone nuevos conceptos, sino que lee fenómenos contemporáneos con ayuda de categorías que provienen directamente de Hegel, de Marx o de Lacan... Pero justamente esto podría ser lo mejor de Zizek: quizá su mismo carácter de filósofo deficitario atestigüe que en verdad no necesitamos un nuevo gran pensador que nos muestre el mundo como no lo habíamos visto antes. El Zizek que barrunta ontologías políticas no sirve, el que realiza una implacable refutación de todo el arco intelectual contemporáneo apelando a la economía política es tremendamente útil y pedagógico; Zizek mismo nos enseña, a pesar suyo, a rechazar la idea de una "ontología política". La política no debería sustraerse a la reflexión sobre la economía: economía sin política es tecnología, política sin economía es metafísica. ¿Qué otra cosa manifiesta Heidegger con su idea de que la tecnología es la "realización de la metafísica occidental", aparte de la incontestable falta de categorías económico-políticas? En efecto, quizá no necesitamos filósofos, sino más bien economistas políticos; finalizando el año 2007, de cara al siglo XXI, Zizek nos puede enseñar a defendernos de la filosofía. |