Poesía y división internacional del trabajoSobre Estudios
económicos de J. B. Alberdi(1). "Nuestros cálculos han excedido nuestra facultad de concebir; hemos comido más de lo que podemos digerir. El cultivo de aquellas ciencias que han ensanchado los límites del imperio del hombre sobre el mundo exterior, ha circunscrito proporcionalmente, por falta de la facultad poética, los límites del mundo interior", evalúa Shelley en A Defence of Poetry. Es 1821(2): se trata entonces de diagnosticar la falta creciente de valores universales y platónicamente concebidos, sólo cognoscibles a través de la facultad imaginativa o analógica de una Poesía día a día más desterrada; se trata de recuperarlos para que operen como contrapunto tanto al paradigma del rinde interesado, propio de la nueva sociedad del capitalismo fabril, como a la concepción creciente del hombre como mera fuerza de producción cada vez más especializada. Pero si se deja de contemplar el orbe desde el carro tirado por caballos alados y se mira, por un momento, hacia abajo, habría que detectar cómo en aquella prosa ese "hombre" es menos genérico que británico; cómo esas "ciencias" están en relación a una revolución tecnológica decisiva que implicó además una política internacional destinada a lograr la concentración de los mercados de exportación de ultramar; cómo entonces la expresión metafórica "imperio" es dable de ser considerada literal en referencia a la posición decisiva de Inglaterra, y cómo ese mismo, amplio y vago mundo "exterior" (opuesto al subjetivo y amenazado) ha de particularizarse en territorios concretos entre los que habría que contar las llanuras de un país denominado Argentina. Apenas unas décadas después, cuando desde los puertos de Liverpool o Port Talbot se exportaran no tanto manufacturas textiles sino rieles e inclusive locomotoras, un intelectual argentino reconsiderará el valor de la poesía. No lo hará por cierto de forma exclusiva sino lateral, dado que el objeto mayor de su libro Estudios económicos no son los versos, tampoco la más amplia "literatura" y ni siquiera "las artes" en general, sino las crisis endémicas de América del Sur y los posibles modos de superarlas. ¿O acaso hay tiempo en Sudamérica, como parece haberlo habido para el señor presidente Mitre, para dedicarse a "defender la poesía" en estas coyunturas de debacle infinita? Con una pregunta semejante en mente, Juan Bautista Alberdi retoma la metáfora gástrica de Shelley acerca de la acumulación capitalista ("hemos comido más de lo que podemos digerir") para literalizarla y desestabilizar su pretendido alcance general: "Con el valor de un cuero seco se compra un sombrero o toda la obra de Adam Smith; con el de un libro de Sud América no se paga un almuerzo en Europa"(3). El pasaje del acto de alimentarse al acto de pagar por el alimento ya desnaturaliza en un movimiento al parecer simple la propiedad de hablar para todos los hombres a la vez. O sea: aunque al mismo tiempo ponga en consideración una noción común capaz de equiparar --según la mano nunca invisible del mercado-- objetos en principio disímiles (un cuero seco, un sombrero y/o la obra completa de Adam Smith), la frase recupera la inequívoca pertenencia de esos productos a un sector determinado del mundo (cueros secos de este lado, sombreros del otro) y abre la posibilidad de interrogar el dominio universal de los conceptos literarios con la división universal de la producción como perspectiva determinante. A lo largo de toda su obra, ya más filosóficamente en los discursos del Salón, ya en las Bases cuando señalaba la obligación de reconocer la "especialidad de la situación y circunstancias" del país(4), Alberdi insistió con variadas variantes en la necesidad de considerar la ocasión propia y singular. Ese énfasis actuó en general como marca de diferencia con respecto a las reflexiones "unitarias" precedentes, a las que concebía, sin más, "metafísicas"(5), o sea, faltas del peso de lo real. En Estudios económicos, momento casi final del pensamiento de Alberdi, esa especificidad se halla en una coyuntura por lo menos conflictiva. Porque la posibilidad de articular una alternativa que recupere la particularidad sudamericana y argentina acuerda aquí casi punto por punto con las posibilidades que le brinda el aparato teórico del pensamiento liberal anglosajón. De ahí que esa especificidad no indicara sino el sitio subalterno y primario en un mercado mundial segmentado según la división internacional del trabajo. Pero si bien Alberdi da cuenta, con citas más que suficientes, de su lectura atenta de Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, sería sin duda erróneo distraerse de los numerosos momentos en los que logra recrear una posición diversa a la del --según su propia nominación-- "profesor de Glasgow"(6). Esto lo consigue no por discutir con el modelo, sino por tensionarlo al punto de llevar sus postulados a extremos que, tal vez solo por pudor, desde el modelo mismo no habían sido enunciados de forma tan explícita. Su consideración de la inutilidad cabal de una poesía argentina forma parte de esa tensión. Aunque fragmentarias y laterales, las reflexiones que le dedica a la poesía en su escrito económico constituyen un momento privilegiado de los profusos debates en torno a la pertinencia o impertinencia del género poético en ese siglo inaugural y positivista del capitalismo en plenitud, que en Argentina tuvo páginas mayores, por ejemplo, en los Viajes de Sarmiento y luego, hacia 1870, en la disputa del ingeniosamente risueño Wilde con el preceptor Goyena; afirma Wilde allí, sin ruborizarse: "Los ferrocarriles y las fábricas manufactureras han reemplazado con ventaja a los idilios y los sonetos"(7). La posición de Alberdi afronta una complejidad distinta porque decide pensar el género con una atención notable al nuevo reparto del mundo y sobre todo porque en la equiparación equívoca y suprema que establece entre la literatura y la economía nacional va a entender el uso mismo de la palabra poética como un signo social e inclusive monetario. De la literatura como manufactura Cuando Shelley distancia los dominios poético y capitalista en una oposición que devendría mito secular y un poco más ("La Poesía y el Principio de la Propiedad, del cual el dinero es la encarnación visible, son el Dios y el Mammon del mundo"(8)), manifiesta su resistencia ante esa nueva sociedad asimétrica que exaspera al mismo tiempo los extremos del lujo y la necesidad: "los ricos se han hecho más ricos, los pobres más pobres"(9). Esa es la situación desde la cual y por la cual, en tono de denuncia, Shelley desarrollará sus postulados: por un lado, la negativa a que el poeta sea considerado (según las nuevas formas de "abreviar y combinar" el trabajo(10)) como un productor de bienes más; por otro y el mismo, su renuencia a que el valor de los versos sea determinado por el mercado. Así, aquella correlación entre Poesía y Dios es tal vez la alternativa final (y ya mística) que justifica tanto su voluntad para diferenciar de forma neta el proceso poético de todo tipo de producción artesanal y aún fabril, como la mismísima imposibilidad humana de "tasar" cualquier verso "original" de Verdadera Poesía. Si la imaginación poética está en relación a Dios, es porque Shelley pretende demostrar que el poeta de ningún modo produce ni trabaja: en un momento superior de éxtasis divino, crea ex nihilo y más allá de todo ejercicio de control para, recién en "los intervalos de la inspiración", volver a ser hombre(11). El impacto de la sociedad industrial funciona como negativo en cada una de sus frases, y sobre todo la extensión de un mercado que se había vuelto inevitable para la circulación, inclusive, de la literatura. La misma analogía que establece entre el poeta y el ruiseñor no sólo presenta así los rasgos sublimes que adquiría la naturaleza frente al crecimiento multitudinario de Londres, sino con más precisión el ideal de un canto innato, ajeno a toda concepción premeditada. ¿Hay que decir que el ruiseñor sólo canta de noche, único momento del día en que (entonces) la jornada laboral estaba interrumpida? Mientras fluye el canto singular, la mayoría repone fuerzas. Este es el argumento: si la configuración de los versos no es asimilable a los modos capitalistas de la producción general, el mismo valor de cualquier poema quedará fuera del circuito de las mercancías. ¿O acaso hay precio para la melodía de un pájaro nocturno? ¿O hay que considerar "Oda a un ruiseñor" de John Keats como si fuera un sombrero? Ese simple verso inicial, "My heart aches, and a drowsy numbness pains", surgido de ese estado de aturdimiento poco recomendado a la hora de manejar la máquina más primitiva, ¿no exhibe un valor infinito? Y por tanto, ¿quién puede otorgarse la facultad de realizar esa operación de tasado? ¿Quién sino, de existir, el mismísimo Dios? O, en escala más humana, ¿quién sino el par del Poeta, el igual? Con la historia argentina en mente y un proyecto liberal en la senda de ese mismo progreso teleológico cuestionado por el romántico inglés, Alberdi no tendrá dudas acerca de ese valor: "Oda a un ruiseñor" no vale más ni menos que un barril de sebo. Es más: el autor de Bases habría podido considerar que la poesía y el principio de propiedad eran menos el Dios y el Mammon del mundo que dos caras de la misma moneda, dado que entendía la "civilización" ligada a la potencia de los avances técnicos y científicos o, como extiende en su biografía de Wheelwright(12), "al desarrollo de los intereses materiales"(13). Descontados los siglos que le demandaría pasar de la etapa agrícola a la fabril, Argentina (como cualquier otra nación de Sudamérica) sólo podía aspirar a un segundo plano dentro de esa dinámica de civilización. Esto es: a partir de una consideración histórica de los males endémicos locales, el mayor de los cuales es "el régimen colonial que educó al pueblo en la ignorancia calculada del trabajo industrial"(14), y teniendo en cuenta que ese capital no se forma sino secularmente, Alberdi asume y hace propia la idea de que no hay por lo pronto posibilidad local de riqueza sino la que le depara el nuevo orden mundial. Colegir esa instancia será para él perfeccionarla en su especificidad. No hay simplemente un mundo, podría haber escrito, a menos que se entienda que el mundo está compuesto, por un lado, de la industria fabril de Manchester, de Birmingham, de Lyon y, por otro, de extensiones inmensas de tierra y algunos puertos. Allá, la riqueza cultivada de los hombres. Acá, la riqueza inculta de la tierra. Además de un buen manejo de las operativas aduaneras, sólo existían de este lado dos opciones: la producción bruta de materias primas y la práctica suma del comercio para realizar la ecuación superior de ofrecer los "frutos del suelo" a cambio de las manufacturas extranjeras. La cuestión es que entre esas manufacturas a comprar y recibir incluye también el arte y la literatura... Si se aceptara aquella equiparación mesiánica de Blake que inaugura la tradición romántica de resistencia a las máquinas capitalistas (con aquel verso que califica a los primeros molinos industriales como "satánicos"), Alberdi de hecho podría adquirir la configuración de representante argentino del Mal, destinado a cumplir la pesadilla máxima de un Wordsworth o un Shelley: entiende que la literatura es, exactamente, una manufactura más. Escribe: "Un libro es una manufactura sea que se considere materialmente... sea que se mire a su construcción y fabricación intelectual o interna a su concepción, plan, método, idea, forma, estilo, etc."(15). La elección semántica es precisa: "construcción o fabricación" asimila la actividad de la escritura a una operación material y productiva más. Surge así la imagen anti-romántica por antonomasia: la de literatura como una industria, como una máquina cuyo producto final, tras pasar por las diversas etapas de producción, fuera, por ejemplo... "Oda a un ruiseñor" de John Keats. Sin duda, Alberdi parece haber solucionado por entonces y desde París aquella dificultad suprema que Marx había dejado en suspenso en su Introducción general a la crítica de la economía política de 1857 en torno al "desarrollo desigual"(16) o asincronía entre la producción material y la producción artística: para él era evidente que el desarrollo económico determinaba no sólo el "progreso" de una nación sino, directamente, su desarrollo artístico e intelectual. Nada de mediaciones o aclaraciones del tipo "solo en última instancia" o "finalmente determinantes" (carta de Engels a J. Bloch del 21 de septiembre de 1890) dedicadas a atenuar la relación causa - efecto de la estructura sobre la superestructura según las dificultades de una perspectiva que Alberdi, por otro lado, no tenía en su mente plena en fisiócratas. No: correlación y correspondencia directas. De hecho, en su hipotética respuesta a Shelley, Alberdi podría haber añadido que el grado de excelencia y valor en un poema como "Oda a un ruiseñor" de John Keats tenía una vinculación estricta con el desarrollo alcanzado por la flota británica y sus ingenieros navales. A la par del ritmo encantatorio de los versos que se despegaban ligeramente de la tierra, Alberdi podía oír con perspicacia el crepitar ininterrumpido de las forjas de los astilleros y el golpeteo sobre remaches recién fundidos. Véase esta declarativa: "Tan ajeno de Sud América es hacer un buen libro como un buen buque blindado"(17). La poesía argentina se financia con empréstitos británicos Pero, ¿cómo entender el interdicto de una literatura nacional en aquel que, allá por 1841, repetía con Larra "Libertad en literatura, como en las artes, como en la industria, como en el comercio, como en la conciencia"(18)? Acallados o más lejos los ecos del fervor revolucionario (con su "nulidad reconocida en materias económicas", según señala en Bases), Alberdi ya podía ver con claridad que el estado federativo de derecho proyectado por él mismo para la Confederación había fracasado definitivamente(19). Pavón había sido, pero la batalla se había perdido en otro campo: era la modificación porteña de la letra de su constitución, que ahora permitía el flujo de las presidencias centralizadas de esos (¡ay!) hombres de letras llamados Mitre y Sarmiento. Alberdi advertía entonces que esa "extensión de los principios de nuestra revolución democrática al dominio de la literatura y la lengua", planteo que promovía casi cuatro décadas atrás, se había vuelto un imposible. En principio, no veía siquiera que los principios voceados de la revolución democrática se hubieran extendido al dominio concreto de los gobiernos. Radicalizado su pragmatismo, ya no puede oír en el "verso notable" del "Himno nacional" (el complejo "Libertad, libertad, libertad") sino el triple y urgente llamado a aceptar de una vez la "libertad de comercio", el "laissez faire", la "libre competencia". A la hora de hacer corresponder la dinámica nacional a la del orbe, se ha perdido demasiado tiempo. Y se sabe: time is money(20). O sea: el país vive de un atraso pleno de retórica precapitalista que evidencia una capacidad fabril poco menos que inexistente. ¿Cómo justifica Alberdi, en la figura de un economista de genealogía impropia, este diagnóstico? ¿Hace un estudio de los bajísimos índices de la industria local? No. ¡Analiza los resultados de la "manifestación literaria o conferencia del 25 de Mayo de 1877 en Buenos Aires"(21)! Ahora, ¿qué lee en esos poemas un Alberdi dedicado a plantear las causas de las perpetuas crisis económicas que asolan el país junto al Plata? Lee la existencia de otra entidad fabril, las "fábricas de San Martines, de Belgranos y de Bolívares"(22), pesada industria esta destinada a generar más pobreza y dependencia; lee, en la constancia del motivo heroico en todas las composiciones, la persistencia del afán guerrero de los años de la independencia que ya había denunciado como anacrónica en su informe sobre el salón de 1941(23), y por tanto el avance ninguno, desde aquellos días, en términos de "marchar en la dirección de las materias económicas..."(24). Esos poemas del Marte Argento señalan en definitiva la incapacidad local en términos de civilización o capitalismo (aquí sinónimos), porque -escribe, absolutamente convencido de que la posición dominante de Inglaterra está ligada a los avances de la industria naval, absolutamente desentendido en su convicción de que los mercados ultramarinos son conquistados, flota mediante, con guerra y colonización-- "a cañonazos y en campos de batalla no se hará nunca de un golpe una industria fabril ni una marina mercante americana. La conquista de estas cosas requiere campañas de siglos y se hace sin armas, sin sangre y sin batallas"(25). La mirada de Alberdi se pasea ante los versos de la poesía argentina como ante un documento oficial. A partir de su convicción de que la literatura permite establecer un diagnóstico social, inclusive de carácter moral, logra que su consideración sobre el certamen poético se deslice sin transición a la enumeración de las interminables deudas locales. ¿Con la literatura europea? No, con los bancos británicos: "el empréstito inglés de 1857... el empréstito inglés de 1868... el empréstito inglés de..."(26). ¿Y esto? Bueno, si la poesía argentina no hace más que celebrar las gestas heroicas y nacionales de esta o aquella guerra (las civiles entre federales y unitarios, las internas entre Buenos Aires y la Confederación, la imperialista que destruyó Paraguay, las intervenciones a Entre Ríos...), y las guerras se han financiado mediante empréstitos de los bancos ingleses...(27) ¡Es papel-moneda y más papel-moneda lo que hay que leer tras cada verso entonado por nuestros heroicos poetas patrióticos!(28) Entonces: ¿una deuda que recorre y recorrerá toda nuestra historia para pagar los motivos de nuestra lírica, y decir, acá, que poesía y economía son el Dios y el Mammon del mundo? Pero hay más, porque la persistencia de esos motivos en la literatura argentina es signo para Alberdi de que la palabra del verso está devaluada, y con ella sin duda la palabra social. Los empréstitos bancarios son empréstitos de más largo alcance. Para llegar a este dictamen incorpora con inteligencia y astucia, ya en sus primeras reflexiones de Estudios económicos, una relación explícita entre economía y lingüística: "Smith estudia no sólo las causas de la riqueza sino de la palabra, que es su reverso"(29). Amparado entonces en los postulados del profesor escocés, Alberdi concebirá el crédito, "hijo legítimo de la civilización y el progreso"(30) y recurso bancario por excelencia, como fuerza estrictamente moral, dado que esos billetes que han llegado y llegan para llenar por un tiempo las arcas de otro modo vacías del Estado no son estrictamente dinero: "Los bancos no prestan dinero efectivo. Prestan promesas"(31). Alberdi devuelve al crédito su creencia etimológica y concibe por tanto la crisis como un fenómeno de descrédito del que nuestra poesía, atravesada inevitablemente por la desconfianza moral que implica la incapacidad gobernante e histórica para el calculado progreso y las operativas bancarias acordes, da muestras evidentes con una palabra ajena, inflada y vacía; en fin, con una palabra sin lingotes de oro o referencias concretas y propias que respalden un sueño sempiterna y anacrónicamente marcial. La crisis argentina no sólo está presente en la fuga del dinero: está presente y enraizada en el uso de la lengua. El uso metafórico de la lengua señala el desajuste con respecto a las posibilidades de desarrollo económico de la nación. En este sentido, hasta la discursiva presidencial es leída como "poética". Es la lengua poética y política argentina, animada por un sueño primitivo e impropio, la que debería presentar su estado de quiebra. De los poetas como ministros de Agricultura Alberdi arriba entonces a la conclusión de que, a fin de favorecer la ecuación nacional y máxima del "progreso" (esto es, MATERIAS PRIMAS X MANUFACTURAS), lo que necesita este país no son poetas, literatos, retóricos, oradores y demás figuras "pintadas y pretenciosas" tan parecidas a los presidentes que nos gobiernan, sino el hacendado menor o el estanciero, "el simple labrador" o "el humilde gaucho que cuida los ganados"(32); en fin, aquellos que pueden hacer que lo único que por aquí puede producir, produzca. Es más, arrastrado por su interminable disputa con el Maestro -al punto de que el propio José Ingenieros, a cargo de la edición, se ve obligado a dotar el libro de notas para calmar la verosímil alarma del lector (educado por supuesto en escuelas sarmientinas)(33)--, enfatiza la irrelevancia absoluta de la literatura e incluso de cualquier tipo de educación ilustrada para esa mano de obra rural y responsable de mantener nuestra posición económica en el mundo: ¿de qué puede servirle a quien se dedica a secar cueros la lectura de "A una urna griega"? ¿Acaso la lectura de "'Beauty is truth, truth beauty', that is all" favorecerá la multiplicación de las ovejas? Alberdi, que ya se había demorado en Bases para distinguir entre "instrucción" y "educación", respondería no sólo que tal verso es incapaz de fomentar en lo práctico la riqueza del país(34), sino que inclusive el trato con conceptos de tal categoría puede dar lugar a una confusión en torno a cuál es, aquí y ahora, la verdad de nuestro destino como nación. No tanto porque hubiera podido ver a un hipotético paisano que, tras corroborar el dictum de Keats, se desparramara junto a su caballo atado ante la contemplación sublime de cualquier atardecer de la pampa olvidando rodear a una hacienda que comenzaría a esparcirse rumiando con acuerdo el mismo verso, desentendida ya de su porvenir de exportación, sino porque tal ejercicio podría llevar a nuestros habitantes a creer que es pertinente y posible por el momento un desarrollo intelectual y artístico propio. Nada más lejos: "Contraer la educación de la juventud sudamericana a formarla en la producción intelectual es como educarla en la industria fabril en general: un error completo de dirección"(35). Por eso, aunque no lo destacara en su volumen "económico", no es improbable que haya celebrado en silencio como ejemplo adecuado a su tesis el hecho de que haya sido nada más y menos un poeta quien, en 1872, cuando Avellaneda era ministro del presidente Sarmiento, fuera designado para dirigir la recientemente creada Secretaría del Departamento Nacional de Agricultura. Un poeta, sí, pero dedicado menos a cantar "No desmayéis conscriptos del progreso, / Rasgue el arado el seno de la tierra" (en su Hojas al viento, publicado apenas un año antes de la asunción)(36), que a redactar una primera o segunda circular del Departamento mediante una prosa útil al fin: "Procreo, parición, enfermedades reinantes en los ganados, especialmente en el vacuno, caballar, lanar y de cerda; qué esfuerzos se hacen para mejorar las razas cruzando las del país con las del extranjero"(37). Nada de aves sublimes en su rareza o soledad: ni el ruiseñor, ni siquiera el urutaú; en todo caso, patos, pavos y gallinas. ¿No hubiera debido ese desplazamiento de Guido y Spano, de vate mayor a Secretario del Departamento Nacional de Agricultura, y de su escritura, de la "florida y verde acacia" de "Myrta en el baño" a las "plantas de granos harinosos, plantas forrajeras, plantas industriales" de los informes ministeriales, marcar el rumbo de los intereses del país? La poética romántica es refractaria al proyecto agropecuario En su pertinencia e impertinencia, las reflexiones de Alberdi constituyen un objeto extraordinario para revisar el alcance literal y económico de las metáforas propias de la poesía romántica, inclusive aquellas que él mismo supo utilizar una y otra vez. Porque si se aplica su conciencia pragmática capaz de anular todo tipo de consideración de mediación así como su capacidad para reponer la particularidad geográfica y productiva, entonces hasta el modelo mismo para el proceso "orgánico" de creación tal como lo concibe A Defence of Poetry podría ser leído desde la Argentina en términos pedagógicamente ineficaces y equívocos. Es evidente que cuando Shelley afirma "La Poesía no es, como el raciocinio, facultad que pueda ejercitarse a medida del deseo. El hombre no puede decir: 'Quiero componer Poesía'. Ni el más grande poeta puede decirlo... Este poder surge de lo interior como el color de una flor..."(38), lo que hace es desvincular la creación poética de las modificaciones específicas que involucraban entonces al modelo laboral: por un lado, aleja o distrae las configuraciones que podrían asociar la creación a la confección de una manufactura y la autoconciencia de un trabajo; por otro, pone en valor una inspiración para la cual no habría ningún mecanismo regular disponible capaz de ser aprendido como un oficio o inclusive (por eso la imagen orgánica y antitética de la flor) ser asimilado a la máquina, ese elemento novedoso y central(39). Pero desde la perspectiva de Alberdi es evidente que, en principio, ni siquiera la representación misma de la naturaleza puede ser intelegida de modo similar en esta o en aquella parte del mundo. Porque si bien desde Inglaterra, con el éxodo de los campos hacia las fábricas y el surgimiento de las metrópolis humeantes, podía justificarse hacer de ella el reino mayor de la contemplación, espacio único de contención mística que alondras y ruiseñores, en vuelo cada vez más hacia lo alto, visitan por instantes para regocijo de algunos hombres que soñarían con nuestras extensiones como si fueran el reducto último de lo intocado, acá la naturaleza no podía ser sino campo alambrado y ámbito único de producción. ¿O podemos darnos el lujo de hacer -se podría haber preguntado, mientras W. H. Hudson ya había partido de un país que dejaba de ser locus amoenus de las aves más variadas(40)-- un motivo poético de aquello que nos permite ubicar en la contemporaneidad del capital? Por otro lado, desde el esquema alberdiano habría que señalar el nulo valor instructivo de ese modelo orgánico de creación que, a favor de glorificar la inspiración y la espontaneidad, concebía el "crecimiento" del poema según un paradigma vegetal. Por un lado, porque acá no se trató siquiera --según celebra Keats en "Oda a un ruiseñor"-- del perfume de las zarzas, el espinillo agreste, la eglantina, la violeta efímera y oculta o la rosa del almizcle en cuyo cáliz se embriagan en verano los enjambres (según versiona el hijo de Julio A. Roca, autor asimismo del tratado que lleva, además de su nombre, el de Runciman(41)), sino en todo caso de una espiga cargada o una mazorca plena (tal como comprendería, décadas después, el Lugones secular de "A los ganados y las mieses"(42)). Por otro lado, a Alberdi le habría gustado explicarle a Shelley que la riqueza de la tierra no actúa espontáneamente: es por creer en esa espontaneidad poéticamente celebrada que se creyó que el suelo enorme era el respaldo enorme para la aún siempre más enorme deuda. Con Smith, Alberdi quería hacer entender que la riqueza no era la del suelo sino la de los hombres que lo trabajan. "La victoria nos dará laureles, pero el laurel es planta estéril para América. Vale más la espiga de la paz, que es de oro, no en la lengua del poeta, sino en la del economista"(43). Esta cita de Alberdi no corresponde a su prosa tardía; es de Bases, pero su valor debe ser evaluado desde el analista económico, porque ya entonces ponía en evidencia su intención y su capacidad para leer el nivel de lo metafórico desde una perspectiva material. Así, logra que en el transcurso de una frase los laureles figurados de la poética heroica y militar devengan, en el segmento adversativo, literales y nulos en el concreto suelo argentino; del mismo modo, es igualmente capaz de determinar que el "oro" en el verso del poeta adquiere una sustancia radicalmente distinta a la que podría ofrecer en el discurso económico y en las "arcas" de cualquier gobierno, y en esa operación alcanza -nada más y menos que en el marco de su mayor escrito legal-- sentar otras bases: en este caso, en relación a un modelo de lectura que se niega a dar a la literatura un desarrollo estrictamente autónomo y permite leer las figuras de la poesía según un interés no exactamente estético. Del laurel al trigo, pasa así de la poesía a la agricultura, de la educación a la instrucción, de lo figurado a lo literal, de la teoría a la práctica: "Hoy se busca", afirma aquel Alberdi de Bases, "la realidad práctica de lo que en otro tiempo nos contentábamos con proclamar y escribir"(44). "Oda a un ruiseñor" de Keats vale exactamente un barril de sebo La defensa de la agricultura, la cría del ganado y el comercio como únicas actividades legítimas de nuestra circunstancia no implicaría para Alberdi, sin embargo, negar de forma definitiva una "Defensa de la Poesía". En su sueño transitorio de una república limitativa podía sospechar, por cierto, que no todos los integrantes del país se dedicarían al negocio agropecuario; podía sospechar que existiría un segmento privilegiado de "mejores" quienes podrían darse el lujo de "cultivar" ya no sólo las miles de hectáreas de la pampa húmeda y loteada sino también --como quería Shelley, ¡por supuesto!-- esos espacios igualmente extensos propios de la vida interior, tan desconsiderados por la nueva sociedad mecánica. Pero en ese caso el título del manifiesto de Shelley debería modificarse con un añadido, a fin de rezar "Defensa de la Poesía Importada". Las naciones con un decidido desarrollo fabril pueden permitirse las galas de la reflexión y la retórica que nos están vedadas e inclusive dotarlas de un valor inverosímil de alcanzar con nuestro esfuerzo y talento, por ahora sólo pastorales. Allí donde un buque blindado puede ser fabricado, es posible y tal vez signo de ese mismo desarrollo la "fabricación" del mundo de los arquetipos al que un poeta como Shelley tendía. El empíreo sólo se avista con pertinencia ahí donde ya es un hecho la luz a gas. No se tratará entonces de negar la Universalidad de la Belleza o de la Verdad como confecciones propias del arte o la poesía. Acá se trata de entender que esa Universalidad se produce en un sitio determinado del universo donde existen los moldes, el oficio y los materiales para crearla. En la lógica de los pensamientos de Alberdi, habría que interrogarse si acaso la Universalidad del arte no ha actuado como el patrón oro. La pregunta sería, entonces: ¿qué sociedad tiene las reservas suficientes para crearla? En esa fantasía liberal extrema, con un país donde los soldados mitristas y los maestros sarmientinos se dedicaran de una vez a roturar la tierra y rodear el ganado, alguien consideró que antes de sopesar la posibilidad de pensar en un proyecto de siglos que permitiera pasar de la fase agropecuaria a la fabril y por ende artística y literaria en un desarrollo suficiente como para obtener desde acá un modelo propio de Universalidad exportable, era más pragmático dedicarse a considerar cómo se podía pagarla. Al momento, estima Alberdi hacia 1880, sólo se puede acceder mediante esa balanza contable que permite transformar nuestra materia bruta en las manufacturas más maravillosas(45). Aún con la precaución de explicitar que el acceso a esos signos de progreso no debe quedar en la mera apariencia, sino actuar según "la educación por las cosas" (motivación para una transformación completa que atraviese la base misma del crédito: la credibilidad moral), hay que considerar entonces y de una vez su planteo decisivo: "Un simple cuero seco, un saco de lana, un barril de sebo, servirán mejor a la civilización de Sud América que el mejor de sus poemas"(46). Paráfrasis: un barril de sebo servirá más a la civilización de Sud-América que el más notable poema que aquí pudiera "fabricarse" porque aún la literatura ha de subordinarse a la ley de la oferta y la demanda. El barril de sebo, el cuero seco, el saco de lana son la moneda única con la que es posible pagar, desde acá, la Belleza Verdadera de la Poesía. No hay un valor infinito para la poesía porque el infinito mismo está acotado por los límites y las diferencias de un mercado tan grande, dividido y articulado como el mundo conocido. Eso decía Alberdi. Pero en la supuesta anulación de todo tipo de proyecto literario nacional no habría que considerar solamente la conciencia radical de una posición dependiente. Habría que leer también la enorme capacidad para materializar e inclusive en un aspecto equiparar la tendencia idealista y romántica de la Poesía con mayúscula a un, con minúscula, barril de sebo que hace de la aspiración hacia los arquetipos una operación cotizable; habría que notar cómo esta perspectiva repone en la sutileza de las imágenes auditivas y olfativas de los sublimes versos ingleses (sensibles en distraer cualquier tipo de objeto concreto) la gordura productiva que queda tras la matanza y la faena; habría que advertir cómo se devuelve a aquella Poesía --asimilable a un ruiseñor universal que entona su canto igual tanto para los reyes de antaño como para los habitantes casuales de una seudo-colonia como Argentina-- la idea de un lector económica y políticamente ubicado en este u otro lado; y, sobre todo, en esa grosería propia que no puede ser sino de este mundo, habría que detectar una posibilidad de pensar en las circunstancias (económicas, sociales, políticas, culturales, etc.) como valores definitivos para considerar lo que sea la poesía. (1)Una primera versión de este trabajo, bajo el título "De por qué 'Oda a un ruiseñor' de John Keats vale, según Juan Bautista Alberdi, un barril de sebo", se presentó en el taller de discusión "Cultura y mercados en el capitalismo latinoamericano", organizado por la Universidad de San Andrés, el 11 de agosto de 2005. Una segunda versión, terminada en diciembre de 2006, se publicará en breve en Cultura y mercados en el capitalismo latinoamericano, libro colectivo editado por Luis Cárcamo-Huechante, Alvaro Fernández Bravo y Alejandra Laera en el sello Beatriz Viterbo, de Rosario. Esta nueva versión presenta ligeras diferencias con respecto a esa última. (2) La publicación de A Defence se hará veinte años después, en 1841, al cuidado de su esposa Mary Shelley. Shelley, P. B., "A Defence of Poetry", en Shelley, P. B., Shelley in Italy, John Lehmann, Paulton & London, 1947, p. 288. (3) Alberdi, J. B., Estudios Económicos. Interpretación económica de la historia política Argentina y Sud-americana, Talleres Gráficos Argentinos (colección "La Cultura Popular"), Buenos Aires, 1934, p. 308. El libro fue publicado por primera vez en 1895 por la Imprenta Europea como el primero de los XVI volúmenes de sus Escritos póstumos. En la nota inicial de esa primera edición el editor anónimo consigna que se trata de "libros proyectados, que han quedado embrionarios é inacabados, como lo hace notar él mismo en la cubierta de sus Estudios económicos". De aquí en más, EE. (4) Alberdi, J. B., Bases y puntos de partida para la organización política de la Argentina, Librería Histórica, Buenos Aires, 2002, II, p. 5. De aquí en más, B. Cfr. también la crítica a la constitución unitaria de 1826 en términos de su falta de aspiración a la originalidad (III, p. 9), así como el llamado a "saber acomodar" la forma republicana "a todas las exigencias de la edad y del espacio" (XII, 30). Pero ya más tempranamente: "Todos los pueblos se desarrollan necesariamente, pero cada uno se desarrolla a su modo", Alberdi, J. B., "Doble armonía entre el objeto de esta institución, con una exigencia de nuestro desarrollo social; y de esta exigencia con otra general del espíritu humano", en Weinberg, F., El salón literario de 1937, 2º ed., Hachette, Buenos Aires, 1977, p. 138. (5) De una carta quillotana inédita citada en Terán, Oscar, "Presentación", en Alberdi, J. B., Escritos. El redactor de la ley, Universidad Nacional de Quilmes, Buenos Aires, 1996, p. 22. "Yo, que no había hecho mis Bases como estudio de dibujo sino con la mira práctica de verlos convertidos en hechos, no quise quedar en la región de la metafísica, en que viví a los veinte años...". (6) Alberdi, EE, p. 70: "Estudiando este punto de filosofía moral fue que un profesor de Glasgow encontró la economía política moderna o la ciencia de las riquezas. Ese profesor se llamaba Adam Smith". (7) Wilde, Eduardo, "Sobre Poesía. Poesías de Estanislao del Campo", en Tiempo perdido (II- Trabajos Literarios), Sociedad Anónima de Tip. Lit. y Fund. De Tipos a vapor, Buenos Aires, 1878, p. 33. En la carta tercera de su discusión con Goyena, aún más exaltado, preguntará: "¿Cuál es el bien que a la sociedad reporta la poesía? ¿Qué campos dejan de sembrarse, qué leyes dejan de hacerse, qué minerales de explotarse porque no haya versos?" (p. 95). (8) Shelley, P. B., "A Defence", op. cit., p. 288. (9) Shelley, P. B., "A Defence", op. cit., p. 286. Lord Byron, con otra conciencia discursiva, ya lo había señalado a propósito de una condena a los ludistas en la Cámara de los Lores hacia 1812: "La miseria de vuestro pueblo es hoy más angustiosa que nunca. Yo, que he recorrido... no he visto jamás, ni bajo el más despiadado despotismo de un gobierno mahometano, tanta anónima miseria como he encontrado, al regresar de mi viaje, dentro de las fronteras de este país cristiano", citado por Pastor de Togneri, Reyna, "Los destructores de máquinas", en A.A.V.V., Historia del movimiento obrero, vol. 1, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1984, p. 124. (10) "¿A qué sino al cultivo de las artes mecánicas en un grado desproporcionado en relación a la presencia de la facultad creativa, que es la base de todo conocimiento, debe ser atribuido el abuso de todas esas invenciones destinadas a abreviar y combinar el trabajo [the abuse of all invention for abridging and combining labour], al punto de exasperar la desigualdad de la humanidad?", Shelley, P. B., "A Defence", op. cit., p. 288. (11) Shelley, P. B., "A Defence", op. cit., p. 293. (12) En 1822 y en la bahía de Spezzia, Shelley naufraga trágicamente. Bien lejos su oído de la Londres fabril, es tragado por la mismísima fuerza de la naturaleza que se había dedicado a cantar. Apenas un año después y ante las costas de Buenos Aires ocurre otro naufragio, este con final "feliz" o, mejor, productivo: es el de William Wheelwright, joven marino "yankee" con hogar en Londres destinado a devenir ícono máximo de industrial en América del Sud. Es probable que en sus últimos años de vida Alberdi no haya visto simplemente una casualidad en este acontecimiento doble, sino un signo extremo y evidente de su propia concepción de la función de la poesía en un país subalterno. (13) Alberdi, Juan Bautista, Vida de William Wheelwright [La vida y los trabajos industriales de William Wheelwright en la América del Sud], Emecé, Buenos Aires, 2002, p. 11: "Todos convienen en que la civilización está representada en estos tiempos por el desarrollo de los intereses materiales, es decir del comercio e industria (agrícola o manufacturera), de las vías de comunicación y transporte, de la producción y la riqueza". (14) Alberdi, EE, p. 77. (15) Alberdi, EE, p. 307. (16) Marx, Karl, Introducción general a la crítica de la economía política / 1857, tr. José Aricó, 2º ed., Cuadernos de Pasado y Presente / 1, Córdoba, 1969, p. 62. Consultar en particular la versión de Miguel Vedda en Marx, K., Engels, F., Escritos sobre literatura, Colihue, Buenos Aires, 2003, pp.187-188. Vedda traduce, por ejemplo: "No siempre existió la Historia Universal". (17) Alberdi, EE, p. 307. Wilde, en su discusión con Goyena: "¿Qué buque se ha perdido por no tener un poeta a bordo?", en Wilde, op. cit., p. 95. (18) Alberdi, J. B., "Certamen poético - Montevideo - 25 de Mayo 1841", en Obras selectas (nueva edición ordenada por Joaquín V. González), tomo I ("Páginas literarias"), Librería "La Facultad", Buenos Aires, 1920, p. 128. (19) "El tema del extravío de la revolución insiste en sus escritos posteriores a Pavón... La obra de Alberdi es el intento de formular un Estado de derecho en la Argentina y, en gran parte, testimonio de esa imposibilidad", escribe Thonis, Luis, Estado y ficción en Juan Bautista Alberdi, Paradiso, Buenos Aires, 2001, p. 8. (20) Alberdi, EE, p. 73: "[El dinero] se ha retirado porque no tenía empleo ni ocupación lucrativa en el país... El dinero nunca está donde no es necesario. Nunca está sin ganar. No conoce la pérdida del tiempo, porque conoce mejor que nadie su refrán time is money; y nadie es más amigo del dinero que el dinero". (21) Alberdi, EE, p. 176. (22) Alberdi, EE, p. 94. (23) Alberdi, J. B., "Certamen poético - Montevideo - 25 de Mayo 1841", en op. cit., p. 121: "La guerra presentaba diferentes fases: la poesía sólo expresaba una... Se luchaba en los Congresos, en la Prensa, en la sociedad, en los campos de batalla, y la poesía sólo cantaba estos últimos combates". (24) Alberdi, EE, p. 96. (25) Alberdi, EE, p. 92. (26) Alberdi, EE, pp. 176-177. (27) La relación entre las crisis argentinas y el despilfarro estatal de los empréstitos británicos en esa serie de guerras constituye uno de los elementos claves en la reflexión de Alberdi. A lo largo de todo el libro aparecen mencionados con frecuencia, asociados en cada oportunidad a las presidencias de Mitre y Sarmiento. Cfr. pp. 90, 133, 146, 173, 176, 183. "Los Mitres y Sarmientos son juguetes que cuestan millones..." (p. 173). (28) Según los datos aportados por Alberdi, podría inclusive estimarse que se invirtieron en la poesía argentina decimonónica (bastante pobre, por cierto) alrededor de 80.000.000 millones de pesos fuertes. (29) Alberdi, EE, p. 62. (30) Alberdi, EE, p. 57. (31) Alberdi, EE, pp. 56-57. (32) Alberdi, EE, p. 307. (33) Por ejemplo: "El presente capítulo fue escrito en 1876, circunstancia que no debe olvidarse, pues podría parecer exagerado o absurdo cuarenta años después, aunque era lógico y sensato en su época", en Alberdi, EE, p.304. En la introducción, "Las doctrinas sociológicas de Alberdi", Ingenieros explicita el asunto con otra contundencia: "En este sentido Alberdi ha escrito las páginas crueles contra la instrucción papelista, verbalista, retórica y literaria que -hasta esa época, 1774- predominaba en toda América. Antes de la independencia sólo podía estudiarse para ser clérigo y abogado; se hacían versos malos hasta los treinta años y luego se perseguía una diputación para hacer discursos, malos también, generalmente", p. 35. (34) Alberdi, B, pp. 32-36 ("XIII - La educación no es la instrucción"). (35) Alberdi, EE, p. 308. (36) "¡Adelante!", Hojas al viento, en Guido y Spano, Carlos, Poesías completas, Maucci Hnos., Buenos Aires, 1911, p. 214. (37) Guido y Spano, Carlos, "Circular Nº 2 - Departamento de Agricultura" [enero 28 de 1872], en Ráfagas. Colaboración en la prensa: política, literatura, tomo II, Igón Hermanos, Buenos Aires, 1879, p. 196. (38) Shelley, P.B., "A Defence", op. cit., p. 289. (39) El valor analógico y ascendente de lo "orgánico" en la poética romántica inglesa es contemporáneo de la desaparición de la energía "orgánica" (leña, o carbón vegetal) ante el descubrimiento de una fuente disponible en grandes cantidades como el carbón mineral, elemento clave en el pasaje de la primera a la segunda etapa de la producción industrial. Ahí podría iniciarse sin duda un análisis que pretendiera recuperar la potencia crítica de esa "relación desigual" señalada por Marx en referencia a las dinámicas de la producción material y la producción artística. Ver nota 15. (40) "Lo que Hudson amó de su país es precisamente lo que éste había perdido a su partida... Emigró como un pájaro solitario al comienzo de los fríos, abandonando la tierra en que tenía su nido: llanuras salvajes pobladas de pájaros y haciendas, gentes y animales en libertad de transitar y residir, sin alambradas ni cotos ni trampas. Campos sin labrar por el hombre aunque labrados por Dios... Si nos formulamos la pregunta absurda de si ese mundo primieval podía subsistir, y si un país de riquezas naturales había de cerrarse a todo progreso; no podríamos contestar afirmativamente", escribe Martínez Estrada en su El mundo maravilloso de Guillermo Enrique Hudson, Beatriz Viterbo, Rosario, 2001, pp. 163-164. (41) Roca, Julio Argentino (h), "El ruiseñor" (versión al español de "Ode to a nightingale", de John Keats), en Galtier, Lysandro Z. D., La traducción literaria con una Antología del Poema Traducido, tomo II, Ediciones Culturales Argentinas (Ministerio de Educación y Justicia), Buenos Aires, 1965, pp. 85-88. (42) "Alcemos cantos en loor del trigo". Lugones llegará a cantar, en la tradición del Guido y Spano secretario de Agricultura, al "rústico poroto". La comprensión de la naturaleza como espacio económico hace que el poeta haga uso inclusive de fuentes estadísticas: "Ayer en el diario le han leido / las cantidades que el país exporta... / Más de cuatro millones en un día, / Buenos Aires tan solo embarca ahora". "A los ganados y las mieses", en Lugones, Leopoldo, Odas seculares (nueva edición corregida), Babel, Buenos Aires, 1923, pp. 35-108. (43) Alberdi, B, p. 52 ("XV"). (44) Alberdi, B, p. 24 ("X"). (45) Alberdi, EE, p. 306: "...debe el beneficio de ver convertidos los groseros y brutos productos de su suelo en el oro con que compra esas maravillas del arte europeo y que llenan del esplendor de Londres y París, a nuestras nacientes ciudades". (46) Alberdi, EE, p. 308. |