Poemas inéditos de Alejandro Rubio
Quejas y reclamos
Después de escuchar la septuagésimo
sexta petición del día y otra vez la señal de ocupado, sentado
en una silla giratoria, las piernas cruzadas, me abstraigo revolviendo
té. Debería tener la nobleza del árbol y permanecer mudo mientras
me mutilan. De pie, oyendo cómo se quiebran los retoños y viendo
caer al piso las hojas verdes, empezando así la primavera, con las
raíces en pleno salto molecular, dispuesto todavía a que savia
nueva bañe lo que queda y a agitar mi copa como una actriz
recién peinada.
Música ambiental
En un taller del conurbano
donde piezas obsoletas se acumulan en el suelo junto a pilas de
basura sin identidad y cuyo único ventanuco pringado de telas añosas
de araña ya pardas deja pasar un rayo leve, no se escuchará a Mozart.
Mozart es para los grandes teatros de palcos repletos de escotadas
señoras donde orondas molduras atraen la vista tanto como el brillo
áureo de las joyas. En un taller del conurbano donde piezas obsoletas
se acumulan en el suelo junto a pilas de basura sin identidad y
cuyo único ventanuco pringado de telas añosas de araña ya pardas
deja pasar un rayo leve que ilumina la cara de una mujer en la pared
no se escuchará a Mozart.
El enamorado
Te ofrezco mi bazo como si
fuera un corazón. Te ofrezco quinientos euros. Te ofrezco noches
en vela en un banco duro frente a las puertas selladas de un consultorio
externo. La emoción perdura mientras se deshace la sustancia pétrea
de la discordia. Te ofrezco jeroglíficos sobre el polvo. Te ofrezco
un castellano perfecto.
El guardabarrera
Ninguna duración contiene
la frente marchita de este despedido. Las ideas como vinieron se
fueron en la mecánica de las jornadas, leves y caprichosas como
esos panaderos que flotaban entre los arbustos vistos por la ventana
de una sólida caseta. La resistencia de los materiales nobles al
agua y al fuego por desgracia no se transmite a los encajados en una
estructura de ladrillo y fierro, fanáticos cebadores de mate y adictos
al tabaco sin filtro. Incluso lo soñado y recurrente, lo calcáreo
del fondo, el carozo compacto de la experiencia -incendiar todo
e iluminado por las llamas bailar hasta que llegue la autobomba-
es , menos que un deseo, la huella a medio borrar de mensajes
crípticos que volaban por el éter a velocidad lentísima, a la pesca
de un continente vacío y apto como el vientre de una mogólica.
Museo de la Televisión
Amplio salón de techo estrellado
donde se pisa sobre superficie vidriada de pantallas que se repiten
de arriba abajo en las paredes transmitiendo cincuenta y un mil seiscientas
cuarenta y ocho imágenes empotradas unas en otras bajo el trino,
no el zumbido, de zorzales, mirlos, golondrinas, etc., acordado
con la cabeza sin ojos del bebé sacro, objeto y testigo de la representación:
interminable casa chorizo cuyas habitaciones se recorren entre repletas
repisas y plataformas con todos los -lavarropas, combinados musicales,
radios a galena, licuadoras- artefactos cubiertos de polvo venerable
para producir esa leve debilidad en el pecho que se asocia con la
nostalgia, hasta llegar al fondo donde en una pieza con el parqué
destrozado descansa colgado de cuatro brazos de acero un Grundig
enorme en cuyo centro exacto un punto luminoso parpadea mirando nada.
A un enemigo
Aunque tu nombre casualmente
se pronuncie para dar paso a una sonrisa o ademán en la sucesión
que se desovilla a nuestro pesar, yo sé lo que significa. Si un
campo magnético borrara de su memoria cada bit que aludiera a tu
cara, voz y circunstancias, aún en su tracto vaginal quedarían
moléculas de esperma tuya como garfios que me abrazan. Y si con una
hoja plateada raspase hasta llegar a la fina capa profunda donde
rozarme cálido y primero, tu sombra aún caería sobre la línea
media de la cama donde duerme de espaldas y yo vigilo sus arritmias
para sorprenderte en su sueño. Maldito, tu marca está en lo mío.
Mi odio crece con amor y compite por el espacio que debería ocupar
un sentimiento puro hacia el mundo. Tendría que conseguirme una
chica de doce. Tendría que desatender los llamados, faltar a los
cumpleaños, dejarla sola bajo la llovizna en una esquina, mientras
bajando vodka me sereno y olvido.
Vie, vie, vie...raire
La novela circula como vino
entre estos invitados. Es la sangre hecha alcohol benéfico para
los acólitos que en diversos estados de lucidez sólo se embriagan
para no morir. Es la cultura que mejora el espíritu humano y promueve
el progreso del espíritu humano y progresa en la espiral descendente
del espíritu humano. Si un perro entrara y en un rincón se pusiera
en silencio a defecar los presentes en sus puestos con una media
sonrisa horrenda se helarían y el calor mefítico de la bosta los
derritiría.
Poemas del libro Sobrantes (inédito)
Entrevista a Alejandro Rubio
Ensayo sobre Alejandro Rubio
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